La inquietante sorpresa

La ansiedad tiene efectos perversos  sobre la política. Si había, y aún hay, algo que en todo el País Vasco constituía una obsesión social, la meta de las metas, el ungüento mágico del que podría resurgir una sociedad nueva en la que se pudiera hablar de los viejos temas en pretérito imperfecto, donde se asentaran una bases mínimas en las que bastaría un consenso aún más mínimo. Si había, digo, una ansiedad general esa era el que la violencia se retirara de la vida cotidiana y la gente pudiera vivir con sus creencias sin el justificado temor de que le pudieran costar la vida, o el rechazo, o el exilio interior, o la vergüenza.

No creo que haya otra introducción a Bildu, esa coalición del neoabertzalismo reinventada con retales del pasado y voluntades del presente. Cualquier elemento relacionado con la política en Euskadi siempre tiene dos caras, como Jano; la de quienes creen – pocos, muy pocos-y la de quienes deben y quieren creer porque de otra manera sería insoportable vivir. Contemplado desde afuera hemos sufrido otro proceso, según el cual Bildu se aceptaba como algo novedoso, que no sólo no tenía nada que ver con Herri Batasuna y con ETA, sino que constituía un conglomerado pacifista que conducía directamente al fin de la violencia en el País Vasco. Algo así como la prueba del nueve de la derrota de ETA como organización y su reconocimiento de que había que optar por vías políticas democráticas y abandonar la violencia en sus formas más brutales: el asesinato, la extorsión y la violencia urbana.

Hay lo que hay y Euskadi no se ha recuperado desde la transición en su caída tendencial de las formas de convivencia. Es terrible decirlo, pero los años más fructíferos, más audaces, incluso más aleccionadores del País Vasco, son los de la pelea frente a la dictadura. Aquellos en que era posible que coexistieran Gabriel Aresti y Blas de Otero, Chillida y Oteiza. Luego la cosa aún fue a peor.

En las interesantes memorias de Giménez Frontín hay un momento estelar, cuando él vuelve de Londres – donde ejerció como lector de castellano en la universidad de Oxford, precediendo a Javier Marías, de quien más de uno cree que estuvo de director honorario de la institución-y lo primero que le llama la atención es que Castellet, al que conocía muy bien del pasado, le precisa que ya no firmará protesta alguna donde salga la palabra España;debe decir Estado.Las cosas eran las mismas pero habían cambiado las expresiones. Exactamente eso ha sido desde el comienzo de la transición un fenómeno vasco de importancia notable. La semántica como categoría política.

Agotado un período de febril actividad terrorista que no sólo no logra poner al Estado de rodillas sino que lo refuerza y convierte en baluarte frente a la barbarie, ETA ensaya un proyecto aparentemente nuevo. Lo hace forzada por la represión, y más por sus asesores civiles que por la militancia guerrera. Orientados por los escasos supervivientes de la cúpula, ayer implacables ejecutores y hoy inquietos ante una jubilación improbable, se inventan nombres y aliados para proyectos muy parecidos a los ya ensayados.

Hay que tratar de explicarlo. No sólo por qué venció Bildu electoralmente sino por qué gentes que lo desconocen absolutamente todo del País Vasco apostaron por ello con esa candidez que otorga la ignorancia. A riesgo de equivocarme, y me alegraría por ello, la opción Bildu tiene escasas posibilidades de ser una vía para el cese definitivo de la violencia. No es el fin de ETA, como creen algunos, sino una añagaza construida sobre la base de otra típica tautología del País Vasco. Si tú me ayudas y me conviertes en alternativa, yo no pondré dificultades para que gobiernes, a cambio de que me permitas ir agrupando al personal y darles una subvención para que se mantenga el espíritu de grupo.

Y entonces qué pasó. Que el PNV exigió que Bildu participara. De algún modo, era la reconstrucción del viejo esquema de décadas anteriores. Mientras exista Bildu, como antes Herri Batasuna, el PNV recupera la centralidad de la vida política vasca. La opción electoral de Bildu fue negociada entre el Gobierno socialista y el PNV; los tribunales, acostumbrados a la presión, hicieron de palanganeros. Para Zapatero se trataba de convertirle en el pacificador, yno creo que sus conocimientos del asunto vayan mucho más allá del ferrocarril de La Robla a Bilbao, cita turística entre evocadores de la clase obrera. Para el PNV guipuzcoano era la manera de recuperar el espíritu de Arzalluz, que flota en el partido desde hace muchos años: los jóvenes activistas son una excrecencia que genera al Estado y que nosotros acabaremos asumiendo, porque pertenecen a la estirpe.

Unos en Madrid y otros en Bilbao evaluaron que Bildu podía ser una buena oportunidad para encauzar el terrorismo hacia vías democráticas. Yo creo que fallaron en los tiempos, porque la ansiedad es mala consejera en política. En mi opinión y a riesgo de equivocarme, faltaba un hervor. Pero qué importa eso cuando la población vasca entiende que esa oportunidad por la paz y el cese de la violencia es única, y hay que agarrarse a ella. Y que esos chicos, de los que nadie se fía un pelo, tienen en su mano una oportunidad que debe ser aprovechada. Animémoslos. Vamos a votarlos para que se refuercen y entiendan que por esa vía estamos con ellos. Y así sucedió el milagro de los panes y los peces de Bildu.

Hay muchos detalles que se pierden en este dibujo a mano alzada. El más importante es la fe de la gente, su confianza, deprimida, de intentarlo otra vez. Como si de ellos dependiera hacer una especie de transición al revés. Acaso no olvidamos los crímenes del franquismo, pues bien, no se pongan ustedes estupendos y entiendan que ahora se trata de ir encajando a esos chavales con un puñado de asesinatos en su haber, que no en su conciencia, y que habrá que ir soltando poco a poco. Y negociar, a ser posible, para que a su llegada al pueblo les hagan un aurresku sin cámaras de televisión y que a la hora del gora inevitable se paren los micrófonos.

Dejen de engañarse y reflexionen. Casi un tercio de la población vasca que vota en Guipúzcoa y Vizcaya lo hicieron por Bildu. Ahí hay de todo, desde lo más borroka hasta la candidez del lirio, esas gentes que por la paz serían capaces de matar a los escépticos. Brian Curri, profesional de la intermediación, entiende que es lógico que ETA no se disuelva.

Quedan los presos. Un millar, para entendernos. Es parte del ejército derrotado que merece su puente sobre el río Kwai, himnos y marchas incluidas. El muerto, como se dice en el argot, le quedará a Rajoy. Sólo la derecha clásica de este país podrá cerrar el asunto vasco. Es suyo, son los suyos, no se engañen; lo diga Alfonso Sastre o el próximo presidente de la diputación de Guipuzcoa, Martín Garitano, no tiene vuelta de hoja.

Pero lo más impresionante, lo que exige una explicación que aún desconozco que nadie haya ni intentado, es que San Sebastián, un símbolo y una metáfora de la urbanidad en España, tiene un alcalde de Bildu. Lo cual me parecería normal si no fuera por un pequeño detalle. Bildu nunca imaginó que podría alcanzar la alcaldía y así puso al médico Juan Karlos Izagirre – así se escribe ahora-que no tiene ni la más zorra idea ni de San Sebastián, ni de Donosti, ni de una alcaldía, y como recurso le ha quedado echar mano de Josetxo Ibazeta, ex concejal de Herri Batasuna que le sirve de lazarillo en esta aventura. Y yo pregunto: ¿qué ha pasado para que una ciudad como pocas en España, San Sebastián-Donosti, se encuentre de pronto inventándose la alcaldía y el alcalde y la función?

¿Qué necesita Donosti?, le preguntaron al médico Izaguirre: “Hacerla más euskaldún”.

Al final todo el invento se reducía a más identidad.En el fondo es como reducir la rebelión de los innumerables indignados a los escupitajos sobre unos diputados convertidos en mártires por un día. Simplificar la política es otorgarle el poder a quien domina el discurso.

Gregorio Morán

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