La igualdad de sexos y los chimpancés

“¿Cómo?”. La niña más entrañablemente feminista de la clase parecía llena de indignación, chisporroteando con un tono incrédulo y resentido. “Nos toma el pelo, profe, ¿verdad? Todos sabemos a ciencia cierta que las diferencias de género no son sino construcciones culturales”.

Estábamos en la Universidad de Notre Dame, en una clase sobre la historia de las relaciones entre humanos y otros simios. El concepto del curso, aunque bastante original, es sencillo y comprensible: para comprendernos a nosotros mismos hay que colocar nuestra historia en el contexto de otras especies culturales y, sobre todo, de las que más se parecen a nosotros: las culturas de homínidos extintos y de nuestros parientes primates sobrevivientes. Estudiamos una serie de textos sobre los grandes primates en occidente desde la Edad Media hasta la bioética radical de Peter Singer, que valora más a los chimpancés y orangutanes que a los humanos moribundos o embriones. El curso atrae a estudiantes especializados en una gama amplia de disciplinas, tanto científicas como de artes y letras, y suele sorprenderles. Vemos las luchas intelectuales medievales para ubicar dentro del panorama bíblico y clásico del mundo a los similitudines hominis -esas criaturas con rasgos humanos pero con defectos aparentemente monstruosos que aparecen en textos antiguos o dibujadas en bestiarios. Luego vamos con los exploradores del Renacimiento a lo que Michelet calificó en 1853 de viajes de “descubrimiento de la tierra y del ser humano”, debatiendo cuáles de los nuevos seres descubiertos debían clasificarse dentro de la humanidad. Con grandes pensadores de la Ilustración contemplamos los problemas sobre la naturaleza humana que supone la existencia de especies inquietantes por ser tan semejantes a nosotros. Repasamos los escritos de Darwin y los hallazgos de la primatología moderna que devela cada vez más pruebas del parentesco que nos vincula a los demás simios. Nos enfrentamos con la doctrina de la Iglesia de que entre Dios y el ser humano existe una relación única y especial, y con el reto moral del movimiento a favor de conceder derechos a los seres no humanos.

la-igualdad-de-sexos-y-los-chimpancesCuando estalló la indignación de Gulielma, la niña feminista, el semestre estaba tocando a su fin, y estábamos ante el libro de Pierre Boulle La Planète des singes y la serie de películas de Hollywood más o menos ridículas que, por desgracia del autor, inspiró ese libro serio y profundo de ciencia ficción.

“Me llama la atención”, dijo Maury, un chico cuyo conocimiento del cine es enciclopédico, “ese momento de la película cuando los simios dueños del planeta están excavando un sitio arqueológico y descubren un muñeco en forma de un bebé humano. Lo califican como una muestra de una cultura humana de un pasado remoto, antes de la degeneración de los humanos en una raza salvaje y moralmente inferior. Es que… mi hermana tiene un muñeco de un chimpancé… ¿no hubiera sido más lógico que los simios arqueólogos pensaran que los niños chimpancés antecesores suyos jugaran con muñecos humanos?”

Le di la razón. “Efectivamente”, expliqué, “existen en la actualidad tribus de chimpancés donde las hembras juegan, ya de niñas, con muñecos. Utilizan rocas como si éstas fueran bebés. Las miman, las abrazan, pretenden darles de comer. Las colocan en sus espaldas igual que las madres a sus hijos. Así, cuando ya crecen y tienen hijos, no dejan de hacer nada de eso y trasladan las técnicas aprendidas a sus crías. Es evidente que su comportamiento resulta, en este aspecto, igual al de las jóvenes humanas”.

Fue entonces que Gulielma se indignó. Ofender las ortodoxias de la igualdad de sexos y la construcción cultural del género le pareció imperdonable. “Yo sí jugaba a muñecos de chiquitina, debo confesarlo”, explicó. “Pero sólo porque seguía, como víctima, los prejuicios y patrones de conducta de mis padres. Cuando lo recuerdo, me avergüenzo, y si algún día tengo hijas estoy convencida de que no querrán jugar así, sino de una forma exenta de estereotipos de género”. La misma Gulielma, cabe añadir, está cursando una ingeniería.

En lugar de discutir, puse a la clase un vídeo de la BBC: una entrevista con mi amigo Richard Wrangham, de la Universidad de Harvard, gran especialista en paleoantropología. Con gran paciencia, el erudito expone a una entrevistadora, joven y aparentemente con pocos conocimientos, el significado de las rocas que él había traído de un trabajo de campo, que dirige junto a su colega, Sonya Kahlenberg, en Uganda. Incluso algunos de los jóvenes chimpancés varones juegan con rocas, pero las tratan con cierta agresividad traviesa que contrasta con el cariño y cuidado que muestran las hembras.

“Así que ¿quiere decir eso…”, pregunta la ingenua entrevistadora, “…que las diferencias de género no se construyen culturalmente sino que son producto de la biología?”.

El profesor Wrangham se detiene un instante. Luego, contesta: “Pues sí”. Pero modifica los términos claves de la pregunta. “El comportamiento sexualmente diferenciado”, continúa, “se produce en parte por las influencia del contexto cultural y en parte por la herencia biológica”.

Intento matizar el mensaje para que Gulielma lo entienda correctamente. Es un error bastante común de los etólogos que estudian la conducta de animales no humanos el pensar que todo lo que hacen es parte de la ley ineludible de la evolución. Konrad Lorenz -el nazi que contribuyó fundamentalmente a la teoría de que la violencia es una tendencia biológicamente grabada en la naturaleza humana- estaba especializado en el estudio de los gansos y creía que si alguna de nuestras conductas coincidía con la de estos animales, sería por que teníamos algún componente genético compartido. Edward Wilson, el gran portavoz de la sociobiología que apostaba por la eliminación de las Humanidades y su incorporación en el ámbito universitario de la Biología, está especializado en hormigas y mantiene que nuestro comportamiento social es igual de innato y de reducible a un padrón científico y predecible.

Pero tales conclusiones son demasiado atrevidas. En el caso de los chimpancés y otros primates no humanos, hay que reconocer que son bichos culturales, con formas de comportarse que difieren según los lugares. Cada tribu tiene tradiciones propias que se aprenden a través de generaciones por una combinación de ejemplos, instrucción y aprendizaje. En algunos casos, su comida preferida es la hormiga, en otras, el fruto seco. Esto no quiere decir que algunos nazcan genéticamente predispuestos a equis gustos, sino que sus preferencias son producto de su cultura. Es el caso del barcelonés que pide una butifarra y del burgalés que saborea su morcillita. Cuando vemos a chimpancés hembras acurrucándose a sus rocas/muñecas no hay que presumir que se trata sencillamente de una respuesta a un instinto sino que, en parte, es una conducta aprendida que refleja los valores de la cultura de su propia tribu. Por tanto, la existencia de tal conducta en un contexto no es en absoluto una prueba de que Gulielma, por ejemplo, esté condenada a dedicarse a ser madre en lugar de mantener sus ambiciones de construir puentes y carreteras.

“Ambos destinos te quedan abiertos”, le aseguro. “La biología sí favorece que te dediques a ser madre, pero no es definitivo que así sea ni te define el determinismo biológico. Afortunadamente, nosotros, tanto como los chimpancés, tenemos cultura, y la cultura se cambia a menudo. La que te rodea te permite realizar ambiciones propias. Las diferencias de género sí que son construcciones culturales pero a veces coinciden con los roles que nos facilita la parte biológica de nuestra naturaleza. Y si algún día, cuando acabes tus estudios, o cuando te aburras de la ingeniería, o descubras otra vocación, si tus hijos monopolizan tu vida no tendrás que enfadarte ni sentirte víctima de prejuicios sociales. Y si tienes niñas que quieren jugar a las muñecas a pesar de tus propios prejuicios, piensa en la anécdota de Uganda y permite a tus hijas que ejerzan la libertad que se merecen. Sin aceptar las limitaciones genéricas, cabe celebrar las preciosas diferencias que existen entre los diferentes sexos, y mantener lo que Richard Wrangham calificó acertadamente de ‘comportamiento sexualmente diferenciado'”

Felipe Fernández-Armesto es historiador y titular de la cátedra William P. Reynolds de Artes y Letras de la Universidad de Notre Dame (Indiana, EEUU).

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