La idea equivocada sobre Francia de François Hollande

El nuevo presidente de Francia, François Hollande ha logrado una impresionante serie de victorias políticas – tanto en el país como en Europa – desde que fue elegido el pasado mayo. Desafortunadamente, su racha de éxitos conducirá inevitablemente a llevar a cabo un ajuste de cuentas en lo económico que conmocionará a los aparentemente inocentes ciudadanos de Francia y condenará al fracaso al enfoque que tiene la elite francesa sobre la “construcción de Europa”.

Desde que ganó la presidencia, Hollande ha ganado una mayoría parlamentaria y ha empujado a Alemania para que se incline por aceptar responsabilidad compartida por las deudas de los países de la eurozona. Sin embargo, se han generalizado presagios de crisis en los círculos empresariales y económicos franceses.

Pero el peligro real – que puede incluso haber sido subestimado por los críticos más severos de Hollande – no es tanto sus fracasos políticos individuales (a pesar de que pudiesen ser serios) sino que es su abordaje frente a los dos desafíos paralelos que plantean los desequilibrios económicos de Francia y la crisis de la eurozona. En cada frente de forma separada, Hollande podría arreglárselas para salir del paso; pero, ambos desafíos en conjunto probablemente lleguen a solidificar la pérdida de competitividad de Francia.

La disminución de la competitividad se capta mejor en un solo indicador: los costos laborales unitarios, que miden el costo promedio de la mano de obra por unidad de producto. En una unión monetaria, las discrepancias en el crecimiento de los salarios en relación con las ganancias de productividad –es decir, los costos laborales unitarios – darán lugar a una acumulación crónica de excedentes o déficits en la balanza comercial.

Desde la introducción del euro, los costos laborales unitarios han aumentado muchísimo más rápido en Francia de lo que aumentaron en Alemania. Según datos de Eurostat, publicados en abril de 2011, el costo laboral por hora en Francia era de €34,2 frente a €30,1 en Alemania – y era casi un 20% más alto que el promedio de €27,6 de la eurozona. El déficit de cuenta corriente de Francia ha aumentado a más del 2% del PIB, a pesar de que su crecimiento económico se ha paralizado.

El alto costo de la contratación de trabajadores en Francia no se debe tanto a los salarios y a los beneficios, sino que es causado por los impuestos aplicados a la nómina de sueldos. La clase política francesa en su totalidad se ha deleitado desde hace ya mucho tiempo atrás en la aplicación de impuestos a los trabajadores con la finalidad de financiar las generosas previsiones de beneficios sociales del país, evitando de esta forma imponer una tributación excesivamente alta a los ganancias de las personas y al consumo – sin embargo, esto está a punto de llegar a su fin, ya que Hollande tiene la intención de imponer un impuesto del 75% a las ganancias superiores a €1 millón. Esta es una versión de la falacia que indica que aplicar impuestos a las empresas (“al capital”) produce ahorros en las personas comunes y corrientes (“trabajadores”).

Por supuesto, estos impuestos a las empresas se trasladan siempre a las familias – generalmente a través de aumentos de precios directos, y en Francia también a través del desempleo. Las altas tasas de impuestos aplicadas al trabajo – junto con leyes rígidas de contratación y despido – hacen que los empleadores se muestren extremadamente reacios a contratar a trabajadores. Como resultado de ello, Francia ha tenido durante muchos años un desempleo crónico de largo plazo que se pronostica llegará a 10,5% en el año 2013.

El predecesor de Hollande, Nicolás Sarkozy, trató de resolver este problema. Dictaminó que el pago voluntario de horas extras estaba exento de impuestos y desplazó parte de la carga impositiva de los empleados hacia el consumo (a través de un aumento en el IVA). Pero Hollande revirtió rápidamente ambas de estas reformas.

La derogación de la exención de impuestos sobre las horas extras refleja otra falacia económica a la que los políticos socialistas franceses están muy apegados: la idea sobre la “porción de trabajo”, noción que se encuentra subyacente en la más desastrosa de sus políticas económicas: la semana laboral de 35 horas, que se introdujo en el año 2000. La idea detrás de esta política es que la demanda de mano de obra es una constante, y que este número fijo de horas totales de trabajo que requieren los empleadores para satisfacer la demanda final puede ser distribuido de manera más uniforme entre los trabajadores a fin de reducir el desempleo.

Tales medidas destinadas a crear empleos mediante la liberación de horas, en el mejor de los casos, son fútiles, y con frecuencia son perjudiciales. Los socialistas franceses deben recordar la lección de física que aprendieron en la escuela acerca de los vasos comunicantes: cuando un líquido homogéneo se vierte en un conjunto de recipientes conectados, dicho líquido se coloca en el mismo nivel en todos ellos, independientemente de su forma y volumen. La generación de más “líquido” (empleos) requiere que no se desaliente a los empresarios de cuyas actividades, en última instancia, depende la creación de empleo sostenible. El efecto de la presión fiscal y regulatoria que se ejerce en materia de empleo alienta a que las empresas francesas inviertan y contraten fuera de Francia.

Los apologistas de Hollande alaban su enfoque gradual y consensual para abordar las distorsiones estructurales de la economía. Argumentan que su afición por la creación de comisiones consultivas es la mejor manera de forjar el consenso necesario para llevar a cabo la reforma estructural, en tanto que el estilo combativo de Sarkozy fue contraproducente.

Incluso si se deja de lado el escepticismo y se llega a creer que Hollande pudiese con el tiempo persuadir a sus partidarios para que adopten las políticas que impulsan la competitividad, la crisis de la eurozona niega a Francia el tiempo que tal gradualismo requiere.

Una manera simple y efectiva para ganar tiempo sería abandonar al euro y restablecer la competitividad a través de una moneda nacional devaluada. Sin embargo, este recurso es incompatible con la devoción que los políticos franceses que representan a los principales partidos políticos tienen por el “proyecto europeo”, lo que equivale a una proyección del poder blando francés. De hecho, la construcción de Europa se encuentra en el corazón de la versión que tiene la clase política francesa sobre lo que Charles de Gaulle solía llamar “una cierta idea de Francia”.

Para los políticos franceses que representan a los partidos mayoritarios, renunciar al proyecto europeo a fin de conseguir el tiempo necesario para restablecer la competitividad es tan inconcebible como lo es la alternativa lógica: un empuje con esfuerzo supremo hacia la plena unión política de Europa. Dicha alternativa restablecería la soberanía monetaria y crearía un banco central normal (similar al Banco de la Reserva Federal o al Banco de Inglaterra) a nivel europeo. Pero también significaría que se debería abandonar a la república de Francia para favorecer a un gobierno federal europeo – que es el anatema de lo que se denomina como “una cierta idea de Francia”.

La combinación del gradualismo (en su interpretación más generosa) en la reforma económica interna y del efecto paralizante de la crisis de la eurozona conducirá hacia a una conmoción masiva. Permanecer en una unión monetaria junto con la economía alemana que es mucho más competitiva requerirá de reformas dolorosas y rápidas; y, el abordaje tibio de Hollande no logrará preparar a los complacientes franceses para que enfrenten a dichas reformas. El resultado será que se verá aún más apoyo del ya visto en las elecciones presidenciales del pasado mes de abril para los partidos políticos extremistas, que rechazan tanto a Europa como al capitalismo de mercado competitivo.

Brigitte Granville is Professor of International Economics and Economic Policy at the School of Business and Management, Queen Mary College, University of London. Traducido del inglés por Rocío L. Barrientos.

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