La ilusión del primer cambio

Algo tiene de añejo cada cambio cuando no es el primero. El del 82 sí fue el original y hasta entonces inédito: el programa socialista incluía una reforma de la Administración y del ejército, la extensión de servicios sociales y la consolidación del principio de universalidad en la Educación, entre otros objetivos. Aquel manifiesto Por el cambio constituía sobre todo una declaración de principios cuasi fundacional, como ya cada vez que los socialistas acceden al Gobierno: el PSOE de González se comprometía a acabar «con la corrupción que ha permitido a la derecha dedicarse permanentemente al reparto de prebendas en vez de gobernar». Aquella euforia de octubre estaba plenamente justificada. El diputado Luis Solana lo dijo a su manera: «Ya era hora de que los horteras llegáramos alguna vez al poder». El cambio generó ilusión y muchos cargos, como ahora.

La Transición había terminado. La socialdemocracia al estilo europeo tomaba los mandos. Durante ese verano del 82 se aprobaron los últimos estatutos de autonomía (el último fue el de Islas Baleares, en febrero de 1983) y, sobre todo, la UCD, el partido de la Transición, se descompuso. Había cumplido su misión. Suárez creó el CDS. Comenzaba un nuevo tiempo, con un PSOE exultante y una derecha en pleno proceso de reconstrucción. El PSOE barrió de nuevo en las municipales y autonómicas de 1983: casi ocho millones de votos y casi el doble que AP. Se impuso en todas las autonomías que celebraron elecciones excepto en Baleares y Cantabria.

Suárez y el PCE, arrojados a la Historia

RAÚL DEL POZO

En el 82, con los votos propios y los prestados, Felipe González llegó a La Moncloa. «Resultaron ser socialistas -escribió Pablo Castellano- hasta Valls Taberner, Vilallonga, Escámez, medio PCE y el 90% de los personajes radicales extraparlamentarios que siempre habían entendido eso del socialismo reformista como una coartada del gran capital». Hasta la Corona se volvió felipista. Como confesó Doña Sofía, cuando Felipe prometió su cargo en La Zarzuela se culminó el programa estratégico que concibieron de príncipes -«cuando no éramos nadie»-: la designación de Juan Carlos como sucesor, la dictadura transformada en democracia y los socialistas gobernando con una monarquía. El franquismo había terminado. La epopeya, para los comunistas; el poder para Felipe, que se alejó del marxismo. Los votantes mandaron a Suárez al Grupo Mixto y al PCE no le perdonaron los 40 años de lucha clandestina y los miles de héroes. Ser comunista ya no era delito pero los dos grandes protagonistas de la Transición, Suárez y Carrillo, fueron arrojados a la Historia. El presidente del Gobierno nunca quiso la unidad de la izquierda; prefirió, como sus sucesores, la bisagra nacionalista. Años antes de que González ganara las elecciones, Mitterrand le invitó a cenar junto a Mario Soares aunque el primero y González no se tragaban. «El francés no toma en serio a este abogado de pelo largo, flequillo insolente y cuello desabrochado -contó Franz-Olivier Giesbert-, que pretende, no sin presunción, encarnar el porvenir». Felipe se impacientaba porque aquella carroza francesa le hacía esperar horas ante su antecámara. Cuando le propuso la unión de la izquierda, dijo Felipe: «Hay un fuerte PC en España. Si se va a la unión de la izquierda, corremos el riesgo de ser absorbidos». Mitterrand: «No tiene otra solución. Usted tiene la suerte de tener un Partido Comunista mucho más abierto que el nuestro. Cambiaría a gusto a Carrillo por Marchais». Y González contraatacó: «Siempre se prefieren los pecés de los otros, pero son parecidos en todas partes. Los nuestros hablan como demócratas y se comportan como estalinistas. Sus posiciones son ridículas, peligrosas o desfasadas». Y luego empezó el socialismo para millonarios, el que metió en cintura a los sindicatos, aunque acabó con el golpismo, consolidó una democracia a la europea en los 80, cuando se alcanzaban los millones con solo barajar pedazos de papel.

Juan Carlos I, en la cumbre

LUIS MARÍA ANSON

En Caracas, verano del 89, cena con el Cap en casa de Gustavo Cisneros. El Cap era Carlos Andrés Pérez, reelegido presidente de la República, político de afilada sagacidad y popularidad indeclinable. Sin ánimo de halagarme, y con grave acento de verdad, me dijo: «Ya podéis estar orgullosos de vuestro Rey Juan Carlos. Si hubiese un contencioso internacional a resolver a través del arbitraje, entre los tres o cuatro Jefes de Estado que se aceptarían como árbitros, ocuparía el primer lugar el Rey de España». Don Juan Carlos heredó del dictador Franco los poderes todos. Y todos los cedió. Conforme a la idea defendida por su padre Juan III desde el exilio, a lo largo de casi cuarenta años, comprendió, bien aconsejado por Torcuato Fernández-Miranda, que el papel de la Monarquía consistía en devolver al pueblo la soberanía nacional secuestrada en 1939 por el Ejército vencedor de la guerra incivil. Siete años después de la muerte de Franco, y tras superar España un golpe de Estado gracias a la intervención impecable del Rey, el Partido Socialista ganó las elecciones. La democracia pluralista plena cristalizó en nuestra nación. Felipe González, con 202 diputados, pudo forzar la ruptura y desbaratar el espíritu de la Transición. Pero fue el hombre de Estado más importante del siglo XX, como Cánovas lo fue del XIX. Defendió el acuerdo constitucional de 1978 entre el centro derecha y el centro izquierda. Tuvo muchos aciertos el presidente y cometió algunos errores. Con él, la España de Juan Carlos I, la España de la Monarquía de todos, alcanzó cotas máximas de libertad y prosperidad. En 1982, Felipe González se instaló en Moncloa; el Rey Juan Carlos, en la cumbre. El buen entendimiento entre ambos generó renovadas ilusiones y esperanzas. España volvió a ocupar en el concierto internacional el lugar que le correspondía. Estaban todavía muy lejos los acosos del secesionismo catalán que han encizañado la convivencia española y del que son responsables varios Gobiernos que no supieron prever, así como la actitud histérica de destacados dirigentes catalanes que pretendieron y pretenden envolver en la bandera del independentismo las mordidas, las comisiones y las corruptelas que los llevaron ante la Justicia.

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