La humildad de Lord Thomas

Fue un sofocante día de julio de 1996. Me lo ha recordado el reciente servicio litúrgico en memoria del historiador Hugh Thomas que ha referido Ramón Pérez-Maura en este mismo diario. En esa fecha tuve el privilegio de conocer al profesor Thomas. Pronunció la conferencia de clausura de un curso de verano sobre la Guerra Civil española del que yo era secretario. Después me confiaría que había sido la última vez que abordaba el tema. La primera edición de su libro sobre nuestro dramático conflicto se había publicado hacía más de tres décadas y estaba plenamente convencido de que su papel de historiador «moralista» estaba cumplido. Efectivamente, como ha subrayado Pérez-Maura, su estudio había logrado aunar a una gran mayoría de españoles en torno a un equilibrado relato del doloroso pasado. Anticipó así el espíritu de reconciliación de nuestra Transición democrática. Si repasamos la nómina de historiadores a los que invitó a participar en una edición posterior y ampliada de la obra, se entenderá la gran aportación del británico. Lord Thomas nos enseñó a los españoles a acercarnos a nuestra historia más triste y vergonzante con ánimo de concordia y entendimiento. Causa estupor comprobar que la Transición resulta hoy habitualmente descalificado y que alguno de aquellos historiadores, aún en ejercicio, participa del nuevo e injustificable sectarismo.

En la intervención de julio de 1996, el antiguo estudiante de Cambridge hizo lo que solo se pueden permitir los maestros. Quiso parecer «excéntrico» y reconstruyó, en un relato trufado de anécdotas y cariño a nuestro país, cómo había hecho la investigación de nuestra guerra. Aludió así a la cena anual de los ex combatientes norteamericanos de las Brigadas Internacionales, irreductibles comunistas compartiendo mantel con «un viejo reaccionario». También rememoró sus dudas, como buen liberal, antes de saludar al otrora germanófilo ministro de Exteriores de Franco, Ramón Serrano Suñer, quien le invitaría amablemente a almorzar en su residencia veraniega de Zarauz. Pero, sobre todo, evocó su primer e imborrable viaje a España en el invierno de 1955. Su impagable crónica recaló en el cambio de tren en Irún, «como si pasara de un planeta a otro» tras abandonar Francia. También habló de la calurosa recepción en el céntrico hotelito de Madrid al que no llegó demasiado tarde para cenar, «aunque fueran ya las diez y media de la noche» y que años después no podría localizar. Entre esos retazos también dibujó su visita fugaz de la Esperanza de Triana en Sevilla, el sol cegador refulgiendo sobre las casas blancas de Antequera o los campos de la batalla del Jarama, donde experimentó un agudo ataque de agorafobia. Más allá de todo ello, de escenarios y de libros, repasó el listado de amigos que la confección de su libro le había deparado. Incluía españoles de todas las orillas: el liberal exiliado Salvador de Madariaga; el general franquista Martínez Campos, preceptor del luego Rey Juan Carlos; el hijo cirujano del presidente Negrín; los historiadores Melchor Almagro y Salas Larrazábal; y Gerald Brenan, el pintoresco hispanista residente en Churriana. También conoció al dirigente carlista Manuel Fal Conde, quien en su casa de Sevilla conservaba, junto a la chimenea, una bomba sin detonar que la aviación republicana había lanzado sobre el Pilar de Zaragoza. Años después se encontraría en Ginebra con el comunista de origen checo que decía haber arrojado esa misma bomba.

Thomas cerró su intervención reconociendo que ser considerado un «amigo de España» era el mayor privilegio que le habían brindado esos años. Como no podía ser de otro modo, recibió un estruendoso aplauso del público, entre los que se contaban estudiantes, profesores universitarios y militares que habían hecho su carrera durante el franquismo. Después del almuerzo que siguió a la conferencia Lord Thomas quiso que le acompañara a pasear por un bosquecillo cercano. Quien escribe estas líneas era entonces un jovencísimo aprendiz de historiador y estudiante universitario y quedó fascinado por la naturalidad de la conversación de aquel hombre. Como diría Antonio Machado, era «en el buen sentido de la palabra, bueno». Me confió que Steven Spielberg le había tanteado para el guión de una película sobre Hernán Cortés; de hecho, deseaba ser reconocido también como el autor de La conquista de México, otro de sus grandes libros. Suelo comentarle a mis familiares y amigos que algún dinosaurio se le cruzaría al director para que no fructificara el proyecto. Paseando por aquel montecillo calcinado por el sol le recuerdo inclinarse para recoger una ramita de romero con la que obsequiar a su esposa.

Muchos años después, el recuerdo de su sencillez me agiganta su figura. Escribió Umberto Eco que la «humildad científica» no es «una virtud de débiles sino, al contrario, una virtud de personas orgullosas» que despliegan una modestia defensiva y utilitaria. Pero la de Hugh Thomas era una humildad profundamente humana. Estoy convencido de que los mejores profesores son así. Son verdaderos maestros que transmiten un amor a la verdad que comienza con la consideración respetuosa, sin afectación, hacia quienes tienen a su lado. Nada mejor puede decirse de Lord Thomas de Swynnerton, Comendador de las Artes y las Letras, Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica, Premio Somerset Maugham y Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio. Y, sobre todo, «un amigo de España».

Álvaro de Diego González, director del programa de Doctorado de la Universidad a Distancia de Madrid (UDIMA).

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