La inmigración

Por Jordi Puyol, ex presidente de la Generalitat (LA VANGUARDIA, 03/09/04):

El tema de la inmigración y de su incorporación a la sociedad catalana, y el tipo de sociedad catalana que resultará de todo este proceso es un tema de tanta trascendencia y complejidad que requiere una discusión muy profunda y serena. Que habrá que ir desarrollando.

Hace muchos años –casi cincuenta– que llevo haciéndolo, en artículos, conferencias y libros. Y además, por las responsabilidades públicas que he tenido, he intervenido en este tema no sólo en términos teóricos, sino de aplicación práctica. Después de todo esto, algo tengo que ver en cómo ha evolucionado este tema en la sociedad, en el mantenimiento de la convivencia en Catalunya, en el respeto de los derechos de todos los ciudadanos, en la creación de condiciones que no obstaculicen la promoción social y económica de la inmigración, en el concepto de país y en la definición de la condición de catalán, etcétera. En todos estos aspectos Catalunya puede presentar un balance en que lo positivo pesa mucho más que lo negativo, y más todavía si se compara con otras partes de España y de Europa.

Precisamente porque mi pensamiento y mi acción son conocidos es sabido que yo siempre me he opuesto –desde los años sesenta– a la separación de las poblaciones y que he abogado por la mezcla. Mezcla que tengo en mi propia familia. Y que es evidente que se ha producido en gran medida. Afortunadamente, porque la mezcla es la única manera de salvaguardar la unidad del país. Y la convivencia. Y finalmente el progreso individual y colectivo. Probablemente a esta mezcla se le puede aplicar la palabra mestizaje, aunque yo no la suelo aplicar en este sentido. Quizás porque en diversas ocasiones, ahora y hace treinta años, he visto a inmigrantes rechazar con indignación esta denominación.

Como decía, por mi posicionamiento público sobre esta cuestión –intelectual y política– es fácil comprender que el mestizaje que rechazo no es éste, sino aquella actitud que en el marco de este proceso en vez de tender a mantener y reforzar la identidad propia la disminuye y la diluye. Y la subvalora. Es una actitud que se da en determinados ambientes políticos, intelectuales y mediáticos. Es una actitud que cuando pone en contacto elementos culturales de raíz catalana con otros de otro origen lo hace desde una actitud de dimisión respecto a los valores propios. Y preciso que cuando hablo de valores culturales catalanes me refiero a los de toda la sociedad catalana, que en parte son ya fruto, también, de la inmigración de buena parte del siglo XX. La inmigración plantea muchos problemas de toda índole, y el país receptor debe intentar resolverlos en beneficio de todos. Dentro de sus responsabilidades Catalunya lo ha hecho. Y es criterio general que en conjunto lo ha hecho bien. La doctrina de inmigración y de integración, el concepto de que es ser catalán, la exigencia de equilibrio entre derechos y deberes, y también de respeto, la prioridad dada a la convivencia, todo esto ha configurado la actitud y la acción de Catalunya durante muchos años, y especialmente desde la recuperación de la autonomía. Y a mi entender así debe seguir siendo.

Y una de las características de este posicionamiento ha sido que Catalunya –como cualquier país, e incluso más, puesto que es un país pequeño y sometido a fuerte presión– debe mantener el hilo conductor de lo que ha sido su identidad. El ejemplo utilizado por mí desde hace más de treinta años del árbol injertado es el que mejor resume mi posición. Si un frutal tiene un tronco fuerte y recibe un buen injerto el melocotón resultante es bueno. No igual al de antes, pero sigue siendo un melocotón, y de buena calidad. Si el tronco está enfermo o es declinante aunque el injerto sea bueno el resultado es malo. Para el árbol y para el injerto.

Quiero decir con esto que un país que recibe mucha inmigración debe conservar fuerte su propia personalidad cultural. Recibirá influencias foráneas, pero será capaz de incorporarlas sin perder su propia personalidad. Es lo que en Estados Unidos se llama mainstream o corriente principal, que incluye desde la Constitución y los Padres Fundadores a la filosofía del self made man; o es lo que en Francia son los valores republicanos que engloban los principios de la Revolución, pero también la idea y el sentimiento de la Grandeur y el orgullo de la lengua francesa. Y hablo de dos países que se han distinguido por su capacidad integradora. Puede haber gentes y aportes culturales muy diversos, pero este elemento hay que respetarlo. Y tanto franceses como estadounidenses procuran que sea asumido. Plenamente. Con adaptaciones quizás, pero sin rebajas.

Y esto es a lo que en Catalunya algunos sectores políticos, intelectuales y mediáticos conceden poca, y a veces muy poca, importancia. Y es lo que critico.

Dentro del actual y confuso batiburrillo semántico que confunde el pluralismo, la interculturalidad, el multiculturalismo, el mestizaje, etcétera… a la opción –aunque sea por simple dimisión– de diluir la propia cultura en un conglomerado de fragmentos de otras culturas, ¿cómo hay que llamarla?

Para terminar me permito contar una anécdota. Hace dos o tres años en mi calidad de presidente estaba entregando los despachos de una promoción de Mossos d’Esquadra. A mi lado también los repartía la actual consellera de Interior a la sazón alcaldesa de Mollet. A media ceremonia comentamos que un muy elevado porcentaje de los nuevos policías procedían manifiestamente de la inmigración de los años cincuenta, sesenta y setenta. Se notaba por los apellidos, no por el perfecto catalán que hablaban. Y dijimos, ella y yo: “Éste ha sido el éxito de Catalunya”, y añadimos: “Dentro de unos años seguramente habrá más de un Said”. Y también esto será un éxito de Catalunya si se nota por el nombre y algo por el color, pero no por la lengua y si es manifiesta su asunción de nuestras instituciones y de nuestros valores republicanos.