La importancia de llamarse Francisco

El Papa Francisco acaba de hacer un impresionante viaje a Egipto para abrazar a los cristianos y apostar por la cultura del encuentro y el diálogo interreligioso, convencido de que estamos llamados a caminar juntos porque el futuro de todos depende también del encuentro entre religiones y culturas. En el (des)orden del mundo, en que los poderes políticos, económicos y culturales se ven cada vez más remitidos unos a otros y las posibilidades para hacer y destruir han superado lo imaginable (el ataque del 11-S en Estados Unidos marcó el punto de inflexión), está planteada con absoluta urgencia la cuestión del control legal y ético del poder, para que este no se desboque, y la necesidad de un ethos universal, imposible sin la colaboración de las religiones. La rampante globalización de la superficialidad, junto a la erosión de las creencias religiosas tradicionales y la tendencia a homogeneizar las culturas, han fortalecido formas distintas de fundamentalismos, aprovechados por algunos con pasmosa eficacia para el mal. La fe se instrumentaliza para dividir pueblos y comunidades, para provocar polarizaciones y tensiones, y para generar odio y violentar el pluralismo y la libertad. Esto está sucediendo con una virulencia extrema en el mundo islamista, tanto en países musulmanes como en otros que no lo son, sea por «la islamización de los radicales» (tesis de Oliver Roy), sea por «la radicalización del islam» (tesis de Gilles Kepel). No es mi intención entrar aquí en esos análisis, sino mostrar el trasfondo del memorable discurso que pronunció Francisco en la Universidad Al-Azhar de El Cairo.

Lo primero que me viene a la memoria es aquella Jornada Mundial de Oración por la Paz que san Juan Pablo II convocó en Asís el 27 de octubre de 1986, por iniciativa de la Comunidad San Egidio. Por primera vez se reunieron unos cincuenta representantes de las Iglesias cristianas (además de los católicos) y sesenta líderes de otras religiones mundiales, en torno a una simple intuición: la paz no vendrá solamente de negociaciones o compromisos políticos y económicos; la oración y el testimonio de los creyentes, independientemente de su tradición, tienen mucho que hacer por ella.

Treinta años después, el Papa Francisco dijo en la misma ciudad italiana: «Hoy no hemos orado los unos contra los otros, como por desgracia ha sucedido en otras ocasiones de la historia. Sin sincretismos y sin relativismos, hemos rezado los unos con los otros, los unos por los otros». Y citando expresamente a Juan Pablo II y a Benedicto XVI, recordó que «quien utiliza la religión para fomentar la violencia contradice su inspiración más auténtica y profunda», ya que ninguna forma de violencia representa «la verdadera naturaleza de la religión, sino su deformación y contribuye a su destrucción». Y con su estilo directo, en el Mensaje para la 50ª Jornada Mundial de la Paz, declaró: «Ninguna religión es terrorista»; «la violencia es una profanación del nombre de Dios»; «sólo la paz es santa, no la guerra». Todo eso lo ha vuelto a proclamar al mundo en su impagable discurso en la Universidad Al-Azhar, ante el gran imán y principal líder del islam suní y los participantes en una Conferencia Internacional por la Paz.

Desde el comienzo de su pontificado Francisco ha hecho suya la aspiración del Concilio Vaticano II de no rechazar nada de lo que en las demás religiones es verdadero y santo, reconociendo las semillas de verdad existentes en las culturas y religiones y buscando el diálogo y la cooperación con ellas. Y lo hace siguiendo unos ejes que me atrevo a sintetizar en siete, aun a riesgo de simplificar:

1. El diálogo y el encuentro entre religiones no debe hacerse renunciando a la verdad sino profundizando en ella. Abrirse a la fe del otro y lo que de ella podemos recibir, no reclama ambigüedad o relativismo, sino abandono de la estrechez de nuestro modo de entender la verdad, siendo ante ella aprendices del «deber de la identidad, la valentía de la alteridad y la sinceridad de las intenciones», porque el diálogo no es una estrategia para lograr «segundas intenciones», sino el camino hacia la verdad, que si se recorre pacientemente puede transformar la competición en cooperación. No hablamos de renunciar a las propias ideas y tradiciones, sino a la pretensión de que sean únicas y absolutas.

2. La religión puede y debe llevar a la verdad, pero también puede desviar de ella; puede enfermar y convertirse en un fenómeno destructivo de aberración individual o extremismo ideológico. Para impedir que esto suceda, hay que cultivar la capacidad crítica sobre nuestras propias ideas y creencias. Cuando desde ellas saltan las defensas y se cierran las puertas, declarando enemigo al que es diferente cultural o religiosamente, algo grave está pasando.

3. No se trata de renunciar a la misión de anuncio, sino de incorporar en él el proceso de diálogo, puesto que el que anuncia no sólo da, sino que también recibe. En la llamada al diálogo se incluyen quienes sin pertenecer a ninguna tradición religiosa anhelan lo verdadero, lo bueno y lo bello; son aliados en la defensa de la dignidad humana, la construcción de una convivencia pacífica entre los pueblos y el respeto por la creación.

4. El fruto del diálogo entre religiones no es el sincretismo que escoge elementos dispersos y los combina en una amalgama más o menos coherente. Quienquiera tendera la unificación de religiones como resultado del diálogo in ter religioso quedará irremediablemente frustrado.

5. Francisco enfatiza siempre que el diálogo debe contribuir al bienestar de los pobres, los débiles y los sufrientes, buscando eficazmente el servicio de la justicia y la reconciliación.

6. No habrá paz sin una adecuada educación de las generaciones jóvenes en el respeto y el diálogo sinceros, reconociendo los derechos y libertades fundamentales de los otros. Contrarrestar la barbarie de quien instiga al odio e incita a la violencia, solo se puede hacer acompañando y formando con generosidad y paciencia a las nuevas generaciones para que respondan al mal con el bien.

7. Francisco llama a los líderes políticos, mediáticos y, especialmente, a los religiosos a ser mediadores (no intermediarios) del diálogo y el encuentro, desenmascarando las violencias disfrazadas de sacralidad y denunciando las violaciones de los derechos humanos. No duda de lo crucial que es que los líderes islámicos –políticos, religiosos, académicos– hablen claramente y condenen los actos terroristas, porque eso ayudaría a la mayoría de los musulmanes a decir «basta ya», superando temores comprensibles y disipando sombras de ambigüedad.

En fin, la única alternativa a la barbarie del conflicto es la cultura del encuentro y del diálogo, expresión de la apertura y relacionalidad de la naturaleza humana. Nunca será la cultura del choque la que construya la convivencia en los pueblos y entre los pueblos.

Casi ochocientos años después de que el santo de Asís visitara al sultán de El Cairo, el sucesor de Pedro ha seguido los pasos de aquel de quien lleva el nombre, como humilde mensajero de la paz. ¡Qué importante es que se llame Francisco!

Julio L. Martínez, rector de la Universidad Pontificia de Comillas ICAI-ICADE.

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