La insoportable gravedad de investigar

A veces me pregunto si realmente somos conscientes de que la aspirina salió de un laboratorio. Digo la aspirina por no citar al ibuprofeno, los antibióticos, la inmunoterapia contra el cáncer y un dilatadísimo etcétera. Apunto que no somos conscientes y me reafirmo en la idea, de otra manera no puedo concebir tanta atadura para una labor tan necesaria.

En las últimas semanas se ha aplaudido, con razón, un paquete de medidas propuesto por el Ministerio de Ciencia y aprobado por unanimidad en el Congreso de los Diputados. La fotografía de todos los puntos verdes en el hemiciclo es un hecho revelador: la Ciencia parece importar y pone de acuerdo a derechas, centros e izquierdas. Sin embargo, yo, investigador, el día de los puntos verdes llegué al laboratorio y me volví a encontrar el mismo problema que no será resuelto por ese regalo de última hora que nos han hecho los Diputados del Congreso.

No, no estoy hablando de más inversión. Tampoco se me ha ocurrido pedir estabilidad presupuestaria, financiación estructural, contratos para científicos y muchísimo menos una subida salarial que permita tener un estatus digno a quienes simplemente quieren curar el cáncer, por ejemplo. Hoy no será ese día. Yo, investigador, solo quiero poder comprar un reactivo para terminar un experimento, planificado hace tres meses que me cuesta 200 euros y lo comercializa una empresa alemana. El reactivo lo pagaré con un proyecto que escribí hace dos años, presenté a una convocatoria pública y lo gané. En su memoria aclaré que compraría este tipo de reactivos e incluso recuerdo que especifiqué su valor en el presupuesto. Pero, como ya superé los cincuenta mil euros en compras, todas debidamente planificadas en el proyecto y posteriormente justificadas, ahora tengo que abrir un concurso público para poder gastarme esos 200 euros en el reactivo que necesito. Según la ley que aplica a la Ciencia, porque no existe excepción para ella, una vez que superas los cincuenta mil euros de gastos en un proyecto toda compra, absolutamente toda, posterior debe estar mediada por un concurso público. Cosa que puede ser entendible si lo que me quiero comprar es un costoso equipo de precisión pero bastante incompresible si lo necesario es una botella de agua de bajo contenido iónico que no supera los diez euros o el reactivo antes mencionado de 200.

¿Sabéis lo que esto significa? Os lo explico con la mayor sencillez. Yo, investigador, tengo que redactar un concurso público con todas las especificaciones y detalles para cada compra que se haga en el laboratorio a partir de este momento. Un proceso complicado, lleno de vericuetos legales, muy alejado del día a día de un científico y que puede llevar hasta tres meses. En el pliego especifico lo que necesito, sin olvidar el más ínfimo detalle. Esto es importante porque, a veces, no todos los reactivos con el mismo nombre son válidos para cada experimento. Me explico, de igual manera que no todos los azules son el azul que usaba El Greco en sus cuadros, tampoco nos vale cualquier reactivo aunque pueda ser un poco más barato. Sería imperdonable que, por una regulación parecida, hoy no existieran esos cuadros porque la gama de colores posible se tenía que adaptar al ganador del concurso público. Pero volvamos a la realidad científica, luego de respirar hondo, hacer todo el papeleo y publicar el procedimiento, me pregunto: «¿Se presentará la compañía alemana, la única que lo produce con la calidad necesaria, al concurso que lanza un científico desde Madrid para una compra en la que ganará 200 euros?». Nadie más lo vende con las características que exige el experimento. Los señores alemanes no entenderán lo que ocurre en Madrid. El concurso quedará desierto, todo el trabajo burocrático que yo, investigador, he realizado no tendrá resultado alguno. ¿Y el experimento? No se podrá realizar. ¿Y el proyecto financiado por una convocatoria pública? No se podrá terminar. ¿Y cómo seguimos adelante? No podremos, en la próxima evaluación dejaré de tener la clasificación de excelencia exigida por la administración y no avalarán mi investigación. ¡Qué más da! Tan solo estamos intentando entender el cáncer para lograr su cura, por ejemplo.

Por todo ello, sigo preguntándome si realmente somos conscientes de que la aspirina salió de un laboratorio, de una serie de experimentos. En ese conjunto también podemos citar a la Tomografía Axial Computarizada, las técnicas usadas en todas las cirugías, los antiinflamatorios, los antidepresivos, los reguladores de la tensión arterial y tengo que detener la lista por razones de espacio disponible. España ha sufrido con la malversación de los recursos públicos, es una realidad palmaria. Todos estamos de acuerdo que los controles son una necesidad para eliminarla. Sin embargo, sería recomendable apreciar las particularidades que caracterizan la investigación científica. Un sector que, hasta el momento, no ha dado signos de irregularidad al disponer de los escasos fondos públicos con los que cuenta. Es necesario, diría urgente, un pacto entre todos los colores políticos para, al menos, aliviar la burocracia que amordaza el desarrollo de los proyectos ya financiados. Con el escenario actual nos estamos disparando a los pies, luego llegará el tiro de gracia. Es imposible promover la creatividad científica con estos obstáculos incomprensibles. Estamos seguro que la implantación de estas normas no tuvo su génesis en desvíos e ilegalidades en el sector científico. Confío en que, de llegar a los oídos adecuados, se entenderá la singularidad de la Ciencia en este contexto. Me repito, no estoy hablando de más inversión que sería, más que bienvenida, necesaria. Tampoco estoy pidiendo estabilidad, contratos, salarios… solo quiero poder gastar el dinero que ganamos en una convocatoria pública y terminar un experimento, sin que la creatividad se me consuma en el empeño.

Eduardo López-Collazo es director científico del IdiPAZ, Hospital Universitario La Paz.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *