La insoportable levedad de la discrepancia o de qué sirve el voto de los barones

Tersites fue un villano, por discrepar, y hoy es un héroe, por lo mismo. Su historia nos la cuenta Homero en un episodio en apariencia menor de la Ilíada, pero de gran trascendencia, porque revela el trato que se reservaba al discrepante en el mundo de la antigüedad.

Pongámonos en escena: tras nueve años de una guerra a la que no se le alcanza a ver el fin, los griegos se reúnen en asamblea a las puertas de la Troya sitiada. Aunque la voluntad de abandonar el empeño flota en el ambiente y son ya muchos quienes desean regresar a sus casas, Tersites es el único que osa alzar la voz para expresar ese malestar generalizado. Pero su voz es acallada bruscamente. Ulises lo insulta sin piedad y le ordena callar golpeándole con su cetro en la espalda y los hombros, mientras el resto de plebeyos, aunque afligidos, ríen y aplauden la humillación de aquel «insolente charlatán».

En aquella sociedad aristocrática y guerrera, muy anterior a la Grecia de Pericles, discrepar de la posición oficial era un acto reprobable. En nuestro mundo, por el contrario, valoramos que quien se siente a disgusto, lo exprese. Consideramos positiva la crítica y la fomentamos desde la convicción de que su ausencia es síntoma no ya sólo de autocracia y falta de calidad democrática, sino también de disfuncionalidad por desconexión con la realidad, de degeneración por ensimismamiento.

Por eso es posible oír voces discrepantes hasta en aquellas organizaciones humanas tan impermeables a la democracia como los partidos políticos. Las hay incluso en el PSOE más sectario y bunquerizado de la historia. Y no sólo entre la antigua guardia. También se oyen las voces de políticos con cargo en plaza del partido realmente existente: Emiliano García-Page y Javier Lambán son los sospechosos habituales, y con menor convicción, o valentía, también Guillermo Fernández Vara y Susana Díaz.

Y no cabe duda de que motivos para discrepar no les faltan. El revisionismo que está sufriendo el PSOE lo está haciendo retroceder a la época anterior a la Transición. Hasta el Congreso extraordinario de septiembre de 1979 —el que propició el retorno de Felipe González a la secretaría general—, el PSOE era todavía oficialmente marxista y plurinacionalista. A ambas cosas renunció en esa fecha y fueron esas dos renuncias las que hicieron del PSOE un partido apto para dirigir los destinos de la España democrática.

Hoy estamos viendo cómo se desanda ese camino, al tiempo que se reconstruyen los dos pilares del PSOE anterior a la democracia, el uno por el acercamiento a una izquierda radical, de inspiración chavista, y el otro por la colonización ideológica y formal del partido socialista catalán, federalista sui géneris a fuer de soberanista.

En el entorno del blindado presidente en funciones está tan firmemente cimentada la doctrina del némine discrepante, que cada vez que alguno de estos políticos alza la voz para expresar la menor objeción, todos los focos mediáticos se vuelcan sobre ellos. La levedad de su discrepancia se ve así artificialmente robustecida.

Sin embargo, ¿cuál es el auténtico valor de esa discrepancia? Comparemos estas voces con la del pobre Tersites. Para empezar, el plebeyo griego tomó la palabra con atrevimiento, pues la voz era privilegio reservado a los príncipes, para expresar un malestar que muchos sentían, pero callaban. Los políticos, por el contrario, no sólo no tienen que pelear la voz, sino que cobran por ella. Pero hay otra diferencia mayor: Tersites, además de no tener voz, tampoco tenía voto, mientras que los Page, Lambán, Vara o Díaz de turno, y sus diputados y senadores clientes, tienen voz, pero por supuesto también tienen voto.

Conviene subrayar esto: ninguno de los escenarios que parecen quitarles el sueño a estos leves discrepantes será posible si ellos, o los diputados socialistas que de ellos dependen en sus respectivos escaños en las Cortes, no los apoyan con sus votos.

El poder ejercer ese voto en un sentido u otro es lo que da valor a la discrepancia. Si el desacuerdo final está descartado, la discrepancia no es creíble. La discrepancia es una posición de equilibrio entre el sí y el no, una fase transitoria. En términos de Hirschman, para que la «voz» cumpla su función, debe existir la posibilidad de que se decante eventualmente bien por la «lealtad», bien por la «salida». Si la lealtad, es decir, si la disciplina de voto está atada y bien atada, la discrepancia es más poesía que política.

Los partidos controlan la unidad de acción con mano de hierro y la indisciplina es un asunto grave. No obstante, todo diputado debe poder conciliar sin violencia la ética de sus convicciones con la de la responsabilidad que tiene como miembro de un partido político.

Hubo precedentes de ruptura de la disciplina de voto en los años 80, cuando se votó la ley de pensiones dentro del grupo parlamentario socialista. Pero hay otro precedente mucho más cercano, y de características mucho más similares, pues la votación indisciplinada se produjo en una sesión de investidura: fue en 2016, cuando los diputados del PSC en bloque, más otros ocho plurinacionalistas del resto de España, desobedecieron la decisión del Comité Federal de abstenerse y votaron no a la investidura de Mariano Rajoy.

Así pues, aquellos diputados socialistas del PSOE descontentos con la línea que sigue Sánchez, aquellos diputados socialistas que se sientan atribulados por no hallar respuesta en su interior a cómo resolver esa crisis entre la disciplina y la conciencia, tienen bien cerca a los ejemplos en los que inspirarse.

Entre disciplina y conciencia, políticos como Manuel Cruz y Meritxell Batet escogieron lo segundo. Cuando se vieron en la difícil tesitura de elegir entre la lealtad debida a los catalanes —a los catalanes catalanistas, entiéndaseme— y al resto de españoles, no dudaron en escoger la primera lealtad. Aquello les costó una multa de 600 euros, y luego han sido o son presidentes de las Cortes de España.

Esa sí es forma de ejercer la discrepancia. Si la discrepancia no es eso, entonces es puro desahogo. Ya no es política, es narcicismo. Son las lágrimas de quien lamenta formar parte de un pelotón de fusilamiento, pero no evita apretar el gatillo.

Esa discrepancia, tan leve, tan desconectada de la acción —tan cobarde, si se me permite— resulta insoportable. Es tan insoportable la levedad de esa discrepancia que uno se siente tentado a rogarles al señor Page, al señor Vara, al señor Lambán, a la señora Díaz, que si han de utilizar sólo su voz para descargar su conciencia, es mejor que guarden el quejido para sus adentros, que no despisten a sus votantes, que no contribuyan a la extensión del mal propiciando el engaño.

En sus manos tienen ejercer otra discrepancia verdadera, la que se expresa mediante el voto. Todos los diputados del PSC rompieron la disciplina en bloque. Al igual que ellos, estos barones también pueden condicionar el voto de los diputados de sus baronías e impedir que suceda lo que dicen desaprobar. Tienen voz y tienen voto.

Pedro Gómez Carrizo es editor.

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