La ignorancia nunca funciona

Empecemos por una afirmación en apariencia inobjetable: en este país, todo ilustrado que se precie se siente obligado a reivindicar la centralidad de la educación. La posición, hay que decirlo, resulta por completo comprensible: al colocar en el centro del debate la cuestión educativa no solo se está dando cuenta de gran parte de las desventuras que ha padecido secularmente nuestro país (expertos hay que han afirmado, con datos en la mano, que el mapa actual del desarrollo educativo en España, con sus déficits y sombras, mantiene con muy ligeras diferencias el dibujo de la época de la ley Moyano), sino que se proporcionan elementos para pensar de manera adecuada nuestro presente y, suele rematarse el planteamiento, afrontar en condiciones los retos del futuro.

Estas afirmaciones a algunos, sin duda, les parecerán meramente retóricas, una concesión biempensante a una benefactora tradición siempre fallida entre nosotros. Pero apelar a uno de los pilares del pensamiento ilustrado, como es la necesidad de instrucción pública, no tiene nada de ingenuo. Entre otras razones porque es un hecho que el contenido de eso que llamamos educación se va reconfigurando a lo largo de la historia. En todo caso, para comprender la fuerza con la que irrumpió esta reivindicación en su momento, no habría que perder de vista el estado de indefensión, de vulnerabilidad en todos los sentidos (incluido el del espíritu), en que vivían los españoles en los tiempos en los que el analfabetismo les impedía el acceso a los conocimientos más básicos y les condenaba, por tanto, a permanecer de por vida en la miseria.

¿Que en la actualidad el referente «educación» ya no es tan inequívoco como antes y que debemos someterlo a una profunda redefinición para evitar que pueda servir como vehículo no ya a las concepciones del mundo más retardatarias (como temía Kant), pero tal vez sí a perpetuar un orden existente necesitado de radicales mejoras? Por descontado. Pero, además de por el peligro de contribuir a perpetuar un orden social injusto, la educación tiene que ser reconsiderada por otros motivos. No en vano hoy podemos hablar, con todo el sentido del mundo, de analfabetos funcionales, de analfabetos digitales, u otras expresiones similares, para referirnos a aquellos que, a pesar de haber cursado determinados estudios, carecen de conocimientos o destrezas en ámbitos que han pasado a resultar indispensables en el mundo actual. Pero, en todo caso, respecto a las múltiples insuficiencias o defectos de determinadas maneras de entender la educación siempre se les podrá aplicar aquella frase que Derek Curtis Bok, expresidente de la Universidad de Harvard, pronunció en cierta ocasión cuando le objetaban críticamente lo cara que resultaba la educación de la ciudadanía: «Si cree usted que la educación es cara, pruebe con la ignorancia».

Reformulando lo anterior y aplicándolo a nuestra concreta realidad, acaso podría decirse que las luminosas y esperanzadas propuestas de nuestros viejos ilustrados, lejos de caducar por el hecho de que los ciudadanos de este país disfruten de acceso universal a los niveles básicos de la educación, han cambiado de signo. No solo el analfabetismo se dice en nuestros días de otra manera, sino que también lo hacen el resto de categorías con las que planteamos este mismo asunto. Por ejemplo, el conocimiento, el saber o, del otro lado, la ignorancia, la superstición o, en general, la manipulación de las conciencias.

Tal vez sea por eso que a algunos –que parecen haber pensado muy poquito en esto– les da la sensación de que en nuestros días los debates clásicos de nuestros viejos ilustrados están por completo superados. Claro que lo están en un cierto sentido, pero plenamente de actualidad en otro. Pensemos, sin ir más lejos, en la imagen del conocimiento que hoy parece haber adquirido carta de naturaleza en nuestra sociedad. ¿En cuántas películas norteamericanas no hemos visto al protagonista, urgido por saber algo, llevando a cabo una inmersión acelerada en esa cuestión a base de ir a una biblioteca pública y solicitarle a la bibliotecaria todos los libros disponibles sobre la misma, dando a entender que, cuando de veras se necesita el conocimiento de alguna cosa, basta con proceder así (sin la menor necesidad de ningún tipo de formación previa)? Por no hacer sangre mencionando el caso de aquella producción cinematográfica, asimismo hollywoodiense, en la que el personaje de todo un profesor experto en simbología religiosa, encarnado por el actor Tom Hanks, obtenía la información acerca de las características históricas de determinados templos romanos que necesitaba para su pesquisa ¡pegando la oreja a las explicaciones que una guía ofrecía al grupo de turistas a los que acompañaba por la ciudad!

Ahora bien, conviene estar alerta en este punto, no fuera a ser que, sin pretenderlo, incurriéramos en el error de proyectar sobre el ignorante alguna variante de mala conciencia por el hecho de serlo. Está lejos de ser así. Lo habitual, por el contrario, es que los ignorantes vivan su situación de ignorancia con perfecta autosatisfacción. De hecho, al estudiar la cuestión desde el punto de vista científico, algunos especialistas han mantenido que «cuanto menos capacitada está una persona, más tiende a sobreestimar sus conocimientos y habilidades» (La tesis aparece en el estudio publicado en 1999 por el psicólogo social David Dunning y uno de sus alumnos, Justin Kruger, en el «Journal of personality and Social Psychology». Dicho estudio, realizado a partir de centenares de entrevistas, ha pasado a ser considerado clásico y al fenómeno descrito se lo conoce como «efecto Dunning-Kruger»). La conclusión que de aquí se desprende es tan sencilla como rotunda: el conocimiento solo lo valora el que lo tiene. A poco que se piense, nos encontramos ante un motivo para estar severamente preocupados. Tal vez eso de salir de la minoría de edad mental resulta más difícil de lo que creía Kant. O tal vez sea que la consigna horaciana sapere aude (el célebre «atrévete a saber», tan del gusto kantiano) tenía retranca y para saber de veras hay que atreverse mucho más de lo que el común de la gente cree.

Manuel Cruz es catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona y portavoz del PSOE en la Comisión de Educación del Congreso de los Diputados.

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