La irrupción de la SCC

Octavio Paz escribió que “la sociedad liberal se paralizaría si deja de ser autocrítica”. De ahí que en las sociedades homogéneas, en las que un pensamiento, un criterio, una aspiración o un objetivo político totalizante y acaparador se impone hegemónicamente, sufran la pluralidad y la espontaneidad. Las colectividades con un fuerte sentimiento nacionalista –y tanto da que sea catalán, vasco, español o británico– tienden a encerrar a los ciudadanos en un recinto de reflexión que carece de salidas y alternativas que no sean exorbitantes. Por eso, la irrupción de la asociación Societat Civil Catalana (SCC) que el pasado miércoles se presentó en Barcelona, debe ser muy bien acogida. Lo será por quienes no militan en el independentismo que creen imprescindible una movilización ciudadana contra el previsto proceso de secesión de Catalunya, pero, en rigor, tendría que ser igualmente bien recibida por los que discrepen con sus planteamientos. Porque la autocrítica en la sociedad liberal a la que aludía Paz se cincela en una colectividad controvertida y democrática. Alain Touraine lo dijo en palabras claras: “la sociedad es un campo de conflicto en el que chocan ideologías e intereses”.

Por otra parte, quien suponga que la SCC es flor de un día, o que es sólo lo que en ella se observa a primera vista –unas determinadas personas con mermadas posibilidades– podría confundirse. Irá a más. Societat Civil Catalana, nace de Catalunya y por Cataluta a favor de SCC? Dos. La primera es idiosincrática. Más allá del Ebro siempre se ha tenido a la sociedad catalana como creativa, asociativa y responsable. Lo estaría demostrando ahora el conjunto de organizaciones que, al margen de los partidos aunque conectados sus integrantes con ellos, propugnan la consulta y la independencia de Catalunya. Establecer con esos organismos una interlocución de la misma naturaleza, parecía, no ya necesario sino también imprescindible. La segunda razón por la que SCC recaba un particular respaldo reside en su capacidad renovadora.

Este segundo aspecto se detecta en su manifiesto. “Reivindicamos –dicen los promotores de esta asociación– la que justifique los enormes costes del proceso independentista”. Expresiones que aluden a una valoración compartida incluso por los más receptivos, desde fuera de Catalunya, a la demanda de parte de su sociedad y que remiten a la desproporción entre el agravio que una parte importante de los catalanes ha interiorizado y la solución traumática que se propone como remedio. La SCC no es una agrupación de botiflers, aunque quizás no se libre del “estigma”.

Uno de los promotores de SCC me argüía que esta crisis territorial podía ser una gran oportunidad en la autopercepción colectiva de pertenencias y otro me exponía que el manifiesto y su lenguaje, la concepción última de esta plataforma, tiene una vocación renovadora del entendimiento dual de la identidad –catalana y española– pero enlazada con la ciudadanía europea. Late una idea, pues, emparentada con la extraversión del catalanismo que fue una forma de superar la incomodidad catalana en el redil estatal español. Volveríamos a Vicens Vives: “España sería la nación y Catalunya, la patria”. Muchos creen que este modo de argumentar es anacrónico. No: es la única manera de salvarse del vacío que a unos confunde, a otros atrae y a muchos, ciega. Aquí y allí. La cuestión catalana es ya, y de nuevo, la gran cuestión española.

José Antonio Zarzalejos

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *