La increíble María Teresa o la Hulkesa casada

Miembros de la Generación del 27. Entre ellos, María Teresa León (en primer término) y Concha Méndez.
Miembros de la Generación del 27. Entre ellos, María Teresa León (en primer término) y Concha Méndez.

Para hablar de María Teresa León —tan de moda ahora, por aquel gesto posverdadero y transmedial de quitarse el sombrero, y porque se cumplen, de pronto, treinta años de su muerte—, hay que partir de su trayectoria vital, que está entre la perfecta casada, de Fray Luis de León, y el increíble Hulk, de Marvel. O sea, la Hulkesa, que rima con su nombre de Teresa.

Ya de niña, apuntaba maneras, desnuda ante un espejo: “me fui acercando despacio a mi imagen blanca y rubia, hasta tropezar con el cristal frío y aplastarme contra él”. El patriarcado, sin embargo, la acechaba, como un bujarrón heterosexual y depredador de doncellas. Fue en la casa de Barbastro de un tío suyo, mientras ella leía, por primera vez, a Dumas, a Víctor Hugo y a Galdós: “Un día le tocó a la niña sus senos minúsculos. Vamos, vamos, aún tienen que crecer. Luego la apretó contra su ropón oscuro y la besó en los labios”.

Con la llegada rosicler de la adolescencia, se quedó embarazada de un noviazgo, la obligaron a casarse y parió un segundo hijo. Fue, por tanto, una malmaridada, dueña de un hombre celoso, con gusto de farra y la mano muy larga… Para huir de la violencia, tuvo que separarse y dejar atrás a sus hijos. Y así llegó, en Madrid, al Lyceum Club Femenino, con un peinado a lo garçonne de felices años veinte. Pero nada.

Bien lo dijo Concha Méndez: que en el Lyceum ellas eran “maridas de sus maridos”. Y que todas iban nomás a cotillear de los hombres, como burbujas de fairy. Y, claro, Jacinto Benavente, que era todo él una comedia del arte nobeliaria [sic], no quiso ir allí a dar una conferencia, porque ¿cómo quieren que vaya yo a hablarles a tontas y a locas?

Quien sí frecuentaba el Lyceum era Rafael Alberti, con la arrogancia humprheybogartiana de animar la Casa de Venus. Felizmente, en lides de aquel tipo, Alberti conoció a María Teresa, y a ellos, también, les quedó París, como en la película. Pero, en su caso, fue en un encuentro con Picasso, porque parece que al pintor María Teresa le ponía minotauro.

Ahora bien, aparte de esta sarta de anécdotas, la historia, hasta hace poco, se ha olvidado de María Teresa, porque, al fin y al cabo, fue la esposa de Alberti, perdida en su arboleda. Ella misma supo explicarlo en su Memoria de la melancolía, con fino comedimiento.

Ahí está, por ejemplo, el viaje a la URSS, en el que Rafael y María Teresa se entrevistaron con Stalin. En sus respectivas memorias, ambos describen su admiración y pequeñez ante el vasto/basto bigote georgiano. Sin decirlo expresamente, porque el rojo socialista se imponía como la sangre, las palabras de ella lo dejan claro: “Stalin sabía bien quiénes éramos. Le habían dicho que Rafael era un poeta español querido por su pueblo, algo así como un Maiakovski de España. Yo, una mujer”.

En esto radica la perfecta casada: en la actitud de boca que evita las moscas. Quiere decirse que ella amó perdidamente a Rafael, y nunca le hizo en público reproche alguno. En honor a la verdad, también Alberti la quiso y la cuidó durante años, porque fue una relación sólida, intensa y cariñosa. Pero fue, inevitablemente, una pareja de su tiempo.

Aunque fueron comunistas, les tentó el capitalismo con leyendas de pasión, de modo que la Guerra Civil les pilló de vacaciones en Mallorca, anticipando su turistificación, en un molino cuqui y reformado, como una aventura romántica, entre hollywoodiense y de verdugo. Y allí fueron unos guardias civiles, dispuestos a fusilarlos. Por suerte, los tortolitos se salvaron, porque estaban, desnudos de amor, no en la parra, sino subidos a una higuera. Luego, se refugiaron en una cueva de una playa, durante veinte días de fervor, que fueron una película porno con la guerra de fondo.

Tras la ignominia fascista, Rafael, en el exilio, fue como un niño para María Teresa, entre La Gallarda uruguaya al norte de Buenos Aires y el decadente barrio del Trastevere en la Roma años sesenta/setenta. María Teresa aseaba a Alberti, le limpiaba la casa, le hacía la comida y le obligaba a hacer los deberes. Y, cuando “se le ponía mustio”, le organizaba una fiesta con los amigotes, y guisaba para todos, y recogía la mierda de la resaca, mientras él dormía la mona, para que su pluma no desfalleciera.

Así lo reconoció María Teresa, traspasada de lirismo: “Yo soy la cola del cometa”. Dicho de otro modo, marxista y refranero: que detrás de un gran hombre hay siempre una gran mujer. Y, en el caso de María Teresa, ella fue también la esposa, y una magnífica escritora, merecedora de tener una habitación propia.

Y es que, a pesar de la tierra fangosa de su marido/marinero, María Teresa León fue una colosa, llena de feminismo verde y musculado. Para admiración de filofrikis, fue sobrina de María Goyri, la primera mujer que estudió en España en la universidad, en plan proeza del Ministerio del Tiempo, y de Ramón Menéndez Pidal, aquel pergamino medieval e institucionista con quien ella se marchó de viaje, gramófono en mano, para registrar los romances populares de las tierras de España, cual Jimena de Vivar.

Con este magisterio intelectual, María Teresa, el día de su primera comunión, se fue a visitar a Emilia Pardo Bazán, que era su influencer preferida en cuestiones de empoderamiento y sororidad, rollo siglo XIX. Y, encima, los domingos, se iba a jugar al tenis con Américo Castro, para darle un raquetazo al sepulcro casposo y carca de la herencia machirula del Cid.

En plena Guerra Civil, ella fue, por antonomasia, la miliciana del mono azul, “bañada en lágrimas, con una pistolita en la mano”, según el periodista soviético Mijaíl Koltsov. María Teresa era, por eso, como una revista de literatura de guerra y compromiso socialista, desde sus cuentos y novelas al teatro de arte y propaganda.

Fue, además, la salvadora épica del patrimonio nacional. Evacuó El Prado de Madrid, hasta ponerlo intacto en Suiza, y arrancó al Conde Orgaz de las paredes de Toledo, para incautarse del Greco, lejos de las bombas. Así que, cuando, un día, Miguel Hernández la insultó, poniendo en duda su contribución a la causa, María Teresa le arreó una hostia de brazo ciclado, que dejó al poeta tirado por los suelos, como una cabra desbalada.

En los años del exilio, María Teresa siguió escribiendo con tesón, e incluso fue guionista de algunos grandes éxitos del cine argentino, como Los ojos más lindos del mundo (1943). Ella es, pues, quien se merece el verso y el respeto de haber nacido con el cine, y el recuerdo de la historia. Pero no pudo tenerlos.

Afectada de arterioesclerosis, el olvido la fue enterrando y le fue robando la memoria. En Roma, un Rafael septuagenario se echó una amante veinteañera, y la paseaba por el piso conyugal, suponiendo que María Teresa se ahogaba, enferma, en su cabeza, sin enterarse de nada. Cuando volvieron, después, a la España democrática, Alberti, entre ovaciones de político emergente, la dejó arramblada en una residencia, sin apenas ir a verla.

Poco antes de que ella se muriera, Alberti se atrevió una vez a visitarla. El cuerpo de María Teresa era entonces el de una anciana recién nacida, inmóvil en una silla de ruedas, y su mente estaba cubierta de una niebla espesa, como el pelo tupido de una perrita gris de dibujos animados. Conmovido, él fue a darle un beso. Sin embargo, del pasado brumoso, le surgió a María Teresa un último bofetón, como un hernandiano rayo que no cesa, y se lo estrelló a Rafael en la mejilla con el ala aleve de un leve abanico.

Guillermo Laín Corona es profesor de Literatura Española en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED).

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