La ideología conforma la ciudad

La ciudad siempre ha sido el objeto del deseo de la ideología. Toda ciudad conserva la huella de las ideologías que, literalmente hablando, han pasado por encima de la misma. En este sentido, se puede afirmar que la ideología —para entendernos, una determinada concepción del mundo— otorga identidad a la ciudad. En otras palabras: la ciudad, en un proceso de impregnación mutua, vive en la ideología y la ideología vive en la ciudad. Cosa que se percibe, por ejemplo, en ese elemento fundamental que es la arquitectura. Si, a través de unos de los agujeros de gusano que contempla la física posteinsteiniana, viajáramos al Egipto y la Grecia clásicos, veríamos que estos lugares son portadores de una determinada ideología que se manifiesta en la pirámide y el templo. La pirámide o la grandiosidad e inmortalidad del poder omnímodo egipcio. El templo o el equilibrio y la proporción de la civilización griega. Un ejercicio parecido podríamos hacer con la basílica de San Pedro del Vaticano, la torre Eiffel de París, los rascacielos de Nueva York o el Nido de Pekín donde se celebraron los Juegos Olímpicos de 2008. San Pedro o el poder supraterrenal, la torre Eiffel o la industrialización, los rascacielos o la pujanza norteamericana, el Nido o la emergencia de una nueva potencia que combina la tradición milenaria con la modernidad avanzada.

Llegados a este punto, se plantea la cuestión de cómo mirar la ciudad. Podríamos abordar el asunto a la manera de los filósofos, historiadores, geógrafos, economistas, sociólogos o literatos. A buen seguro que son necesarios para entender el fenómeno urbano y determinar su función, complejidad y sustantividad. Pero, hay otra forma de aproximación y análisis. Lo sugería antes: la ideología conforma la ciudad.

Hay un buen ejemplo de ciudad española donde se percibe claramente la huella de la ideología. Hablo de Barcelona. El Novecentismo de las primeras décadas del siglo XX —reformismo, cosmopolitismo y catalanismo, aderezados con la Ilustración de la época instalada en Viena y Berlín— se manifiesta a través de la cultura, la educación o el urbanismo. Y se exhibe en la edificación y exteriorización de un nuevo orden. En primer lugar, con proyectos, reformas y servicios que facilitan la vida del ciudadano: la apertura de avenidas a la manera del París de Hasumann, la electrificación de la ciudad, la construcción de alcantarillas o el transporte subterráneo. En segundo lugar, con todo aquello que potencia la identidad considerada y definida como propia: la división comarcal que rompe con la provincia española, la institucionalización de la cultura catalana con la fundación del Institut d’Estudis Catalans, la recuperación del patrimonio «nacional» catalán, el diseño de escuelas y museos cortadas por el patrón catalanista o la instalación —en la falda de Montjuïc— de las Cuatro Columnas de Puig i Cadafalch como homenaje a las victorias catalanas y los patriotas catalanes. Sin olvidar un Art Déco atractivo y orgulloso, omnipresente, que festeja la industrialización, que muestra líneas definidas y colores brillantes, que ofrece una nueva concepción del espacio, la luz y el confort. Un Art Déco —detalle importante en la época de la Segunda Revolución Industrial protagonizada por la burguesía catalana— susceptible de ser reproducido y llegar —comercialmente hablando— a las clases populares.

La Primera Guerra Mundial, la crisis de la Lliga Regionalista, los conflictos sociales y Primo de Rivera, suponen la defunción práctica del Novecentismo. Aunque, con la dictadura de 1923 —por cierto, con el plácet de la burguesía, antes partidaria del Novecentismo— la ciudad continúa siendo escaparate de la ideología. Por partida doble: de un lado, la obra pública de Primo de Rivera, expresión de un talante modernizador; de otro, el paternalismo que toma cuerpo en la construcción de vivienda social —las conocidas Casas Baratas— para realojar a las familias que vivían en las barracas de Montjuïc. Llega la Segunda República y la Generalitat republicana. Barcelona deviene el laboratorio de la vanguardia de la mano del Grupo de Artistas y Técnicos Catalanes para el Progreso de la Arquitectura Contemporánea (Gatcpac). El racionalismo constructivo y el funcionalismo compositivo (Josep Lluís Sert, por ejemplo), así como la utopía a la manera de la Ville Radieuse de Le Corbusier, se muestran en diversas actuaciones urbanísticas como el Plan Regulador. Y en Barcelona se exhibe, asimismo, la ideología revolucionaria (la Casa Bloc, por ejemplo) que pretende ser el reflejo «de la nueva sociedad». Arquitectura, política de vivienda e ideología van de la mano.

Después de la dictadura del general Franco —el monumentalismo, sí, pero también la vivienda social de la Obra Sindical del Hogar, así como el gran centro hospitalario de la ciudad: Valle de Hebrón—, después del grupo R (Bohigas, Coderch o Martorell) que critica —la oposición arquitectónica al franquismo— el conformismo y reivindica la herencia del Gatcpac, llega esa penúltima expresión de la ciudad como escaparate de la ideología —sin olvidar los Juegos Olímpicos de 1992— que es el Fórum Universal de las Culturas Barcelona 2004. El Fórum o la plasmación del buenismo —pacifismo, ecologismo, multiculturalismo— que nos rodea. Conviene añadir que el Fórum —recuperación de la fachada marítima y construcción de hoteles y viviendas de lujo— es también la culminación del llamado «modelo Barcelona». ¿Parque temático? ¿Ciudad museo? ¿Ciudad postal? ¿Ciudad del shopping1 ¿Ciudad de la fiesta? ¿Ciudad de la tecnología y el diseño? Un híbrido en tiempos de búsqueda y cambio.

Que la ideología —en este caso, la globalización y sus secuelas— sigue conformando hoy la ciudad se constata en el siguiente hecho: Barcelona —como otras ciudades— está dejando de ser una metrópolis para devenir una metápolis. De la ciudad que crece alrededor de un centro a la ciudad policéntrica y discontinua que, como una malla, va ocupando el territorio gracias a las nuevas tecnologías del transporte, la comunicación y la información. El primer aviso lo dio el sociólogo francés Marc Augé cuando, hace un par de décadas, advertía que en nuestras ciudades desarrolladas se estaban multiplicando unos «no lugares» o «espacios del anonimato» —aeropuertos, estaciones de ferrocarril, vías rápidas, hoteles, superficies comerciales, hospitales, cajeros automáticos— que únicamente facilitan el tránsito acelerado de personas. El «no lugar», como figura de la sobremodernidad avanzada, sería la expresión de cierta ideología individualista que cuestiona la ciudad como lugar de la relación humana.

Con el paso del tiempo, la ideología ha ido convirtiendo la ciudad en un patchwork, en un mosaico de retales diversos que obedece a intereses distintos y a concepciones diferentes del mundo. Con el paso del tiempo, la ideología, con la inestimable colaboración de la razón instrumental, ha ido desvirtuando la ciudad. El urbanicidio acecha. Pero, no todo está perdido. Recuperemos lo aún recuperable. Volvamos la vista atrás, a los orígenes. Instalémonos, de nuevo, en ese espacio de la sociabilidad y el conflicto en donde se manifiestan los anhelos, pasiones, enfrentamientos, compromisos, alegrías y frustraciones del ser humano. Reconstruyamos una ciudad adaptada a los nuevos tiempos que siga siendo el lugar de la civilización. El escenario que permite el conocimiento mutuo y facilita el crecimiento personal y la convivencia. Sólo así, la ciudad podrá ser, por decirlo a la manera del Aristóteles más optimista, el lugar de la vida buena y feliz.

Por Miquel Porta Perales, articulista y escritor.

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