La Iglesia Católica, España y su futuro

Aún recuerdo como si fuera ayer la audiencia privada que el Papa Benedicto XVI concediera a los participantes en el Tercer Sínodo diocesano de Madrid el 3 de julio de 2005 en Roma. En un bello y no muy largo discurso, el Papa emérito pronunció unas palabras que hoy, a la luz de las actuales circunstancias por las que atraviesa nuestra nación, adquieren un significado particular: «En una sociedad sedienta de auténticos valores humanos y que sufre tantas divisiones y fracturas, la comunidad de los creyentes ha de ser portadora de la luz del Evangelio, con la certeza de que la caridad es, ante todo, comunicación de la verdad».

A medida que pasan los días, no pocas personas se preguntan por la relación entre España y la fe católica y por el servicio que la Iglesia presta, en esta hora decisiva, a la comunidad política y a la sociedad. Para la pervivencia y el desarrollo fructífero de una sociedad es necesario siempre superar una concepción buenista y utilitarista del sentido y del valor de la palabra pública. Una sociedad que no se funda en una comunidad de ideales de vida y de valores morales fundamentales compartidos, de convicciones básicas sobre el sentido de la existencia y sobre sus expresiones espirituales y/o religiosas, difícilmente podrá conseguir que la cooperación solidaria y la conciencia de la responsabilidad ciudadana se despierten y se mantengan vivas al servicio del bien común.

El primer servicio que la Iglesia católica debe prestar al pueblo y a la sociedad española hoy, y de cara a su futuro, es el de ser activamente fiel a su misión de anunciar, celebrar y servir al Evangelio, privada y públicamente, en particular a los más pobres y desfavorecidos de alma y de cuerpo; es decir, el de ser ella misma en el contexto de un diálogo respetuoso y abierto con toda la sociedad y de un compromiso permanente con el principio de solidaridad entendido y aplicado con toda la hondura de las exigencias de la caridad cristiana. Es el Evangelio que la Iglesia ha transmitido y tratado de encarnar a lo largo de toda la historia de España, en medio de las debilidades y pecados frecuentes de sus hijos, pero también a través de la vida de sus incontables mártires y santos. Evangelio que ha entusiasmado a generaciones enteras de españoles, hasta el punto de convertirlos en sus misioneros más allá de las fronteras patrias.

La Iglesia quiere estar presente en el futuro de la realidad histórica de la España contemporánea con la misma dedicación, el mismo amor y con la misma pasión por el Evangelio con que lo ha estado en los mejores momentos de su historia bimilenaria. España es una sociedad multisecular con una unidad basada en un proceso histórico complejo y amplio, y que no se puede poner en peligro de modo unilateral. El problema de la unidad de España tiene una dimensión moral y ética evidente, porque es un asunto en el que está involucrada la concepción de la relación primera de la sociedad; es el primer paso de la solidaridad, del dar a cada uno lo que le es debido. España es una sociedad que lleva siglos unida; y es más que eso: es una verdadera comunidad de aspiraciones y de valores, de convicciones profundas espirituales y religiosas, que han generado una cultura común que nos une a todos. El problema de la unidad de España tiene una raíz moral, porque afecta a la justicia y a la solidaridad de forma básica. Este problema se solucionará si la conciencia moral se despierta en todos, y si la conciencia histórica se refresca a través de un encuentro con los grandes valores morales de nuestra Historia.

Los objetivos y las aspiraciones básicas, que inspiraron y presidieron la conducta de la inmensa mayoría de la sociedad española en los años claves de la década de los setenta y ochenta, podrían resumirse en el deseo, crecientemente sentido, de una reconciliación de todos los españoles, superando para siempre el trauma de las dos Españas y las tentaciones de ruptura interna y de disgregación nacional, a través de la instauración de un Estado democrático de Derecho en la forma de monarquía parlamentaria y vertebrado en Comunidades Autónomas. Un orden político-jurídico que facilitase, por tanto, la realización de una sociedad libre y solidaria, abierta y sensible a los valores humanos, espirituales y religiosos de su gran y compleja tradición histórica. No debemos olvidar que la Iglesia y los católicos en general contribuyeron, con todo su empeño, en el logro de ese gran proyecto de reconciliación nacional en los momentos más críticos de su preparación y elaboración, y, luego, a lo largo de todo su camino social y político. El ejercicio de la responsabilidad doctrinal de la Iglesia en España también ha sido constante e insistente a la hora de fijar las responsabilidades de los católicos seglares en la vida social, cultural, económica y política. Una urgencia que nos es reclamada por el Papa Francisco cuando nos recuerda que la política es una de las más altas formas de la caridad.

Y lo que la Iglesia no dejará de hacer nunca es orar por España, para que conserve viva la herencia de la fe y el legado de la cultura florecida en el tronco de la tradición cristiana, y mantenga viva la unidad solidaria de todas sus gentes, con el espíritu con el que Juan Pablo II invitaba a todos los católicos italianos en el mensaje dirigido a la Conferencia Episcopal Italiana el 6 de enero de 1994, al proponerles una gran oración por Italia: por la guarda efectiva de su identidad cristiana y de su unidad; y con el mismo espíritu con que nos instaba a los católicos españoles a ser testigos del Evangelio y fieles a las raíces católicas de nuestra historia común en España y en Europa. Él mismo llamó a España, repetidas veces, Tierra de María. A ella habremos de confiar esa gran oración por España que tanto se necesita en estos momentos tan cruciales de nuestra historia.

Antonio María Rouco Varela, arzobispo emérito de Madrid y miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.

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