La Italia rota de Berlusconi

Por Mateo Madridejos, periodista e historiador (EL PERIÓDICO, 12/04/06):

La caída del régimen político en Italia en 1993, arrastrado por la inestabilidad crónica y la corrupción en forma de sobornos y comisiones, forzaron una reforma insuficiente y alicorta, más cosmética que de fondo, pronto desbordada por el populismo de Silvio Berlusconi, el magnate de los medios de comunicación cuyos intereses están en perpetua colisión con los del Estado. Trece años después de la limpieza de los establos por los jueces de Manos limpias, tras cinco años de Gobierno de Il Cavaliere, la precaria victoria de La Unión, la coalición de centroizquierda dirigida por Romano Prodi, no aclara un panorama moral y políticamente sombrío.
Como todos los populistas, Berlusconi pretendió construir una democracia plebiscitaria asentada en la manipulación, los favores fiscales para las clases medias, la hipnosis de los sectores menos ilustrados mediante la conversión de la política en un espectáculo, que suscita más emociones que debate, y la degradación del periodismo hasta devenir un arma estrictamente sectaria. La última campaña electoral, la más sucia y violenta de la historia, que fracturó literalmente al país, convirtió al jefe del Gobierno en un histrión airado, pero ya los males que afligen a las democracias europeas en crisis habían adquirido una dimensión asfixiante y precipitaron una azarosa polarización.
En contra de las previsiones, la estabilidad política del último quinquenio no garantizó el progreso económico, quizá porque la liberalización sólo podía ser un espejismo mientras el jefe del Gobierno blindaba sus negocios y triplicaba su fortuna. La situación se deterioró hasta la recesión y la parálisis. Los que cerraron los ojos y se taparon la nariz ante la corrupción y la inmoralidad, en la ilusión de que Berlusconi, al frente de un partido-empresa, conseguiría óptimos resultados, sufrieron una tremenda decepción. A la larga, el conflicto de intereses no sólo produjo repugnancia ética y enojosos problemas judiciales, sino que desencadenó un desastre económico.
Italia es el país más endeudado de Europa, su crecimiento está estancado, la economía clandestina sigue donde solía, las mafias mantienen su poder, la pobreza galopa de nuevo y la inversión en tecnología está por debajo de la española. Acorralado incluso por la inflación, Berlusconi no vaciló en culpar demagógicamente al euro, cuyo sometimiento a la disciplina comunitaria impide el perverso y reiterado recurso de devaluar la divisa para ganar competitividad y reducir indirectamente los salarios. Los problemas estructurales persisten, cuando no enconados por la atonía y la inmigración. Pese a la pretensión del jefe del Gobierno de presentarse como un reformista liberal, lo cierto es que durante su mandato el déficit del Estado aumentó en el 30%.

LOS SUEÑOS de un nuevo sistema político más decente y previsible se han esfumado. Los observadores italianos coinciden en subrayar la apatía cuando no el pesimismo de los ciudadanos. Lo que se vislumbra tras las dos heteróclitas coaliciones enfrentadas semeja demasiado al anfiteatro semiderruido de los partidos de siempre, dislocados pero no enterrados por el vendaval de las Manos limpias y la maquinaria infernal y mediática de Sua Emittenza. Los respectivos programas electorales estaban viciados por el oportunismo y los imperativos de la convergencia en el mínimo común denominador, poco creíbles como panacea para la decaída economía. Por lo tanto, parece haber llegado la hora de los pequeños partidos surgidos a derecha e izquierda de los restos del naufragio de la democracia cristiana, siempre aureolada por la eternidad.
Una de las últimas leyes que aprobó Berlusconi en el 2005 introdujo el enrevesado sistema electoral de “doble proporcionalidad”, que reemplazó al mayoritario de 1993. La exorbitante prima otorgada al vencedor explica que La Unión alcance la mayoría absoluta de 340 escaños, pese a que su ventaja es sólo de 25.000 votos, de manera que la ley se ha vuelto contra su progenitor y ha sellado su derrota. La nueva situación parlamentaria, en especial en el Senado, será una incitación para las más extravagantes combinaciones y probablemente sembrará de obstáculos, como en el antiguo régimen, la espinosa vía de las reformas que Prodi prometió.

LA COALICIÓN de centroizquierda, cohesionada por un tecnócrata aburrido y centrista genuino como Prodi, apóstol frustrado de la armonía, agrupa en su seno a los comunistas de la hoz y el martillo, los comunistas devenidos socialdemócratas, los democristianos de toda la vida, los ecologistas y los pensionistas. Una alianza similar, con Prodi como jefe del Gobierno, se desintegró en 1998 tras dos años de ardua coexistencia. El carácter polifónico de La Unión concitó la diatriba durante la campaña electoral, pero los adversarios de Berlusconi replicaron que la Casa de las Libertades, que incluye a democristianos y socialistas, junto a posfascistas de Alianza Nacional y xenófobos de la Liga Norte, jamás tuvo un discurso unitario.
Los resultados reflejan una dramática división y permiten augurar el retorno de la inestabilidad, la resurrección de la partidocracia y el probable arbitrio de las urnas. Un país spaccato (desgarrado, roto), según sentencia el Corriere della Sera milanés, con un desgarro profundo surgido de la confrontación buscada por el Il Cavaliere, de su estrategia de guerra fría, de su falta de escrúpulos. Una herencia abominable del populismo si la discordia se adueña del Parlamento. Y si Berlusconi hiciera mutis, ¿cuál es el programa? ¿Acaso la frágil coalición de Prodi podrá restañar tan profunda herida nacional? Sólo una gran coalición a la alemana con un programa de emergencia mitigaría el lúgubre pronóstico.