La imaginación sin poder

Hace unos días me refería, en estas mismas páginas, a la necesidad de considerar la crisis económica que padecemos a la luz de lo que ella misma desvela en otros ámbitos. Sin restar un ápice a lo devastador de las condiciones materiales en las que nuestro país trata de recuperar el aliento, debemos tener en cuenta cómo nuestra penuria ha dejado a la intemperie factores estrechamente relacionados con las raíces culturales de esta desdichada travesía. En algunas ocasiones, porque la oquedad moral en la que se ha sumergido nuestra convivencia algo habrá tenido que ver con la forma en que se ha administrado la responsabilidad de cada uno en un área que no es simple contabilidad y crecimiento de beneficios. En otras, porque al desarrollo económico de los años de expansión le ha acompañado un declive de referencias culturales que hasta hace poco inspiraban nuestra identidad de ciudadanos. Lo más aterrador, sin duda, es haber llegado a creer que existía una deseable relación entre el diseño de un modelo económico presuntamente eficaz y la reducción de las cláusulas culturales en las que adquiría significado la existencia de los individuos y se dotaba de sentido a la trama de nuestra sociedad. Para decirlo de otro modo, lo más preocupante ha sido experimentar cómo ese desajuste parecía asegurar una manera mejor de tomarse la vida, una forma de reducir los escrúpulos, de amortiguar la avidez por el saber, de confundir el conocimiento con la destreza técnica o de limar la apetencia por comprender mejor el mundo.

En los últimos veinte años se ha ido convirtiendo en norma lo que era una peligrosa tendencia social. Se ha elevado a legislación lo que es una inercia de conducta, que valora como superfluos o tediosos determinados elementos que han caracterizado nuestro ser de españoles y europeos. Esa tendencia ha ido degradando nuestra capacidad de vincular el bienestar material con el vigor de una ciudadanía creativa que asume una tradición de conocimiento y entiende el aprendizaje como esfuerzo. En definitiva, con esa afirmación de Ortega cuando solicitaba que la enseñanza dejara de ofrecer recetas de comida precocinada, para proporcionar los ingredientes de un festín cultural: «No es inculta la piedra porque no acierte con las soluciones, sino porque no tiene la sensación de los problemas».

La sociedad cuya satisfecha opulencia se rompió contra la peor crisis experimentada desde 1929 era una sociedad maleducada. Y conviene que definamos un concepto que va más allá de lo que habitualmente se considera idéntico a la falta de cortesía, aunque seguramente se acerca mucho a una carencia de buenos modales, de eso que, en los antiguos boletines escolares, incluso se puntuaba. El mundo feliz que embarrancó hace cuatro años en la depresión tenía una manera rara de comportarse, indiferente a los disturbios del principio de autoridad, al abandono de la curiosidad intelectual y al desdén por la complejidad de la cultura.

Nuestro sistema educativo fue amoldándose a esa relajación de las costumbres, al elogio de la locura de un mundo que paradójicamente ofrecía la universalidad de la enseñanza y la reducción de sus exigencias. Es posible que la pericia técnica de nuestros estudiantes y su habilidad instrumental hayan progresado… pero el saber no ha sido nunca una simple destreza. Con complicidades diversas se ha ido cometiendo un ultraje sistemático contra el derecho de nuestros jóvenes a aprender en las condiciones indispensables para ello: el respeto a la autoridad del profesor; la seguridad de la preparación de los docentes; el establecimiento de formas de promoción ajustadas al mérito y no al clientelismo, la selección de los mejores y el reconocimiento de su esfuerzo mediante su recompensa académica y social. Todo aquello que debería haber mejorado las condiciones intelectuales de una generación que se enfrentará a una difícil reconstrucción económica y moral de nuestra sociedad. Porque es posible recuperar unos conocimientos concretos deficientes, compensar con un trabajo extraordinario algunas carencias específicas. Lo que no puede remediarse es un largo periodo en el que se ha abdicado de una actitud, de un modo de comprender lo que es el aprendizaje, de un sistema educativo respetuoso con el derecho de los jóvenes a dotarse en las aulas de una conciencia exigente, de la que nazca la disposición a hacer los esfuerzos requeridos para incorporar nuevos saberes.

No se trata solo de algunos aspectos que han sido ya suficientemente desacreditados, y que se manifiestan en el patente analfabetismo funcional de nuestros jóvenes y ya menos jóvenes, con sus conocimientos segmentados, reducidos aquellos que no sean meramente técnicos a la categoría de mero accesorio cultural. Se trata de constatar hasta qué punto distintas responsabilidades gubernamentales han permitido o han llegado a trabajar para que aquel fuera el paisaje deseable. Todo aquello que se valoraba como conocimiento ha pasado a ser considerado un aburrido trámite en busca de un grado profesional. Y cómo se han tolerado o se han recompensado, con el auxilio de los trabalenguas utilizados en el oscuro y arrogante lenguaje de los presuntos pedagogos, la pérdida de atención a la cultura y la obscena confusión de la felicidad con la diversión y la conciencia del aprendizaje con el arte de esquivar la complejidad, quebrándose una línea moral orientativa, no referida a la simple acumulación de datos enciclopédicos, sino a la formación de personas con la libertad de elegir una vida más plena y significativa.

Quizás una crisis de tan colosales dimensiones como la nuestra sea el momento para que, entre tantos aspectos que modifican nuestro paisaje social, se considere una intervención enérgica, un servicio de urgencia en el ámbito de la educación y la transmisión de cultura. Será este el mejor momento para considerar si ya es hora de reemplazar un pacto desdichado entre quienes optaron por la ley del mínimo esfuerzo y quisieron convertirla en norma para todos los miembros de la comunidad educativa. Será el momento de preguntarnos por qué se ha colado la idea de que es más democrática una formación que no atiende a la diversidad de las capacidades individuales y por qué se ha defendido un modelo de enseñanza en el que requerir un esfuerzo se considera una agresión, y solicitar respeto, un atentado. Será el momento de pedir a la Administración que aclare qué entiende por excelencia del profesorado, por valoración de su trabajo y por dignificación de su esfuerzo, a no ser que prefiera seguir desalentando a los más capaces para satisfacer la rutina de los más acomodados. Medidas que no llegarán sin resistencia, pero cuya ejecución se refiere a un paciente en estado grave, cuyo organismo ya no tolera paños calientes.

Gobernar no es solamente representar. Gobernar es dirigir, asumir responsabilidades históricas, disponer de una ambición con la que se ilusione a un pueblo. Gobernar no es asumir una intendencia rutinaria, sino imaginar un futuro mejor. Ese espacio de la sociedad donde debería haberse preservado una identidad cultural, una forma de ser y de hacer, agoniza. Frente a ello, aceptar la inercia de las cosas no es más que asumir que retrocedemos hasta una zona irrevocable. Y esto no es más, como dijo también Ortega, que «un ensayo de serenidad en medio de la tormenta».

Por Fernando García de Cortázar,, director de la Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad.

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