La inocencia perdida de los Balcanes

Por Slavenka Drakulic, escritora croata y autora de No matarían ni una mosca. Traducción de Pilar Vázquez (EL PAÍS, 26/05/08):

Debo reconocer que este nombre -los Balcanes- no me gusta. Podrían preguntarme, y no sin razón, por qué no me gusta. ¿Acaso no son los nombres neutrales y, en cierto sentido, también inocentes, pues todo depende de cómo los utilicemos, de en qué contexto los utilicemos? Además, ¿no funciona más bien este nombre, los Balcanes, como una especie de supermercado en el que cada cual va llenando la cesta a su antojo con los significados expuestos en los estantes? Y, finalmente, ¿hay alguna razón para que me altere así este nombre concreto? Después de todo, un topónimo no es una persona que uno pueda apreciar o dejar de apreciar.

Puedo contestar que tengo una razón, una razón válida, que explica mi animosidad: fui testigo de cómo este nombre propio cobraba nueva vida bajo la forma del sustantivo balcanización y de su derivado, el verbo balcanizar, y sufrí, junto con muchos otros, las consecuencias de esta transformación.

Todos hemos oído hablar de la balcanización de la Unión Soviética, o hemos leído sobre ello. Titulares del tipo “La balcanización de Kenia” o “Washington fomenta la balcanización de Bolivia” son bastante frecuentes en la prensa. Si uno entra en Google, encontrará más de 200.000 resultados para el término balcanización, y la Wikipedia le explicará que se trata de “un término geopolítico utilizado para describir el proceso de fragmentación o de división de una región o de un país en regiones o países más pequeños que suelen estar enfrentados o no tienen relaciones de cooperación”.

En enero de 2007, Gordon Brown hablaba de la “balcanización de Gran Bretaña” para referirse al aumento del apoyo a la independencia de Escocia. El diccionario de inglés Merriam-Webster añade en la entrada balcanizar (balkanize) que es un verbo transitivo, cuyos sinónimos son “desmembrar” y “compartimentar”. Ni que decir tiene, pues, que el término se ha generalizado, y que, a causa de este nuevo sustantivo (y de este nuevo verbo), el nombre propio -Balcanes- ha adquirido también un significado específico: ya no es sólo un nombre, ha dejado de ser inocente.

Volviendo a la metáfora del supermercado, lo que uno ve hoy en las cestas, depende, claro está, de dónde esté comprando. Si uno está, pongamos por caso, en “Occidente” o “Europa” (y éste es otro supermercado lleno a rebosar de significados), lo que compra, para decirlo lo más sencillamente posible, es que “los Balcanes son lo que no es Europa”. Poco importa la geografía, pues la frontera es una frontera mental, está más en la imaginación de cada cual que en el territorio. Para una persona de hoy en día, lo más probable es que esa frontera se encuentre en su recuerdo de las imágenes televisivas de los últimos años.

Si cierran ustedes los ojos un momento y pronuncian la palabra “Balcanes”, lo más seguro es que les vengan a la cabeza imágenes de refugiados, de mujeres tocadas con pañuelo llorando; imágenes de las ruinas de Vukovar y de cadáveres y más cadáveres. Entonces, tal vez recuerden que más de 7.000 musulmanes fueron ejecutados en Srebrenica; que 60.000 mujeres fueron violadas, que en Bosnia murieron 200.000 personas y hubo 10.000 niños heridos. Y puede que hasta se acuerden todavía de aquel joven esquelético fotografiado detrás de la alambrada del campo de concentración serbio de Omarska, en Bosnia.

La imagen que a mí me viene a la cabeza es la de un jersey, un jersey de lana blanco con puntos rojos. Pertenecía al padre de una niña que murió alcanzada por la metralla. El padre cogió en brazos el cuerpecito de la pequeña, y su sangre le estampó el jersey, que todavía llevaba puesto cuando media hora después lo filmó un cámara de la CNN.

¿Cómo culpar a nadie de recordar todo esto al oír la palabra Balcanes? Ya antes de la Primera Guerra Mundial, los Balcanes se habían convertido en un espacio en el que la mitología gobernaba la historia; un espacio habitado por una población montaraz y exótica para la cual la sangre y la tribu eran los valores más importantes; un espacio en donde los conflictos y las guerras de religión constituyen una amenaza permanente, el espacio de la inseguridad.

A quién le puede extrañar que los habitantes de este espacio-nombre-verbo-imagen-símbolo terminaran siendo prisioneros de esas connotaciones negativas. No quieren (no queremos) ser parte de aquello y, por consiguiente, intentan (intentamos) quedar fuera de esos Balcanes. “¡Los Balcanes son los otros!”. Esta frontera simbólica / imaginaria no ha dejado de moverse: de la Südbanhof vienesa a Trieste y Liubliana primero, luego a Zagreb y Sarajevo, y, por último, a Belgrado e incluso, más al sureste, a Pristina. No hay otra frontera en el mundo más flexible que ésta, y es así de flexible porque no es una frontera, sino una percepción.

En los 17 años transcurridos desde el principio de la guerra -13 desde el final- ha habido tiempo para que creciera toda una generación. No sólo en los Balcanes, sino también en Occidente. ¿Y qué sabe esa generación? ¿Qué saben de los Balcanes los jóvenes occidentales aparte de unos cuantos clichés? Qué lío, suelen decir. Creo que esas terribles imágenes televisivas de la guerra de los Balcanes son una excusa muy eficaz para no intentar entendernos: no se entiende a esa gente ni se entienden sus guerras sencillamente porque son muy diferentes.

Las imágenes y los recuerdos operan, en realidad, como una especie de escudo. Si los europeos dijeran que entienden esos espantosos sucesos, significaría que somos iguales o, al menos, parecidos. Es más seguro rechazar esa posibilidad y mantener una saludable distancia con respecto a unos vecinos de semejante ralea (es más seguro recordar que los Balcanes son lo que no es Europa).

Como si Occidente fuera un territorio inmaculado, un territorio nunca hollado por el mal. Como si los estados nacionales o las revoluciones europeas no hubieran nacido con sangre. Como si no hubiera existido Auschwitz… Y esto me lleva a pensar en cuánto tiempo les llevó a los alemanes librarse de los prejuicios con respecto a la eficacia de su maquinaria genocida y de la idea del carácter alemán que expresaba aquel “sólo cumplíamos órdenes”.

Esta perspectiva histórica me hace abrigar esperanzas: han pasado 13 años desde el final de la guerra de los Balcanes, y 13 años no es mucho tiempo, ¿no?

¿Se puede lavar el nombre de los Balcanes? ¿Se puede hacer que vuelva a brillar como nombre propio? Creo que todos nosotros -y ahora me refiero a todos los ex yugoslavos- debemos reconocer que contribuimos a reavivar el uso del término balcanización, ya que la palabra volvió a entrar en el vocabulario común con nuestra ayuda, cuando luchábamos entre nosotros en unas guerras de las que sólo nosotros fuimos responsables. Eso sería el principio de un cambio; así se empezaría a lavar y a dar brillo al nombre. Debemos hacerlo por nosotros mismos, en primer lugar, a fin de poder dejar de avergonzarnos de él.

El nombre ha perdido la inocencia para siempre, y el verbo y el sustantivo permanecerán en el Merriam Webster y en el resto de los diccionarios del mundo.

Sin embargo, los Balcanes deberían evocar otros muchos significados y asociaciones, no sólo una. Su nombre debería ir asociado a la belleza del paisaje, a la diversidad cultural, a la buena literatura y a ciertas obras de arte. ¿Cómo se puede crear esta imagen positiva? Pues exactamente igual que se creó su imagen negativa: con palabras e imágenes, a través del arte, la cultura y los medios de comunicación.