La imperfección necesaria

1. Sigo creyendo que Vértigoes la más grande obra de arte que creó Alfred Hitchcock: la que encierra mayor verdad artística, la que se arropa en un velo de Maya de extraordinaria belleza, la que accede al estatuto de gran poema trágico. Es también, y sobre todo, una sobrecogedora historia de amor; casi una confesión del realizador a su obra, a Galatea, a la matriz femenina de sus amores.

En Judy/Madeleine se condensa todo el amor transferido y sublimado en las grandes interpretaciones femeninas de sus mejores películas: Encadenados, Recuerda, Atrapa un ladrón, La ventana indiscreta, o las que todavía rodaría: Los pájaros, Marnie la ladrona.

La protagonista se desvanece como un fantasma. Se encarna, es recreada y resucitada de entre los muertos. Pero de nuevo vuelve al infierno como Eurídice. Al final es arrastrada por Scottie, en el trecho último de la escalera, hasta llegar a lo alto de la torre de la Misión, que fue escenario del crimen desencadenante del relato.

«!Oh, cuánto te amé, Madeleine…», exclama Scottie al lograr alzarse hasta la torre, curado ya de la acrofobia, a rastras con una Judy aterrorizada, que le confiesa su complicidad con Gabin Elster. «Fuiste la réplica, la copia; la perfecta aprendiz. Él te adiestraba, te preparaba los escenarios, ensayabais. ¿Qué pasó? ¿Por qué te abandonó? ¡Eras su chica, su amante! ¿Qué te dio a cambio de tu entrega?» (dinero, responde Judy). Y apostilla Scottie, desvelando la trama que el espectador ya conoce: «Y también el broche con esmeralda de Carlota Valdés» (la antepasada de Madeleine).

Scottie, con sus preguntas, indaga por esa historia, sobre la que el espectador también quisiera tener información. ¿Qué sucedió entre Judy Barton y Gabin Elster? ¿Cuáles fueron las vicisitudes de esa relación en la que se fue preparando el crimen que tenía en el vértigo del detective su siniestra coartada? Pero un denso «fuera de campo» cubre con un velo el relato. Nada se sabe de esa trama, de los amores o temores que se produjeron en esa relación, toda ella marcada por la adquisición de una identidad fabulada, por la interpretación de actriz de Judy Barton, por el guión y la puesta en escena de un elíptico Gabin Elster (doble del realizador del filme), por las dotes de gran artista que en esa farsa simulada pueden atribuírsele, por el carácter fraudulento de la sucesión de imágenes que se le da a ver a Scottie, y por la extremada belleza poética de las mismas.

La parte más falsificada, toda la primera parte de la cinta, con la silenciosa persecución en automóvil hasta que se produce el encuentro de los dos, incluso la escena de las sequoyas y de la Misión de San Juan Bautista, constituye uno de los repertorios filmados más sugestivos, más hermosos, más líricos de la historia del cine. ¡Y sin embargo, todo es una farsa! Falsedad, mentira, belleza parecen convalidar en esta inmensa película las tesis estéticas y ontológicas de Nietzsche sobre el arte. La verdad artística no es conmensurable con la verdad documental.

Todo es extraordinario, y está envuelto en una música embrujada, quizá la más hermosa partitura de Bernard Herrman para el cine, con motivos de la cantera romántica del Tristán, con ritmo de habanera que sugiere el ambiente español de las misiones (Dolores y Juan Bautista), con lastimeros acentos del Adagio final de la Sinfonía Patética de Chaikovski, o del Vals tristede Sibelius.

El inicio de esta aventura en el mundo laberíntico de la falsedad es portentoso. Sucede en el restaurante Ernie’s, la cámara se interna de forma suave, perezosa, entre mesas ocupadas, hasta posarse en el hombro desnudo de la mujer que cena con Gabin Elster.

Salen del restaurante, ella vestida con un reluciente traje verde y blanco; su imagen se refleja en los espejos a los que mira Scottie, de lado, apostado en la barra del bar, observando a esa hermosísima mujer. Scottie queda extasiado en silencio. Después la seguirá en coche hasta la floristería, a la que ella accede desde la trastienda. La puerta entreabierta muestra un estallido de flores de color rojo, azul, blanco, y Madeleine recibe de una dependienta un ramillete de flores como el de Carlota Valdés, en el retrato del museo de la Legión de Honor.

Sigue la mística secuencia, con trucajes que acentúan el carácter de ultratumba del escenario, en el cementerio de la Misión Dolores, meditando ante la tumba de Carlota Valdés. En un hermoso plano en contrapicado se ve a Scottie de cuerpo entero, y por encima de los arbustos del camposanto la torre de la iglesia de esa misión (un plano que tendrá importantes imitaciones). La persecución culmina en el museo, donde Madeleine se halla sentada con su ramillete, contemplando el «retrato de Carlota». Después vendrá la escena del intento de suicidio, en un atardecer de crepúsculo con fondos negruzcos y rojos, ella con traje negro, salvada por Jimmy, que se arroja al agua para rescatarla. Y la escena de las sequoyas, ya formando pareja: «Aquí nací, dice con el guante negro, señalando el tocón en círculos concéntricos entre la batalla de Hastings y el presente. «Y aquí ya he muerto. Fue tan solo un instante. Nadie lo advirtió». Y al final el escenario de la Misión de San Juan Bautista, con una torre añadida en el decorado, allí donde la espera Elster con su mujer estrangulada.

2. Hay en Vértigo una necesaria imperfección: esas preguntas que al fin lanza Scottie mientras arrastra a Judy al escenario del crimen, y que el espectador también se hace, todo este «fuera de campo», y que no es desvelado en la cinta, todo ello queda sacrificado en pos de la extraordinaria poesía trágica de la película, la que tiene sus momentos culminantes con Scottie, al anochecer, deambulando cual espigado fantasma por las calles de San Francisco, o regresando a los escenarios en que se encontró con Madeleine, donde cree verla, siendo siempre un espejismo: en el restaurante Ernie’s, en el Museo de la Legión de Honor, o al salir del edificio, convertido en hotel, en que Carlota Valdés vivía.

El muy discutido momento en que la cámara deja los ojos subjetivos del detective y se instala en la percepción visionaria de Judy, que rememora lo sucedido en lo alto de la torre, adonde Scottie no consiguió llegar por causa de su vértigo, constituye una imperfección necesaria que deja en elipsis la historia entre Gabin Elster y Judy Barton.

Pero esa imperfección permite justamente el despliegue de toda la poesía trágica de la película, con sus torres, sus campanarios, sus monjas y tres caídas al abismo. Eurídice esta vez ya no podrá ser rescatada.

Y no sabremos el desenlace del último plano, con Scottie al borde del abismo, contemplando el cuerpo inerte de Judy, con los brazos abiertos en actitud levemente cristológica, brazos caídos, abrazando el puro vacío, al fin libre de vértigo, pero comprendiendo que el fantasma de su gran amor se ha desvanecido para siempre.

Por Eugenio Trías, catedrático de Filosofía de la Universidad Pompeu Fabra.

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