La iglesia de TED

Lo más probable es que usted no vaya a asistir a TED este año. Los boletos para la reunión, que se inició este lunes en Vancouver, están agotados, y eso a pesar – o quizá a causa – de que obtener una entrada a la conferencia de ideas implica mucho más que sacar la tarjeta de crédito. Existe un selectivo proceso de solicitud y hay que responder a preguntas de tipo “¿Cómo describirían sus amigos sus logros?” y “¿Qué es lo que lo apasiona?” Además, dos personas tienen que dar la cara por nosotros.

la-iglesia-de-tedPero si usted no da el ancho y no quiere desembolsar los 8.500 dólares que cuesta la cuota de asistente general, no importa. La verdadera acción, y la medida del alcance de TED, están en línea. En noviembre de 2012, TED anunció que sus videos habían sido vistos mil millones de veces lo que, suponiendo una duración promedio de 15 minutos cada uno, significa que para esas fechas y colectivamente habíamos visto videos de TED equivalentes a 10 millones de días. En el escritorio o en el teléfono, vemos los videos en los que simpáticos especialistas nos dicen que se debe reformar la educación, admitir las carencias personales en público e invertir en el mundo en desarrollo. Parece sensacional. Las ideas que, según promete Ted, “vale la pena difundir”, efectivamente circulan. (O como dijera la revista satírica The Onion en una burla inspirada en TED: “Ninguna mente saldrá indemne”.)

Yo crecí entre evangélicos cristianos y reconozco el celo misionero cuando lo escucho. TED, con sus promesas frívolas, suena mucho a una religión seglar. Y si bien no es exactamente justo decir que las series de conferencias y los videos en la Web funcionan como una iglesia organizada, es útil comprender las estructuras paralelas para hablar de la fe y de lo susceptibles que seguimos siendo los humanos. El estilo de TED, con sus promesas de progreso, es tan manipulativo como las ortodoxias que intenta trastrocar.

Una buena plática de TED nos recuerda los sermones de las megaiglesias de renovación cristiana. Es la reunión de los curiosos y los hambrientos. Entonces se presenta un problema humano persistente, uno que, como explica amablemente el orador, tiene raíces más profundas e implicaciones más amplias de lo que están dispuestos a admitir los asistentes. Una vez que todos han sido enfrentados a la evidencia de la entropía, que han contemplado la fragilidad de la vida y lo esquivo de la paz interior, se impone tomar una decisión: ¿Seguiremos siendo complacientes o cambiaremos? Jesucristo le dijo a la multitud: “El que tenga oídos, que oiga”. Un predicador hábil puede darles la vuelta a estas palabras para decir que el simple hecho de escucharlas nos hace parte de la solución.

El proceso que acabamos de delinear es retóricamente persuasivo y puede ser emocionante participar en él. De pequeña, yo pensaba que mis padres, que trabajaban para una radiodifusora internacional cristiana, habían impulsado la posición social de nuestra familia gracias a su compromiso con la difusión de la palabra. No solamente éramos creyentes. Éramos creyentes al nivel de estrellas de rock. Yo estaba perpetuamente inquieta en la iglesia, pero también sabía que algunas personas solo iban a los servicios religiosos en Navidad y Pascua, y recuerdo que le daba gracias a Dios por no ser como ellas, tan ignorantes y apáticas.

Así pues, en un nivel estrictamente emocional, entiendo el atractivo de sentarse en una sala en penumbras mientras un orador nos empuja por un crescendo de convicción de que podemos y de que vamos a mejorar. Y aun más atractivo: que nuestro cambio individual va a hacer que el mundo entero sea mejor.

En los años veinte, el psicólogo francés Émile Coué popularizó la idea de que el éxito empieza con la repetición de un simple mantra. Veinte veces se supone que debemos decirnos a nosotros mismos, como lo dice poéticamente una traducción: “Cada día, en todos los sentidos, estoy mejorando más y más”. (“Every day, in every way, I am getting better and better”). Las recetas ofrecidas por muchos oradores de TED son igualmente burdas. La segunda charla más vista, medida por el número de veces que se ha reproducido en el sitio Web de TED, es una en la que Amy Cuddy, de la Escuela de Administración de Harvard, afirma que las poses de poder – como pararse derecho, con los brazos en jarras – podrían “cambiar significativamente la forma en que se desarrolla nuestra vida”.

Es extraño que este consejo tenga un público tan grande en la actualidad. (Para empezar, en realidad no es nada nuevo. Los estudios sobre los efectos del lenguaje corporal son tan viejos como el video casero.) Pero Cuddy expone argumentos fascinantes, como también Sheryl Landberg en su plática de 2010, un primer atisbo al tema de “Vayamos adelante”, en la que da no uno sino tres “poderosos” consejos.

Las pláticas TED sistemáticamente presentan problemas de enorme escala y amplitud – encarcelamos a demasiadas personas; la selva tropical está muriendo; miren toda esa basura; somos desgraciados; tenemos muchos datos y no sabemos qué hacer con ellos – y después las rematan limpia y simplemente. Haz esto y deja de hacer aquello. Compra una aplicación que te ayude a hacer esto o aquello.

Es una gran exageración pensar que la respuesta inteligente a problemas grandes y persistentes, como la brecha salarial de género, son pequeños cambios de conducta. Estas ideas no se difunden porque la gente calcule racionalmente las probabilidades de que den resultado.

Quizá el hecho de que no haya una voz entrometida de lo alto hace que todo esto sea más atractivo que el monoteísmo. En lugar de una sola escritura, TED y sus congéneres ofrecen un buffet para la formación moral. He hablado con gente que dice que ha prescindido de Dios y que la idea misma les parece incomprensible. Pero algunas personas, habiendo anunciado que están libres de hipocresías, dedican muchas horas nerviosas a ensamblar estructuras de autoridad y a adquirir una sensación de rectitud mediante manualidades y acondicionamiento físico, clubes de lectura y “Me gusta” en Facebook.

Nunca imaginé que los bautistas que conocí en mi juventud pudieran parecer relajados, casi perezosos por comparación. Por supuesto, ellos promueven a Jesús como solucionador de problemas de una vez por todas, lo cual es un enfoque también cuestionable.

Si yo tuviera nuevamente 19 años y experimentara con el sacrilegio por primera pero no por última vez, seguiría un consejo que me dieron en ese tiempo: “Si vas a ser ateo, deberás de divertirte mucho más.”

Pero la verdad es que ahora es un buen tiempo para ser escéptico entre creyentes, ya que hay tantos tipos de creyente verdadero para elegir. A veces me pregunto si los 20 videos más vistos de TED llegarán a transformarse en un credo o si, como ocurría en la iglesia primitiva, se les pedirá a los herejes que abandonen la fiesta. Tengo que resistirme al impulso de volver a ver la plática de Cuddy y dejar de criticar a la gente que frena mi paso por las aceras de Nueva York; gente que avanza a tientas, los hombros inclinados, no porque sean turistas sino porque están tratando de caminar y de mirar su teléfono al mismo tiempo.

Megan Hustard es autora de “How to Be Useful” y “More Than Conquerors: A Memoir of Lost Arguments”.

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