La hora del ‘poder gitano’

Seguramente el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, ocupará un lugar de privilegio en la historia de su país, no sólo por ser el primer presidente negro de la nación más poderosa del mundo, sino por adoptar decisiones políticas ayer impensables que marcarán su mandato como uno de los más renovadores en un país acostumbrado a sentirse, posiblemente con razón, el ombligo del mundo.

He leído con admiración su discurso pronunciado días pasados durante la convención de la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color, que celebraba el primer centenario de su existencia, y no he podido evitar la sensación de sentirme directamente aludido por sus palabras. Es más, he hecho el ejercicio de sustituir simplemente la palabra «negro», cada vez que aparecía en el texto, por la palabra «gitano», y el discurso se convertía en un mensaje absolutamente adecuado para nuestra realidad. Por eso, hoy me siento reconfortado al comprobar que el hombre más poderoso de la tierra es un negro que ha dicho a los de su propia etnia lo que algunos gitanos llevamos diciendo a los nuestros desde hace más de 30 años.

A partir de mañana, cuando repita a mi gente lo que llevo diciendo desde hace tantos años, les diré que no son palabras mías, que es el mismísimo presidente de EEUU quien les dice: «Sí, si eres gitano, las posibilidades de crecer entre la delincuencia y las bandas son mayores; sí, si vives en un barrio pobre, te enfrentarás a dificultades que algunos en los barrios residenciales ricos no tienen que sortear. Pero eso no son razones para tener malas notas, eso no son razones para faltar a clase o para abandonar los estudios. ¡Basta de excusas! Nadie ha escrito tu destino por ti. Tu destino está en tus manos. ¡No hay excusas!».

Los gitanos españoles -que, sin duda, somos unos privilegiados comparados con nuestros hermanos del resto de Europa- aún padecemos un altísimo índice de analfabetismo y las condiciones de vida de buena parte del conjunto de nuestra población son las propias de quienes integran los grupos de exclusión y el lumpen social. Por eso adquieren mayor valor las palabras del presidente gitano de EEUU que, a los dos meses de jurar su cargo, tuvo que enfrentarse con un informe que sostenía que «los negros en Estados Unidos tienen el doble de posibilidades de quedar desempleados, tres veces las de vivir en la pobreza, y seis veces más las de ir a la cárcel que los blancos».

Es verdad que, como dice el sabio refrán castellano, la casa de Santa María no se hizo en un día, pero no es menos cierto que el ritmo frenético de las transformaciones que está experimentando la sociedad mayoritaria desde hace poco más de medio siglo, nos obliga a los gitanos europeos a hacer un supremo esfuerzo para que el cambio que reclamamos sea eficaz y podamos ser, de una vez por todas, artífices de nuestro propio destino y administradores de nuestra propia libertad. El presidente Obama nos ha dicho que «en última instancia, somos nosotros los que nos tenemos que labrar nuestro destino día a día». Lo que me lleva a formular a los gitanos españoles, siguiendo el pensamiento del presidente estadounionense, algunas propuestas:

Primera: No depositemos demasiada confianza en las subvenciones del Gobierno. Éstas deben ser un medio, jamás un fin. Es más, cuando las subvenciones no están plenamente justificadas, o se otorgan con criterios previsiblemente ajenos a la voluntad de los propios gitanos, pueden ser una rémora que nos condenará irremisiblemente al clientelismo y a la dependencia de la mano que nos alimenta. «Los programas del Gobierno -ha dicho Obama- no van a conseguir por sí solos que nuestros hijos lleguen a la tierra prometida. El Gobierno tiene que ser una fuerza para proveer oportunidades, y una fuerza para proveer la igualdad».

Segunda: Es necesario que seamos los propios gitanos quienes nos impliquemos en la transformación de nuestra propia realidad. Ningún pueblo ha prosperado desde el colonialismo político, cultural o caritativo. Hasta el Parlamento Europeo se ha manifestado en una Resolución aprobada el pasado 11 de marzo reclamando que los gitanos participemos en todas las tomas de decisiones que programen los gobiernos dirigidas a nuestra comunidad. Y pide que se respete nuestra capacidad y nuestra responsabilidad de organizarnos nosotros mismos.

Pero no nos engañemos. De nada servirán los buenos propósitos de los gobernantes si no somos nosotros, los propios gitanos, quienes luchamos por diseñar nuestro propio destino. Lo ha dicho Obama: «En los gitanos se debe operar un cambio de mentalidad, un nuevo conjunto de actitudes con el fin de que tomen las riendas de sus propias vidas».

Tercera: Debemos aspirar a conseguir un auténtico poder gitano. Ya no basta con que los gobiernos pongan en nuestras manos los recursos destinados a lograr nuestra emancipación y con ella la salida de la exclusión social a la que estamos sometidos. El presidente de EEUU -que es un negro, hijo de un padre negro y de una madre rubia- ha conocido y sufrido el zarpazo de la marginación, lo cual le ha llevado a decir que «sigue habiendo injusticia para los negros, que se ven relegados a la última posición en todas las escalas del bienestar».

Sus palabras son perfectamente aplicables a los gitanos españoles cuando dice: «El dolor de la discriminación todavía se siente entre nosotros, pero eso no justifica que (…) se les condene a la desesperanza o a los papeles secundarios en este país. (…) Quiero que aspiren a ser científicos e ingenieros, doctores y maestros, no sólo jugadores de baloncesto o raperos».

Yo he sido una privilegiada excepción en la vida política española. Habiendo tenido los mismos orígenes humildes que Obama, he sido diputado en el Congreso español y en el Parlamento Europeo durante 23 años continuados. Pero en mí se rompió lamentablemente la continuidad. Nadie ha ocupado mi puesto en Madrid o en Estrasburgo. Es verdad que actualmente hay en España dos diputados autonómicos gitanos: uno, mi entrañable amigo Manuel Bustamante, que lo es en las Cortes Valencianas por el Partido Popular, y otro, mi compañero del Partido Socialista, Francisco Saavedra, que lo es en la Asamblea de Extremadura. Pero vergonzosamente no hay representación gitana en el Parlamento de Andalucía, donde vive la mitad de los gitanos españoles, ni en el resto de las instituciones de representación democrática del país.

El verdadero poder gitano se obtendrá el día que hagamos méritos para que el presidente del Gobierno, consciente de la fuerza que representan más de 700.000 españoles gitanos, nombre algún ministro o ministra, secretarios de Estado o directores generales que sean gitanos. Entre los que cabría esperar, ¿por qué no?, que fuera un gitano el próximo director general de la Guardia Civil. ¡Eso sería Gipsy Power¡

Cuarta: Finalmente, quiero reclamar de los propios gitanos que pregonen su gitaneidad. Conozco a bastantes gitanos que son profesores universitarios, catedráticos, médicos, ingenieros, economistas, abogados, así como pequeños y medianos empresarios, etcétera. Y deberían hacer pública su condición de gitanos. Eso nos prestigia y contribuye positivamente a la reivindicación de nuestro buen nombre. Yo estoy convencido de que cuando alguien viene a mi despacho de abogado para que yo le defienda, une a mi condición de gitano la esperanza de que profesionalmente yo soy quien mejor le hará ganar un pleito.

Nadie lo ha dicho mejor que Barack Obama, cuyas palabras nos apropiamos y vamos a esculpir en el frontispicio de todas nuestras organizaciones: «Es hora de que los niños gitanos aspiren a convertirse en científicos, ingenieros, jueces del Tribunal Supremo y presidentes del Gobierno de la nación».

Juan de Dios Ramírez-Heredia, abogado y periodista, y ha sido diputado del Congreso y de la Eurocámara.