La intrahistoria

El pasado domingo por la tarde, un destacado dirigente independentista aseguraba en privado, con toda certeza, que la respuesta del president Puigdemont sería un no a la independencia más o menos elíptico, que permitiría al presidente Rajoy eludir la aplicación del artículo 155 de la Constitución. La madrugada del lunes siguiente, lo que decían los periódicos era muy distinto. Unos informaban de que la respuesta presidencial sería “ni sí ni no”, mientras que alguno -más certero-adelantaba que no habría respuesta a la pregunta del Gobierno y que, en su lugar, se formularían ciertas exigencias: 1) Una mediación. 2) Un encuentro de ambos presidentes de igual a igual. 3) La retirada de las fuerzas de seguridad (Guardia Civil y Policía Nacional) traídas últimamente a Catalunya. 4) Y la paralización de las actuaciones judiciales seguidas contra Sánchez, Cuixart y Trapero.

La carta remitida por el president Puigdemont, después de tener en vilo al país durante varios días, coincide sustancialmente con esta última información: no contesta a la pregunta, si bien reduce las exigencias a dos: 1) Que se revierta la represión contra el pueblo y el Gobierno de Catalunya. 2) Que se concrete lo antes posible una reunión que permita a ambos presidentes explorar los primeros acuerdos. Todo ello en medio de grandes apelaciones al diálogo y de una cumplida enumeración de agravios recibidos, que enmarcan un contenido que en modo alguno podía ser aceptado por el Gobierno de España, como así ha sucedido y los dirigentes independentistas sabían desde siempre. Y, si lo sabían, ¿a qué tanto trajín?

Se les podría preguntar lo que el caballo preguntó a la ardilla en palabras de Tomás de Iriarte: “Tantas idas y venidas; / tantas vueltas y revueltas, / quiero amiga que me diga: / ¿son de alguna utilidad?”.

Pues sí: tantas idas y venidas, tantas vueltas y revueltas son útiles para los independentistas, que parten de la idea axial de que, si bien Catalunya carece de fuerza para independizarse unilateralmente, le sobra dimensión para desestabilizar a toda España. Por lo que, basándose en esta idea, han articulado un proceso que la prensa ya ha descrito con precisión. Se promueven grandes movilizaciones populares, se fuerza la escenificación de un referéndum y se busca sin cejar un conflicto con el Estado que desestabilice la economía española -por una subida de la prima de riesgo de la deuda-, hasta forzar que la Unión Europea intervenga para evitar que se ponga en riesgo la zona euro. Puede parecer un dislate, pero se ha comprobado que este era y es el plan, cuando la Guardia Civil ha hallado en poder de responsables políticos escritos que lo detallan y que contemplan, incluso, el riesgo de afrontar en su caso una economía de guerra.

Este proyecto merecerá el juicio que se quiera, y será más o menos viable según sea la definitiva postura que adopte la Unión Europea, si bien esta no parece de momento muy proclive al cuento de la lechera independentista. Pero, más allá de este futurible, lo que interesa destacar ahora son los efectos inmediatos que la realización fría y sistemática de dicho proyecto provoca en la vida e intereses inmediatos de los ciudadanos catalanes, abstracción hecha de si son o no independentistas, es decir, en la intrahistoria de la sociedad catalana. Para Miguel de Unamuno, la intrahistoria es aquello que queda más oculto en la vida de los pueblos, por contraposición a ciertos aspectos de la vida colectiva que dan lugar a titulares en los medios de comunicación. En este sentido, la intrahistoria actual de la sociedad catalana viene definida por tres hechos capitales: 1) Una fractura social muy honda, interesadamente negada hasta hace sólo cuatro días por quienes más han contribuido a consumarla como actores y coadyuvantes; una fractura abierta que tardará mucho tiempo en superarse y que dejará rastro en las futuras generaciones. 2) Una erosión económica fuerte, que muestra hasta qué punto la pasión puede sobreponerse al raciocinio en algunos agentes económicos y en otros tantos académicos militantes, con el riesgo de que la crisis llegue a ser devastadora si no se corta pronto la sangría. 3) Una angustia abrumadora que golpea a buena parte de los ciudadanos, si bien lo hace con especial intensidad en los más débiles.

De momento, este es el balance de la aventura. No obstante, están por llegar los episodios más lacerantes del proceso. En especial, porque el movimiento independentista ha sido utilizado como caballo de Troya por extremistas y radicales de toda laya, que aprovecharán su indudable fuerza desestabilizadora para cargar contra el sistema político que ha vertebrado uno de los períodos de paz y progreso más prolongados de la reciente historia de España. Cuanto peor, mejor, dicen los independentistas, y los revolucionarios les hacen eco en beneficio propio, con el deliberado propósito de dejarlos en la cuneta en caso de un hipotético triunfo. Porque la independencia no es, aunque los independentistas no lo sepan, un proyecto de futuro.»

Juan-José López Burniol

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