La importancia de la ciencia ciudadana

Hoy sábado 3 de junio se celebra el Día Mundial del Medio Ambiente, establecido por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1972 para incrementar la conciencia medioambiental de los ciudadanos y fomentar la protección del medio ambiente.

La celebración este año se ha visto empañada por la decisión del presidente Trump de sacar a su país de los acuerdos establecidos en la última cumbre del Clima, celebrada en diciembre de 2015 en París. En virtud de ella EE.UU. -segundo gigante en cantidad de emisiones de gases de efecto invernadero solo por detrás de China- se había comprometido a reducirlos entre un 26 y un 28% en 2025 respecto a los niveles de 2005. Su salida del acuerdo marco es una noticia nefasta para el Planeta, aunque parece ser que no será operativa hasta dentro de 4 años.

En este contexto, la infraestructura internacional LifeWatch-ERIC -constituida en marzo de 2017 y presentada hace algunas semanas en Sevilla de la mano de Carmen Vela, secretaria de estado para Investigación, Desarrollo e Innovación- habla del compromiso de la UE en la lucha contra el cambio climático y la preservación del medio ambiente. De hecho, Life Watch es la primera infraestructura de e-ciencia europea con sede en España, basada en la tecnología de investigación de datos mediante observatorios relacionados con la biodiversidad. Con estos recursos podemos convertirnos, desde nuestro país, en un referente mundial para la protección, gestión y uso sostenible de la biodiversidad.

Uno de los mayores retos a los que nos enfrentamos es, precisamente, la pérdida de diversidad. Una cuarta parte de las especies se encuentran en peligro de extinción y la mitad de ellas podría desaparecer a finales de siglo. Revertir esta tendencia constituye el primer objetivo de LifeWatch. Para ello intentaremos, en primer lugar, desentrañar las complejas interacciones que existen entre las especies y el medio ambiente, recurriendo a sistemas de computación de alto rendimiento -los denominados Big Data- y, en segundo lugar, desarrollar modelos que permitan implementar medidas de gestión que ayuden a preservar la vida en la Tierra.

En esta tarea no deberíamos estar solos. Tanto los científicos como los ciudadanos, los responsables políticos y los gestores están llamados a participar activamente en esta lucha. Todos estamos obligados a rescatar la actitud y la relación de nuestros antepasados con la Tierra, con el foco en el uso sostenible de los recursos.

Alcanzar dicha sostenibilidad implica, de manera irrenunciable, un cambio en nuestro estilo de vida y una actitud proactiva en la defensa del Planeta. Por eso LifeWatch incluye, entre sus aspiraciones, la transmisión de estos valores a la sociedad. En esta misión el ciudadano tiene que dejar de ser un mero espectador. Debe implicarse. Tiene que comprometerse. Esta es la filosofía que se encuentra en la base de la llamada ciencia ciudadana (o Citizen Science), en la cual los ciudadanos forman parte de un estudio con rigor científico a través de la recogida de datos, etc. Como en el proyecto Life+Respira: una iniciativa para medir la calidad del aire en la ciudad basada en datos que toman los propios ciclistas. Este proyecto europeo comenzó en Pamplona en 2015 y los primeros resultados se han conocido esta semana.

En total, los voluntarios -más de 200 ciclistas de la comarca de Pamplona- han facilitado 50 millones de datos tras haber realizado 20.000 viajes por la ciudad y recorrido 44.000 km (lo equivalente a dar la vuelta al mundo). El medio centenar de sensores que portaban en sus bicicletas ha recogido datos sobre la calidad del aire en la ciudad cada diez segundos, gracias a lo cual ha sido posible caracterizar las variaciones que experimentan los contaminantes atmosféricos en función de las zonas recorridas, la hora, la época del año, etc.

Aunque los resultados son preliminares aún, con ellos se ha dibujado el primer mapa de la contaminación de la ciudad. También se ha logrado confirmar, como se esperaba, que el tráfico constituye la principal fuente de contaminación en nuestras urbes -la calidad del aire caía estrepitosamente en dos momentos muy concretos, que coincidían con las horas de entrada y salida del trabajo, y las principales vías de comunicación de la ciudad-.

No obstante, en las vías donde existía carril bici los datos tomados por los voluntarios indicaron hasta un 30% menos de contaminantes respecto a los ciclistas que tomaban medidas compartiendo la calzada con los coches. Asimismo, este proyecto europeo respalda otras medidas de reducción del impacto de la contaminación en las ciudades, como el uso de setos para separar la calzada de la acera o del carril bici. En estos casos, las barreras vegetales eran capaces de reducir la contaminación entre un 7 y un 21% respecto a la calzada.

Aunque Life+Respira se ha desarrollado solo en Pamplona, la idea es extender el estudio a otras ciudades españolas, con el añadido de haber podido desarrollar, en su primera experiencia en la capital navarra, un modelo matemático por el cual se conocen las variaciones horarias en la contaminación de la ciudad con un error de apenas el 3%, mientras que los modelos anteriores asumían márgenes de error de hasta el 40%. Todo ello gracias a los datos recopilados por los propios usuarios, que alcanzan de este modo un compromiso especialmente valioso con la mejora de su medio ambiente.

Jesús Miguel Santamaría es catedrático de Química Analítica la Universidad de Navarra y director de LIfeWatch-ERIC y del proyecto Life+Respira.

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