La Iglesia le debe una reparación pública a España

La Iglesia le debe una reparación pública a España
Sínodo del Vaticano en la Amazonía. Repam

Viene triunfando la moda de destacar la paja en el ojo ajeno y obviar la viga en el propio. La obsesión por exigir perdón, según a quién, no busca en realidad ninguna reconciliación ni justicia histórica, sino construir un relato donde queden humillados y menospreciados (sólo) los que interesan. Hay que ser muy ingenuo (o malvado) para no percatarse de la trampa ideológica que entraña, propia de un vulgar truco de trileros.

El enemigo a batir en este espectáculo circense (romano) es, una vez, más la Hispanidad y, aunque no se quieran enterar algunos, su herencia católica. Nada nuevo bajo el sol. Esta lucha cultural viene siendo la misma desde hace cinco siglos, sólo que ahora cambian sus protagonistas, aparentemente pues, como ha demostrado Marcelo Gullo, la mayoría de las ONG indigenistas tienen su sede en Inglaterra.

Puestos a entrar en este círculo vicioso del perdón, hagamos una taxonomía de todos los que lo merecen. Encontraríamos que los aztecas no pueden ser en rigor considerados pueblo originario pues fueron a su vez un imperio foráneo, más cruel que el español, que viniendo del norte se impuso por la fuerza a otras tribus que ya poblaban el territorio.

Las elites criollas tampoco se librarían de la posición genuflexa y de entonar el mea culpa pues, tras la llamada independencia, atacaron a los indígenas, provocaron matanzas y les robaron sus tierras, llevando a la pobreza y a la división lo que había sido un territorio enormemente próspero durante tres siglos.

Pero todo vale con tal de desviar la atención y no hacer autocrítica. En este juego perverso de tronos, todas las dianas se reducen a una: España. Incluso la Iglesia ha logrado situarse en una posición cómoda con declaraciones ambiguas. Es lógico. Los que nos atacan se aprovechan de nuestra inveterada tendencia a no defendernos de las críticas, sino antes bien a interiorizarlas y alardear de ellas. Los hispanobobos son legión.

Tal vez haya llegado el momento de cambiar de registro y exigir justicia para una España a la que muchos le deben mucho. Cuando menos, disculpas.

No entraremos a recordar que también aquí existieron culturas, religiones y lenguas que fueron arrasadas por la Roma invasora y que merecen un respeto, incluido Tartesios, aunque ya no existiera (como tampoco el Imperio maya) cuando llegaron los españoles.

O que hemos sido invadidos seis veces, una de ellas a lo largo de casi ocho siglos (cinco más que nuestra presencia en América). O que a los romanos les costó 200 años conquistarnos con episodios de enorme crueldad (véase Numancia), cinco veces más que a los españoles conquistar América. No hace falta. No necesitamos que los italianos (o los árabes) nos pidan perdón para llevarnos bien con ellos, salvo cuando jugamos al fútbol.

En este contexto, existe sin embargo un aspecto del que se habla menos: lo que le debe la Iglesia de Roma a España. Por de pronto, su propia supervivencia.

No pusimos pegas cuando nos dijeron que el objeto principal del descubrimiento de América era la evangelización y no su mera explotación para el interés de la metrópoli, como han hecho otros. Pero no sólo por América.

Si no hubiera existido un Isidoro de Sevilla y Recaredo no se convierte al catolicismo, si Carlos I no decide defender al papado en lugar de hacerse protestante o crear una Iglesia independiente (que hubiera sido lo más fácil), o sin la aportación de los misioneros jesuitas en Asia (y otras órdenes españolas, como los dominicos y los carmelitas ayer, y el OPUS o el movimiento neocatecumenal hoy), la Iglesia sería poco más que una religión regional italiana.

Si España no hubiera logrado reconquistar su territorio del dominio árabe, parar su nuevo intento de invasión en las Navas de Tolosa y luego frenar las ansias expansivas del Imperio otomano en Lepanto, hoy Europa probablemente sería musulmana y el Vaticano una gran mezquita.

Sin la aportación de los teólogos españoles y la Escuela de Salamanca al Concilio de Trento o a la creación de la doctrina social de la Iglesia, esta no se hubiera recuperado, o lo hubiera hecho con notable mayor desgaste, del ataque protestante-anglicano. Un simple “gracias” bastaría.

Alguien, llegados a este punto, podría clamar que Francia (la otra potencia católica) también hizo su parte en sostener al catolicismo. Pero esto sería olvidar la doctrina del galicanismo (aceptada por el propio clero francés y vigente desde 1682 con la Declaratio Cleri Gallicani) que básicamente venía a decir: “Primero Francia y luego, si eso, Roma”.

España ha sido, históricamente, la única potencia que ha defendido los intereses de Roma a costa de los propios, tanto políticos como religiosos, llegando a renunciar incluso al rito mozárabe. Aquí nunca planteamos un hispacanismo.

Pues bien, ¿cómo nos ha pagado Roma tamaño esfuerzo y sacrificio? Por de pronto, apoyando más a Francia aunque esta no dudara, incluso en tiempos del cardenal Richelieu, en aliarse con turcos y protestantes en su lucha contra la católica España.

Roma se opuso por dos veces al intento de nuestros reyes Alfonso X y Carlos I de convertirse en emperadores del Sacro Imperio germano. Nunca propuso que el Imperio español se considera igualmente sacro romano. Tampoco condenó a Portugal cuando este país violó los términos del Tratado de Tordesillas. Felipe II dedicaba al menos la mitad de su trabajo, y tenía que gestionar un imperio nada desdeñable, a resolver cuitas con Roma y sus enviados, debiendo empeñarse personalmente en apoyar a personajes como Santa Teresa y a su orden de carmelitas descalzas.

De los 264 papas, sólo tres (si no contamos al papa Luna) han sido españoles: Dámaso I (366-384), Calixto III o Alfonso de Borja (1455-1488) y Alejandro VI o Rodrigo de Borja (1492-1503).

Desde hace más de cinco siglos, ningún papa ha sido español. Y mientras Francia es el país con más apariciones marianas reconocidas (cinco), seguida de Italia y Bélgica (hasta Japón cuenta con la suya), España, el país mariano por excelencia, sólo puede presumir de la Virgen del Pilar ante Santiago, hace casi 2.000 años. Y no porque carezca de otras candidatas (Garabandal o Ezquioga).

Por último, la postura tibia de Roma frente al separatismo vasco y catalán (a diferencia de su posición firme frente a los intentos separatistas del norte de Italia) tampoco parece entrañar ningún síntoma de arrepentimiento.

¿No es tiempo de demandar perdón por tanto desdén institucional? No hablamos de fe, sino de geopolítica y de justicia moral e histórica. Ciertamente algunos papas (Juan Pablo II y Benedicto XVI) han tenido palabras amables con nuestro legado cuando nos han visitado, pero otros tratan sibilinamente de separarse de nuestro/su pasado como si contagiásemos.

¿Por qué no exigir de una vez una reparación pública y oficial al único país que siempre ha llevado la cruz a cuestas en todas sus aventuras? Si no se hiciera, parecería que Roma paga mejor a sus traidores y enemigos (llegando al papanatismo) que a sus servidores más fieles y desinteresados.

Porque aquí las víctimas son los españoles a los que no les queda piel para seguir poniendo la otra mejilla. ¡Hispanobobos del mundo, convertíos!

Alberto Gil Ibáñez es escritor y ensayista. Su último libro es La guerra cultural. Enemigos internos de España y Occidente.

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