La interpretación sexista

En las últimas semanas ha saltado a los medios una polémica sobre posibles letras de canciones machistas y su ignorancia por parte de los cantantes que las interpretan. Muchas de ellas provendrían supuestamente del rock y he visto con sorpresa cómo entre las mencionadas aparecía una canción mía que compuse hace años, titulada «La mataré». Con un escepticismo algo cómico, he leído atentamente las razones vertidas para saber exactamente cuál era el reproche. Lo más curioso es que, vistas con pupila limpia las argumentaciones de esas acusaciones, puede comprobarse que su intento de análisis y método no es en absoluto estúpido ni indigno, pero yerran de tal manera en la base de su razonamiento que terminan imaginando como supuesta apología lo que era clara denuncia y confundiendo muy gravemente. Contar la historia de cómo nació la canción puede ser muy iluminador a ese respecto.

A mediados de los ochenta, disfrutábamos de éxito y popularidad con nuestra banda de rock Loquillo y Los Trogloditas. Teníamos veinticinco años y hacíamos constantes giras por toda la geografía nacional. Cómo varones jóvenes, saludables y llenos de ímpetu –que encima han sido tocados por la euforia del éxito– todos los músicos estábamos enternecedoramente locos por tener relaciones. Las costumbres sexuales de las españolas habían cambiado mucho tras la Transición y habían perdido el elemento pacato de pocos años antes. Se notaba que habían decidido mandar en su cuerpo y que querían elegir. Sin embargo, a pesar de ello, con frecuencia se daba un paisaje de conductas anómalas que nos encontrábamos repetidamente. Sucedía que, sobre todo en las actuaciones pequeñas de pueblos, establecías una corriente de simpatía con una chica a la que proponías pasar la noche en el hotel. Ella, en gran parte de los casos, se planteaba seriamente la propuesta sin melindres, pero decidía que no podía hacerlo porque si se enteraba su novio, pareja o admirador local «seguramente es que me mata».

¿Lo decían en sentido figurado o literal? En cualquier caso, era algo tristísimo. Y no tanto por ver defraudadas las aspiraciones de las hormonas juveniles (que también) sino sobre todo porque la razón principal esgrimida revelaba un panorama aterrador de costumbres brutales. Decidí escribir una canción que retratara esa situación titulada «La mataré». Para que tuviera la fuerza necesaria de denuncia lo mejor era intentar meterse en la mente de un maltratador, usando la primera persona narrativa, y levantar acta de su locura. En ese sentido, la literalidad de cada verso es clara en la canción. Palabra por palabra, el narrador reconoce que ella nunca le juró su amor; verso a verso, va hablando de su propia locura tóxica, afirma que es alcohólico y reconoce que ella es sobria, se muestra como un ser insano que nunca ha tenido el control sobre sí mismo, mientras reconoce literalmente que ella no ha sufrido patologías como la suya. La descripción entrega el retrato de una mujer inocente amenazada por la locura sangrienta de alguien incapaz de gestionar su desequilibrio y sus pasiones. Fue de esa manera –la de denuncia de una situación indeseable– como el público entendió la canción en 1987 y gozó de fama y prestigio. Incluso recibió por ello el premio anual de la emisora nacional Radio 3, precisamente la emisora que contaba para el público progre de la época. Un premio que todavía conservo con placer colgado de las paredes de mi casa.

Lógicamente, que una canción con esa historia de hechos a su espalda, concebida y culminada de tal manera, pueda ser descifrada en un momento de ceguera como una apología en lugar de una denuncia me resulta muy cómico. Pero también me resulta preocupante en la medida de lo que eso significa sobre el actual momento de nuestra sociedad y sus humanidades. Enfrentados a la lacra de la violencia de género y habiendo conseguido después de una labor –que empezó, poco a poco, hace muchos años– un consenso mayoritario de no mirar hacia otro sitio y combatir el problema, florecerán como hongos las hermenéuticas, la búsqueda de pistas y causas de esa violencia. Y lo harán muchas veces de una manera desorbitada, mal hecha, con precipitación, solo porque el tema está de moda. Eso perjudicará a la lucha contra la violencia, porque frivolizar y razonar apresuradamente con esos temas los ridiculiza y termina rebajando de cara al público la verdadera y dolorosa importancia social que tienen.

Por eso no dudo de la buena intención de quienes hacen esos análisis que yerran por tirar a bulto, pero hay que precaverles sobre los errores de tino clásicos de la hermenéutica. A veces creen haber descubierto una huella y en realidad se trata de sus propias pisadas. Se acercan a la obra con un prejuicio a favor o en contra y solo son capaces de ver en ella aquellos elementos que parecen confirmar su idea y quedan ciegos para los signos visibles que la contradicen.

Es infantil pensar que los cantantes inventan las letras de las canciones hablando de sí mismos en el mismo momento que las cantan. Es un error común en los que no captan el mecanismo narrativo de la primera persona. Las canciones son historias escritas previamente con personajes creados para mostrar comportamientos de lo que nos rodea. Por eso son un arte. Y el arte no se ha inventado para pintar un mundo de color de rosa, mejor de lo que es; sino para pintar las cosas que nos rodean tal como están sucediendo. «La mataré» fue una de las primeras denuncias del maltrato en nuestra música popular a través de la descripción en primera persona de un maltratador como un desequilibrado mental y emocional. Yo puedo decir lo que es y lo que no es porque por algo concebí, una a una, cada palabra de sus frases. Pedir cuentas de ello a Loquillo es tan necio como lo sería intentar linchar por asesinato a un actor porque este haya interpretado soberbiamente a Bruto en «Julio César» de Shakespeare.

Las canciones deben hablar del maltrato sin pelos en la lengua. Es algo que nos rodea y así hay que escenificarlo, musicarlo, filmarlo… Al fin y al cabo, como recogen los estudios de la doctora en Filología Francesa Ana María Iglesias Botrán (elaborados a raíz del grupo francés «Zebda»), está demostrado estadísticamente que en los países donde las canciones populares lo mencionan, este disminuye. Donde progresa es precisamente en los lugares en que no se habla de ello, que no se visualiza, que no se pone encima de la mesa. Porque una de las maneras más eficaces de evitar tener que tratar un problema es hacer ver que no existe.

Sabino Méndez, compositor.

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