La huida del talento

Por primera vez en muchos decenios, el año pasado en España emigraron más ciudadanos que los que vinieron: más de medio millón (507.740) comparados con los que se instalaron (417.523). Las cifras incluyen un elevadísimo número de graduados universitarios. Como siempre, aquí nos damos cuenta de las cosas solamente cuando nos ocurren a nosotros. Solemos verlas como si fueran únicas. Si se hubiera puesto en marcha una discusión pública del problema con anterioridad, habríamos estado preparados para entenderlo mejor y poner algún remedio. En Italia, país del que deberíamos aprender algunas cosas para ahorrarnos los mismos errores, la huida de gente muy preparada para tareas técnicas, científicas o gerenciales era ya muy grave en los años 90 y desató una polémica notable.

La indignación por la emigración cualificada no está acompañada de un análisis sensato de la situación. El éxodo de talento es grave y lamentable, pero a nadie se le ocurre señalar algunas de sus ventajas. España ha exportado población en inmensas cantidades a lo largo de su historia. Lo que no expulsaba la miseria -campesinos andaluces asfixiados por latifundios feudales, campesinos gallegos afectados por crueles minifundios- lo hacía la política del fanatismo tradicionalista. Desde las Cortes de Cádiz de 1812, escritores, médicos, ingenieros y gentes cultas (es decir, de progreso: es difícil ser culto y reaccionario, aunque ser culto y conservador no lo sea tanto) han sido expulsados regularmente por los gobiernos oscurantistas que tan a menudo han mandado aquí. Con la llegada de una democracia liberal, en 1975, ya no parece que este símil histórico tenga mucho valor. Sin embargo, convendría enterarnos de qué ha sido de tantísimos graduados que tuvieron que marchar durante los cuatro decenios del franquismo y nutrieron universidades, laboratorios y fábricas de Europa y América. Solamente podría hablar por mí mismo, porque fui uno de ellos y volví finalmente a casa. O por un hijo mío, que en plena democracia, tras intentar en vano establecerse en Catalunya -con calificaciones universitarias británicas- tuvo que regresar y trabaja duramente y sin problemas. O por una hija, que lleva aquí mucho tiempo y también trabaja pero aún espera que un ministerio barroco e incompetente le convalide plenamente un título otorgado por una universidad de prestigio inglesa que ya nos gustaría tener.

Estoy preparado para afrontar la ira del lector al afirmar públicamente que la emigración de talentos, pese a ser mala, no es del todo perniciosa. Los beneficios cubren un abanico muy diverso. Van desde el número de matrimonios internacionales que se contraen (práctica bendecida por la UE) hasta el remedio de nuestra crónica deficiencia en lenguas extranjeras; van desde la mejora de la economía con las inversiones y gastos que hacen en nuestro país los residentes en el extranjero hasta el incremento del nivel científico de nuestros laboratorios y universidades, que rompen aún más su aislamiento al tener colegas de todo el mundo. Ya que tanto hablamos de competitividad, hay que tener en cuenta que la lucha de nuestros jóvenes para progresar y mejorar su condición redunda también en casa y espabila a los más perezosos. Marchan, desgraciadamente, muchos de los más ambiciosos e inteligentes.

Los mismos que celebran la presencia de jóvenes científicos e ingenieros extranjeros entre nosotros lamentan que nuestros profesionales se vayan a otros países. Hasta hace poco, varios estudios sociológicos sobre la movilidad geográfica daban invariablemente el resultado de que los españoles eran los más reacios del mundo a moverse de casa. No es casual que los países más avanzados den resultados altísimos en cuanto a la disponibilidad de sus jóvenes profesionales para hacer las maletas y hallar trabajo donde sea.

La lucha por abrirse camino, para subir, como dice la expresión popular, siempre es mejor que el fatalismo. Hay una ley sociológica que dice que lo que los hombres (y las mujeres) no logran individualmente tratan de conseguirlo en grupo o colectivamente. En otras palabras, cuando las circunstancias económicas nos asfixian, cuando no conseguimos salir adelante haciendo piña o aliándonos con nuestra empresa, universidad o gremio, buscamos individualmente la fortuna, allí donde sea, utilizando el ingenio y nuestra disposición al trabajo. En un clima como el actual, se entiende que, desgraciadamente, la mayoría de los jóvenes catalanes deseen más ser funcionarios que convertirse en empresarios y arriesgarse. También se entiende que muchos tengan el coraje de marchar donde sea para abrirse camino honestamente. El resultado final, no obstante, es un desastre para el país.

Por Salvador Giner, presidente del Institut d’Estudis Catalans.

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