La Iglesia vasca en el proceso

Por Jesús Sánchez Maus, presbítero de la diócesis de Bilbao (EL CORREO DIGITAL, 20/11/06):

Con el comienzo del curso se vuelven a recuperar las buenas intenciones y proyectos. Hace unos días, este periódico traía a primera página la noticia de que la Iglesia del País Vasco estaba de nuevo tras el empeño de continuar su aportación a la pacificación y reconciliación.

Seguimos en ese tiempo de gracia otorgado por ETA denominado ‘alto el fuego permanente’, pero sin perder de vista lo mucho que queda para recuperar una convivencia normalizada. A día de hoy, parece que es ETA la que suministra los mojones que indican por dónde vamos, hacia dónde y lo que queda para llegar. Seguimos también en el tiempo oscuro donde sólo la fe nos guía y sostiene en la esperanza de un final digno. Pues no tenemos evidencias ni por aproximación de lo que nuestros gobernantes están haciendo. Frecuentes y desconcertantes puestas en escenas con mensajes contradictorios. (Si alguien sabe algo con fundamento que lo diga, por favor). En medio de ello, aun cuando la evidencia de un rumbo clarificador de eso que se traen entre manos el Gobierno y la banda terrorista está más que lejos, el empeño de la jerarquía vasca, al menos en su intención, pretende sintonizar con las expectativas de la realidad. Pero no estoy tan seguro de que se deban seguir los pasos y contenidos que se proponen.

La información aludida más arriba parece tomar como punto de partida la conferencia impartida por el obispo de San Sebastián en Barcelona a primeros de octubre. Su desarrollo no se aleja de lo que ha venido diciendo y haciendo la Iglesia vasca en los últimos años. El cuerpo central de los discursos oficiales de nuestra Iglesia sigue alrededor de la reconciliación y es reiterado en la exposición del obispo de San Sebastián. Afirma que ese cometido es el más específico de la Iglesia, aunque añade que tampoco puede separarse del de la pacificación y la normalización, a los que la Iglesia hace aportaciones. Me deja la impresión de que a los creyentes se nos está pidiendo, en el mejor de los casos, ejercer el ministerio de la enfermería, como un cuerpo en la retaguardia esperando, con el instrumental necesario, a ‘servir a la reconciliación’. Desde luego, no es mal papel, y más que digno por cierto, el de sanar, curar, acompañar a los heridos, consolar a los familiares de las víctimas, invitar a perdonar. Aunque la pregunta es si es eso lo que ahora toca, porque a mí me suena a programa escatológico.

Sucede que al ocupar la reconciliación la centralidad del discurso nos situamos como en el día después. Cuando lo acuciante es qué pasa en el tiempo previo a ese día. Qué respuesta o propuesta ofrece la Iglesia a los ciudadanos resistentes al miedo y a la presión política. Qué dice la Iglesia a las personas que cargan con el sobrepeso del dolor y de un sentimiento añadido de culpa por ser víctimas. Es importante que la Iglesia sea compañera de los que llegan, ¿y de los que se tienen que ir a un exilio objetivo o subjetivo? Con estos interrogantes, no parece que el problema sea, como dice alguno, haber llegado tarde, sino pretender llegar demasiado pronto, eludiendo cuestiones espinosas y responsabilidades necesarias para una sociedad marcada por la violencia y el deterioro de la convivencia.

En el Consejo Pastoral Diocesano de Bilbao, en marzo de este año, a diez días del comunicado de ETA anunciando el ‘alto el fuego’, se propuso desde la Ejecutiva recoger opiniones ante la posibilidad de una tregua de la organización terrorista. En aquel foro se vertieron, como es lógico, diversas opiniones desde la pluralidad de sus representantes. Entre ellas, algunas pedían que la Iglesia ejerciera la deslegitimación de la violencia. Algo que no había hecho hasta ahora con suficiente energía. Pero, una vez más, sobre esto apenas se habla.

Se habla de «dignificar los funerales de las víctimas», ahora que no hay muertos, y de la posibilidad de establecer algún día de recuerdo a ellas (lo que algunos venían pidiendo hace ya tiempo). Y, en cualquier caso, la generalización siempre presente: todos son víctimas, todos tenemos culpa, todos tienen derecho, todos tenemos algo de razón… En el fondo, nadie es más culpable que nadie y nadie es más víctima que nadie.

En mi opinión, para ser consecuentes con la realidad, con el dolor y con el Evangelio hay que aplicar otro íter.

Sigue siendo prioritaria la deslegitimación de la violencia. Esto es lo primero. Tarea en la que la Iglesia vasca no ha querido o no ha sabido empeñarse suficientemente, quizás por sus dependencias ideológicas. Algo que a menudo se le ha achacado y que ha constituido un serio motivo de descrédito ante otras iglesias y jerarcas, y singularmente frente a las víctimas. En tiempos de euforia soberanista, lo denunciaba Joseba Arregi hablando de la ‘Construcción de la democracia y la creencia en Dios’, en las charlas organizadas por el Instituto Diocesano de Teología y Pastoral de Bilbao en febrero de 2003, al afirmar que «se llega a legitimar desde la práctica ética de inspiración cristiana (Secretariado Social del Obispado de San Sebastián) la propuesta del lehendakari Ibarretxe frente a todas las demás alternativas». Deslegitimar la violencia y desacralizarla supone no aceptar como causa justificante la explicación que sirve de motivo al ejercicio del terror. Supone denunciar la carga mítica que se ha ido sumando al contencioso con el paso de los años. Supone desacralizar explícitamente proyectos jurídico-políticos e identidades particulares y denunciar el abismo entre fines y medios. Y supone, desde luego, no situarse de entrada en el momento de pedir ni exigir perdón.

Lo segundo. Es acoger con respeto y humildad a las víctimas, explicitando incluso con disculpas privadas y públicas por la indiferencia, el vacío y el abandono que han padecido. Desazona escuchar tanto a la Iglesia autopostularse como mediadora en el conflicto y confrontarlo con la callada o silente actitud respecto a las víctimas. Con proceso de paz o sin él, las vícitmas siguen arrastrando en sus vidas el sufrimiento generado por ETA y sus seguidores. Sería el tiempo de acompañarlas a hacer memoria, de acompañar también a la sociedad en la asunción de la verdad y de acompañar a los colectivos en sus peticiones de justicia y derecho. Tendrían entonces cabida actos públicos de memoria y compromiso social con quienes más cruda y cruelmente han sufrido.

Y lo tercero. Recorrido lo anterior, y en el caso de la desaparición definitiva del terrorismo por motivos políticos, la Iglesia encontraría un campo abonado para presentar con autoridad y credibilidad un proceso de reconciliación personal y colectiva, incluso de proyectos en el marco de una sociedad plural. Con fuerza para catalizar el encuentro entre ciudadanos y para proponer un perdón capaz de regenerar relaciones heridas y ofrecer la perspectiva de un futuro mejor, donde el recuerdo no sería ya «ni un fantasma obsesivo, ni un arma arrojadiza vengativa».