La II Republica y la Transición

Hay en la literatura política frases memorables, lo que no quiere decir ciertas. Una de ellas, la de Marx «la historia se repite, primero como tragedia, luego como comedia», me ha llevado a un paralelismo que, lo confieso, me asustó de entrada: el de la II República y la Transición. Pero cuantas más vueltas le daba, más semejanzas surgían. Resultado, el que sigue.

El arranque es una gran diferencia: la II República nace con la salida de un Rey. La Transición, con la coronación de otro, su nieto. Pero tanto o más que eso vale que se acababa un régimen autoritario o totalitario (elijan ustedes el adjetivo) y comenzaba otro democrático. Y ya, lo innegable es la euforia con que se les recibió y lo poco que duró la alegría, como suele ocurrir en la casa de los pobres. Ortega saludó la llegada de la República con un artículo risueño, pero poco después escribía otro, «No es esto», que correspondía al «desencanto» que siguió a la euforia primeriza de la Transición.

La II Republica y la TransiciónTambién en el plano político se aprecian semejanzas. El acuerdo que había habido entre los partidarios de traer la República –Pacto de San Sebastián– puede compararse al consenso de los partidarios de acabar con el franquismo, pese a sus diferencias ideológicas. Como la tendencia a formar partidos de centro para dar los primeros pasos, con notables figuras, flanqueadas por una extrema derecha y una extrema izquierda mucho más fuertes en la República que en la Transición, aunque las dos sufrieron un intento de golpe desde la derecha, el de Sanjurjo y el de Tejero, abortados ambos. Azaña y Suárez son personajes humanamente muy distintos, pero políticamente paralelos, aunque solo sea por los odios que generaron. La mayor diferencia está en el PSOE, reacio a colaborar con aquella «república burguesa», mientras que apoyó la Transición, alargando la vida de esta. Lo que no se alargó fue la vida del partido gozne, la UCD, un conglomerado de diversas tendencias, que una vez alcanzado el principal objetivo –hacer un cambio sin sangre– se desintegró en sus elementos naturales, con cada mochuelo a su olivo, sin que todos los esfuerzos de Suárez para mantenerlos unidos sirvieran de algo. Surgiendo dos partidos fuertes, uno de centro-derecha, otro de centroizquierda, que se turnaron en el poder como en las democracias consolidadas. Algo que la II República no logró, de ahí su corta e inestable vida.

Vuelve el paralelismo con las grandes crisis económicas, la de 1929 y la de 2008, que ensombrecen ambos procesos, radicalizan posturas y dificultan el gobierno. Lo que conduce a dos alzamientos contra el régimen vigente. El de 1934 contra la República, en Asturias y Cataluña, con armas. Y el de 2014, en Cataluña, con desobediencia abierta al Tribunal Constitucional y un simulacro de consulta, cuyos últimos efectos están todavía por dilucidar. En cualquier caso, la polarización crece, el país se divide y los puentes que se tendieron para la traída de un nuevo régimen parecen volados. El PSOE, que en 1934 se unió decididamente a la sublevación, adopta en 2015 un papel intermedio entre ambos bandos, sin decantarse por uno u otro. Como estrategia puede colar. Pero en la práctica ese terreno, el centro, es hoy mínimo en España, y el discurso socialista se pierde en vaguedades que no llevan a ninguna parte y ni siquiera satisface a bastantes de sus militantes, que se sienten atraídos por la extrema izquierda de Podemos, como en 1935 les ocurría con el Frente Popular.

Que este Frente no se haya formado todavía, ni es probable que se forme, se debe a dos fenómenos de enorme peso, uno interno y otro externo, que marcan la diferencia entre 1935 y 2014. El interno es que la España de hoy puede que no haya progresado mucho políticamente, pero económicamente es otra. Los avances materiales se dan en todos los terrenos. Se ha creado una clase media y, aunque la crisis la ha golpeado con todo tipo de recortes, la diferencia entre el campo y la ciudad, entre el norte y el sur, entre la meseta y la periferia, ha disminuido considerablemente. Política y psicológicamente, sin embargo, no hemos avanzado tanto, como estamos comprobando. Las diferencias ideológicas se mantienen e incluso acentúan por los casos de corrupción, un problema añadido que afecta a los dos grandes partidos.

Pero el mayor colchón, lo que está impidiendo que España explote y la Transición vuele por los aires como voló la II República, es la situación internacional. España ya no es un país aislado en la periferia de Europa como entonces. Es miembro de la Unión Europea, cuya voladura afectaría a todos, empezando por ella misma, que se ha beneficiado extraordinariamente de esa asociación. Algo que no puede olvidar ningún español, incluidos los más distantes al proyecto europeo. Por eso Zapatero obedeció las órdenes que le daba Bruselas de cambiar su rumbo económico y por eso Rajoy ha recibido la ayuda que pedía cuando puso manos a la reforma. Incluso la fuerza política más radical, la más crítica con Bruselas, Podemos, ha moderado su actitud cuando las encuestas le dan posibilidades de gobernar y ha obtenido representación en la Comunidad Europea. Dicen que para «cambiarla». Difícil decir si son más ingenuos que cínicos o viceversa. Para cambiar el proyecto europeo se necesita más peso que el de un partido español todavía sin representación parlamentaria. De alcanzar el poder –un futurible aún no en el horizonte–, lo más que podrían hacer esos profesores de ciencias políticas sin experiencia en la política real sería hundir España para hundir la Comunidad. Lo de Sansón, vamos. No creo que los españoles, por muy indignados que estemos, se lo consintamos. Y los europeos, menos. Nos echarían a la calle, como van a echar a Grecia si se pone en manos de Tsipras y su Syriza.

Llegados a este punto, hay que volver a la máxima del principio y preguntarse si el trágico final de la II República, con una guerra civil, se repetirá en forma de comedia en la Transición, dada por agotada por casi todos. Algo de comedia ya ha habido en Cataluña, con el simulacro de consulta, y nos queda todavía el sainete de la familia Pujol. Mientras, en Madrid tenemos el revivir de la novela picaresca con el «Pequeño Nicolás», que aparece por cabañas y palacios, platós y ruedas de prensa en busca del próximo a timar. Se autocalifica de «conseguidor», emparentado con el «buscón» de Quevedo, que al parecer ronda aún por estos lares. Pues ¿qué son sino «conseguidores» los Recio, los Guerrero y tantos otros implicados en los ERE, o los Correa, los Bárcenas de Gürtel, o los Blesa y Serra de las Cajas, o el propio Urdangarín y compañía de Nóos y Aizoon, especialistas todos en conseguir para sí mismos? ¿Constituirá su paso por los tribunales el epílogo jocoso de la Transición? ¿O, dado nuestro gusto por la tragedia, querremos algo más fuerte? La moneda está en el aire y puede caer de una cara u otra. Por una vez, esperemos que Marx tenga razón con un fin jocoso.

Y que devuelvan el dinero estafado a todos los españoles.

José María Carrascal, periodista.

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