La irrupción de la realidad

En la vida de un país o de una persona, hay veces en que la realidad, la realidad más descarnadamente real, la más cruda y menos guisada por las recetas y los cocineros de mentalidades y relatos, irrumpe de repente con una violencia pavorosa a la que no estábamos acostumbrados. La realidad no se hace entonces real, lo había sido siempre, estaba ahí desde siempre, pero su mayor levedad nos permitía no mirarla continuamente cara a cara, bastaba hacerlo de reojo y concentrarnos en el cocinado más o menos placentero o fraudulento de relatos e ilusiones.

Pero la realidad empieza siempre por llamarse átomos, materia, hechos, actos, cuentas claras, y se llama también células, células sanas y células que enferman o enloquecen, se llama bacterias, virus. Sí, la ilusión y las apariencias, la imaginación y los signos también son parte de la realidad, arte de la realidad, pero cuando aquello mínimo fundamental de lo que está compuesta la vida, cuando lo que está en el fondo efectivo e impepinable de las cosas sustentándolo todo de repente estalla y campa por sus fueros escapando del control –o el mareo– de la parte ilusoria de nuestra vida, la visión de la fantasmagoría en la que hemos estado viviendo, y desde la cual hemos estado considerando la realidad, estremece. Es lo que ahora mismo sucede, en todas partes, pero sobre todo, y de una forma que el adjetivo terrible, de tan gastado, quizá no alcance a decir bien, en España.

Llevamos viviendo en nuestro país desde hace bastantes años, pero en particular, y aceleradamente, en los últimos, una escalada tal de superchería ideológica y emocional, de subvención de la ceguera y negación de la realidad que sólo tiene precedentes en las épocas que anteceden a las grandes catástrofes. El hábito de sustitución de las cosas y los hechos por su uso estratégicamente fraudulento, de la realidad por la ideología, de la verdad por la costumbre impune del embuste y de lo crucial por la banalidad nos pone en las peores condiciones para enfrentarnos a una venganza de la realidad en toda regla.

Un país, unos gobernantes –y unos gobernados– hechos al consumo y la producción masivos de mentiras y ensoñaciones, al cultivo ideológico de despropósitos por un lado y de ofensas e inquinas por otro, a campañas electorales permanentes que son permanentes agresiones al pensamiento y la veracidad, un país ahormado por la comunicación compulsiva de ideología y educado en la deseducación, en la importancia de la trivialidad y la astucia y, a la vez, en la trivialidad de lo verdaderamente importante y decisivo, se presenta con buena parte de sus flancos desguarnecidos para entablar cualquier lucha de fuste en los momentos de la verdad. Y este de ahora es uno.

Empantanados en puras estrategias de consecución y ocupación del poder, en la construcción preferente de poderosos dispositivos parasitarios clientelares a cuenta del común de los ciudadanos, en la construcción fervorosa de ensoñaciones y burbujas y la práctica permanente del gato por liebre y el todo vale, nuestros gobernantes vienen de no haber hecho mucho más en la vida que medrar en esas estrategias y esos dispositivos, en esas construcciones de burbujas y esos hábitos de manipulación del lenguaje y la emoción de la realidad. Pero cuando la realidad más cruda y real irrumpe con brutalidad como ahora, cuando la distancia entre los hechos y los relatos, entre los nombres de las cosas y las cosas de los nombres, se reduce al mínimo, toda la fantasmagoría simuladora, toda la infernal maquinaria de la mendacidad y la hipocresía y toda la envanecida ignorancia y falta de prudencia, de aplicación esforzada a la realidad y a su control y su gestión más eficaz, tempestiva y efectivamente beneficiosa, son las peores armas para afrontarla. La realidad nos pilla en la inopia, desarmados y cautivos de los hábitos mentales más contraproducentes.

Causa pavor todo lo que ha sido nuestra vida política, el tiempo perdido para enmendar, el tiempo, los recursos, la energía despilfarrados. Causa pavor cuando la realidad traduce exactamente a número de muertos y a número de personas sin ingresos toda esa pérdida de tiempo y recursos y energías, cuando la fantasmagoría y la impericia para lo importante saltan por los aires y nos cogen debajo, desguarnecidos y a merced. Hemos dejado la estructura de la toma tempestiva de decisiones, la capacidad de análisis y de visión, de previsión y entereza, en manos de ideólogos, de ensoñadores –y ensoñados– y actores de performances.

Son, como siempre ha ocurrido en la historia, los clérigos, los ideólogos, los manipuladores de mentalidades, los mangoneadores de gentes, los predicadores ahora desde los púlpitos de las modernas redes sociales, los allegadores de discordia, los nuevos arcedianos de Écija y los fray Vicente Ferrer de la comunicación, los políticos vacuos e infatuados y, cómo no, también, los creyentes beatos que se dejan engatusar y manipular por un puñado de tics ideológicos. Los clérigos contra la realidad.

Desde esa ruina moral, emocional e intelectual, desde esa subvencionada impreparación y desarreglo a que hemos dedicado nuestros últimos decenios y, aceleradamente, nuestros últimos años, derruidas las murallas de contención por la imprevisión y el atolondramiento ideológicos, tendremos que aguantar como mejor podamos las consecuencias de la inadvertencia y la fatuidad de nuestros gobernantes y del fervor de los creyentes e interesados que les han aupado.

No va a ser fácil. Se logrará en la medida en que nos sobrepongamos a esa ruina y salgamos distintos. En que hagamos de las tripas de la realidad corazón de inteligencia y resistencia. Pero en esa dificultad de la lucha por salir adelante, hemos de poder hacer un esfuerzo más: no olvidarnos, nunca, de la fantasmagoría en la que hemos vivido, de las ensoñaciones sentimentales e intelectuales a las que hemos dado pábulo entusiasta y con las que nos hemos entretenido más allá de toda razón y de toda ley, confiando nuestros destinos reales a quienes lo mejor que saben hacer, porque es a lo que se han dedicado siempre, es negar la realidad, el estudio y la gestión rigurosos y precavidos de lo que hay, manipular el lenguaje y las emociones, producir y consumir ideología y supersticiones e infatuarse de poder echando culpas a todo menos a lo que más las tiene.

J. A. González Sainz es escritor. Su última novela es Ojos que no ven (Anagrama).

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