La invasión rusa de Ucrania no es ajena a América Latina

No es sólo la invasión a Ucrania, un país soberano. Es el golpe en la mesa para establecer por la fuerza su posicionamiento en el nuevo tablero del poder, que rompe con el andamiaje del Derecho internacional y el multilateralismo vigente. Por ello, la invasión rusa de Ucrania no es ajena a América Latina.

Tras su retirada parcial en los noventa, Rusia retomó la iniciativa de volver a estrechar lazos con una América Latina en la que los países buscaban ampliar sus relaciones exteriores por separado. El objetivo del Kremlin era doble.

Por un lado, lanzar una política activa de refuerzo de sus vínculos internacionales, como una forma de balancear su asimetría con los EE. UU. y fortalecer su presencia en un mundo multipolar. Por el otro, estimular la emancipación de los países del área de influencia tradicional de Washington.

En su estrategia, se podía leer el esfuerzo por evitar el aislamiento diplomático y compensar el impacto de las tensiones económicas con Europa. La voluntad de crear una base material, pero sobre todo simbólica, de presencia internacional. Ahora que Putin ha levantado sus cartas (casi todas), las piezas encajan y vemos cómo ha ido tejiendo su plan.

Sin embargo, la coyuntura que atravesamos altera totalmente el ritmo del proceso de cambio internacional. Y el conjunto de posibilidades para la acción de los países latinoamericanos les urge a definir su papel, sus prioridades y sus principios en el nuevo orden mundial. Si bien no se trata de una nueva Guerra Fría, y China marcando su propio escenario de juego lo demuestra, se están tratando de instalar los preceptos de la autonomía latinoamericana.

Las primeras pruebas son las fijaciones de posturas ante la invasión. En esta primera instancia, podemos delimitar tres grupos. La mayoría, que la han condenado. Un segundo grupo, los que han optado por un espectro de reacciones suaves o matizadas, declarando su rechazo a la guerra o llamando al diálogo, sin apuntar responsabilidades o haciendo malabares sintácticos para no mencionar a los países en cuestión. Y un tercero, los autoritarios que respaldan a Rusia sin ambages, de palabra o de facto (Cuba, Venezuela y Nicaragua).

Mientras tanto, en la política doméstica de todos los países, resuenan discursos radicales que, obcecados en sus paranoias, no son capaces de condenar todas las agresiones imperialistas por igual.

Al momento de redactar este texto, Nayib Bukele, presidente de El Salvador, sigue sin pronunciarse. A esta singularidad hay que sumar los casos de México y Brasil, que actualmente ocupan asientos no permanentes en el Consejo de Seguridad y cuya actitud es relevante por su peso regional.

Si bien López Obrador emitió una sorprendente declaración suave inicialmente, poco después su canciller elevó una condena más enérgica. Consecuentemente, su voto en el Consejo de Seguridad respaldó la resolución en contra de Rusia.

Brasil es un caso más llamativo. La cercanía de Bolsonaro con Putin, exhibida en su reciente visita a Moscú, hacía prever un posible apoyo. En un primer momento, el presidente evitó valorar políticamente la invasión, después desautorizó a su canciller por manifestar su censura y finalmente voto a favor de la resolución de condena a Rusia en el Consejo de Seguridad. Todo un alarde de coherencia.

No hay grandes esperanzas sobre la posibilidad de que Bolsonaro actúe como un estadista. Sin embargo, sus discordancias sirven de ejemplo burdo para plantear la cuestión principal. Si lo que se plantea es un enfrentamiento entre nacional-populismo y democracia, ¿qué supone esto para los límites de la política exterior de los países latinoamericanos? ¿Cuál es su disposición a asumir los costes los mismos?

Hasta ahora, se planteaba de forma sencilla la posibilidad de no alineamiento. La idea fundamental consistía en relacionarse con los distintos actores de la multipolaridad basándose únicamente en el interés propio. Lo que ahora se impone con claridad son los límites del juego a varias bandas. No se puede pactar con todos los actores si ofrecen modelos contrapuestos. Mucho menos en el marco de una creciente tensión entre sí.

No es ninguna novedad. Ya se habían generado grandes tensiones por la competencia entre potencias en los ámbitos tecnológico, financiero y comercial. El cambio significativo es el enorme peso, hasta ahora minimizado, que toma el factor normativo e ideológico.

Esto conduce, de nuevo, a analizar la relación con Rusia. ¿Se traducirán las condenas a la invasión de Ucrania en tomas de acción decididas por parte de los países latinoamericanos?

Bien es cierto que la región lucha con el terrible saldo social y económico de la pandemia, y sus capacidades en materia de poder blando son escasas. Pero la defensa activa ante el imperialismo, de cualquier índole, tendría que llevar a acciones efectivas. Si la estrategia de Putin en su preparación a la guerra pasaba por estrechar el vínculo con América Latina, limitarlo materialmente es una respuesta necesaria.

Finalmente, hay que plantear el papel de Europa en la región. A pesar de su dispar interés por América Latina, esta se constituía como el área más concreta para compartir su proyecto de autonomía estratégica y la defensa del modelo de democracia liberal.

La guerra en Ucrania es una guerra europea y Putin, un problema esencialmente europeo. Pero una Europa fuerte es importante para un América Latina tan limitada en la defensa común de sus intereses internacionales. ¿Cómo va a impulsar Europa a la región a sumarse más enérgicamente de su lado y en su propuesta de autonomía estratégica? ¿Cómo podrá promover una alianza birregional en este escenario de tensión extrema e incertidumbre? ¿Cuál será la respuesta de una América Latina azotada por tantos males?

Muchas preguntas por responder, y una sola certeza. La guerra y sus consecuencias están mucho más cerca de América Latina de lo que parece.

Érika Rodríguez Pinzón es doctora en Relaciones Internacionales, profesora de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid y coordinadora de América Latina en la Fundación Alternativas.

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