La hora del multilateralismo

Desde mañana y hasta el miércoles tendrá lugar en Buenos Aires, la undécima Conferencia Ministerial de la Organización Mundial del Comercio (OMC.) que, en virtud del Acuerdo de Marrakech, se reúne por lo menos una vez cada dos años. En esta ocasión, los ministros de Comercio y altos funcionarios de los 164 miembros de la Organización, 2 comisarios europeos y más de 300 parlamentarios de todo el mundo, se darán citan bajo la Presidencia de Susana Malcorra, antigua ministra de Asuntos Exteriores de Argentina.

La agenda de esta reunión, se sitúa en el mandato de la Conferencia de Nairobi de 2015 y abordará temas como los subsidios pesqueros, la participación de sociedades públicas en la Agricultura, la propuesta de creación de un grupo de trabajo sobre comercio electrónico o la transparencia en el comercio de las pymes. Sin embargo, la Organización se juega su futuro en el ámbito de sus competencias, como la capacidad de alcanzar acuerdos, transparencia, seguimiento y resolución de conflictos y debería definir, además, el programa de prioridades de la Organización para los próximos dos años. En definitiva, lo que se dilucida en esta reunión, es la supervivencia del mismo sistema multilateral, que la OMC representa, especialmente, como instancia de resolución de controversias, donde preocupa la posición de EE.UU. El hecho de que este país, haya estado bloqueando los nombramientos para las vacantes en el órgano de apelación del organismo de solución de diferencias, acentúa aún más su desconexión con un sistema multilateral basado en normas. Hasta el momento de redactar estas líneas, se ha venido oponiendo a todas las soluciones presentadas para cubrir las vacantes, sobre la base de preocupaciones sistémicas.

En efecto, un año después de la llegada de la nueva Administración, los EE.UU. se han desvinculado del Acuerdo Transpacífico (TTP), han congelado el Acuerdo de Libre Comercio e Inversión con la UE (TTIP) y han iniciado una negociación, de incierto resultado, para revisar el acuerdo entre Canadá, EE.UU. y México (Nafta). Estas decisiones, en el ámbito comercial se sitúan en línea con la salida del Acuerdo de París sobre el Cambio Climático, el abandono de la Unesco, del pacto de NNUU sobre la protección de migrantes, el acuerdo nuclear con Irán o la decisión de trasladar su Embajada en Israel.

Por su parte, a pesar de las dificultades internas, la Unión Europea ha sabido reorientar sus prioridades y ha hecho los deberes en materia de política comercial. El año pasado se concluyeron acuerdos con Ecuador, Ghana, Costa de Marfil y África del Sur, sumándose al importante acuerdo, ya en vigor, con Corea del Sur. El Parlamento Europeo ratificó el Acuerdo CETA con Canadá, se han concedido facilidades comerciales a Ucrania, se cerraron los acuerdos con Vietnam y Singapur, prosiguen las negociaciones para el Acuerdo de Inversión con China, se ha cerrado ayer el acuerdo con Japón, se está conversando, a distintos ritmos, con Filipinas, Malasia, Indonesia, Tailandia y Myanmar y se han aprobado los mandatos de negociación para los acuerdos con Australia y Nueva Zelanda. Estos son algunos ejemplos de la dinámica comercial de la UE, que está negociando, prácticamente, con los once integrantes del TPP y otros muchos países entre los que nos interesa particularmente la renovación de los acuerdos de Asociación con México y Chile.

A esta capacidad de negociación, no les es ajeno el hecho de que la UE es el principal exportador mundial de bienes, de servicios, uno de los principales importadores, el principal emisor y receptor de inversión extranjera directa y tiene un importante superávit en su balanza de productos manufacturados, de bienes, incluidos los productos agrícolas y de servicios. Este saldo positivo no es porque la UE importe menos, sino porque exporta más. España es un buen ejemplo de ello.

También en Buenos Aires y coincidiendo con el encuentro de la OMC se reunirán los ministros de Comercio de la UE. En este marco y en una ronda negociadora al más alto nivel, se podría dar el último impulso al ya largo proceso negociador para el Acuerdo de Asociación Unión Europea-Mercosur.

El Consejo Europeo, a iniciativa del presidente del Gobierno de España, ha incluido por dos veces en sus conclusiones, la necesidad de que estas negociaciones concluyan antes de fin de año. La alta representante/vicepresidenta Federica Mogherini y la encargada de la negociación comercial Cecilia Malmström están movilizando todos sus esfuerzos para alcanzar un acuerdo equilibrado y ambicioso.

Este acuerdo tiene, en estos tiempos de tentaciones proteccionistas, un alto valor estratégico, al vincular a dos de los cinco bloques más potentes del mundo y también económico, pues es tres veces más importante que los Acuerdos UE-Canadá y UE-Japón juntos. Sólo en derechos arancelarios las empresas de la UE se ahorrarían miles de millones de euros al año.

Como ha dicho la comisaria Cecilia Malmström, en la economía mundial ya no hablamos sólo de exportaciones e importaciones, se trata de cadenas de producción mundiales cada vez más complejas. Abrirse más al mundo significa progreso, paz, mejores oportunidades para nuestras empresas, incluidas las pymes, aumento del valor de la cadena de producción y sobre todo generación de confianza y más puestos de trabajo. Es sabido que, por cada 1.000 millones de euros exportados, se crean 18.000 empleos. Aumentando la apertura al comercio la economía se hace más dinámica, más diversa y más resistente.

Esperemos pues que en la reunión de Buenos Aires, el multilateralismo, con los ajustes necesarios, se reanime, remonte el vuelo, alcance velocidad de crucero y se sustraiga a los malos vientos de Pandora.

Por José Ignacio Salafranca, diputado al Parlamento Europeo y ponente del Acuerdo UE-MERCOSUR.

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