La justificación de un fracaso anunciado

Por Javier Rojo (EL CORREO DIGITAL, 19/12/07):

La confirmación clara y nítida de que el Gobierno, en estos cuatro años de legislatura, no ha hecho dejación de funciones ni ha pactado nada con ETA la demuestra la eficacia con que las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado están actuando contra los terroristas y quienes les apoyan.

Es cierto que en estos últimos meses la organización criminal ha hecho lo único que sabe hacer, es decir, causar mucho dolor en la sociedad española y en las familias de los dos guardias civiles asesinados en Capbreton (Francia) por tres pistoleros de ETA, de los cuales dos ya han sido detenidos. Es cierto que han causado daños en Sestao y también en Getxo con la colocación de artefactos explosivos y que ETA ha vuelto a intentar justificar lo injustificable en un comunicado infumable e incendiario en el que vuelven a amenazarnos de forma vil y cobarde, la única manera que conocen de actuar en la vida.

Sin embargo y con esta realidad, el presidente que debiera de ser de todos los vascos, el lehendakari, Juan José Ibarretxe, sigue instalado en una apelación constante al derecho de la sociedad vasca a decidir su futuro. Y no alcanzo a comprender qué quiere decir con ello ya que los vascos llevamos años decidiendo sobre nuestro futuro. Tanto decidimos los vascos que está él de presidente. Sin embargo, sigue empeñado en llevar adelante una consulta para no se sabe muy bien qué, en una perfecta escenificación de un fracaso político y de un empecinamiento personal en contra de la realidad social vasca.

No le bastó con sacar adelante su Plan en el Parlamento Vasco con el apoyo de los que respaldan la quiebra de la convivencia. Parece ser que tampoco le sirvió el 'no' rotundo y sereno que le dieron las Cortes Generales y, consecuencia de esta negativa, adelantó las elecciones autonómicas y las quiso transformar en un plebiscito sobre su propuesta. Los vascos le restaron más de 140.000 votos. Pero el lehendakari Ibarretxe, pensando que a lo mejor la sociedad vasca no le había entendido bien, volvió a presentarse con su plan debajo del brazo a los comicios municipales y forales en Euskadi. Y volvió a perder 80.000 votos.

A pesar de este nuevo fracaso, el lehendakari persiste en el error al proponer llevar a cabo una consulta para que los vascos nos pronunciemos sobre, reitero, no sabemos qué en octubre de 2008 en una estrambótica propuesta que él sabe que es imposible materializar.

Hay un sinfín de voces autorizadas, también dentro de su propio partido, que piden al lehendakari Ibarretxe que dé marcha atrás y no incida en su error. A ello hay que sumar el 'no' rotundo, con el que ya cuenta, de las Juntas Generales de Álava, los sindicatos, las cajas de ahorros, el Círculo de Empresarios y muchos ayuntamientos vascos.

Pero el lehendakari Ibarretxe parece que no quiere escuchar lo que ya empieza a ser un clamor en la sociedad vasca: que no se puede aceptar su propuesta porque está queriendo justificar un soberanismo caduco que no tiene ningún futuro. Más aún cuando los propios nacionalistas cuestionan y devalúan el principio de soberanía para los Estados. Es un viaje hacia atrás, un viaje en el tiempo hacia otro siglo, un regreso al pasado. Una propuesta que no da solución a los problemas que tiene la sociedad. Una propuesta contra la convivencia.

El recién estrenado presidente del EBB del PNV, Iñigo Urkullu, debería tener claro que la sociedad vasca rechaza aventuras que no conducen a ningún sitio porque queremos seguir formando parte de la UE. Queremos compartir, queremos convivir en la pluralidad real que inunda nuestras familias y nuestro entorno, queremos seguir formando parte de España porque España suma, no resta. Porque gracias a esta España plural y descentralizada podemos lograr nuestras metas y ser vanguardia del progreso económico y social.

No podemos olvidar que Euskadi es lo que es gracias al Estatuto de Gernika, un estatuto de integración, que respeta las pluralidades de la sociedad vasca, y con una capacidad de autogobierno de las más profundas del mundo. No hay regla política ni jurídica, en el ámbito nacional o el internacional, que justifique supuestos derechos de autodeterminación o secesión, o como se le quiera llamar, con tal nivel de libertades y derechos propios para una colectividad.

Entonces, ¿qué pretende el lehendakari? La respuesta es clara. El nacionalismo vasco atraviesa por una crisis y nos la pretende trasladar a la sociedad vasca para que seamos nosotros quienes la resolvamos. Y la ciudadanía de Euskadi no puede solventar los problemas internos de ningún partido. Son los propios nacionalistas vascos en este caso quienes deben de saber conjugar, de una vez por todas, tradición y modernidad porque, de lo contrario, el lehendakari seguirá generando frustración en la ciudadanía vasca y demostrando su incapacidad para presentar soluciones a nuestros problemas.

Y con todo, resulta un insulto a la inteligencia y una falta de sensibilidad el hecho de que el lehendakari Ibarretxe pretenda seguir con su iniciativa obviando la existencia del terrorismo de ETA y de su entorno violento.

Todos estos hechos me llevan a concluir que el lehendakari está tratando de justificar su propio fracaso. El error que cometen quienes pretenden un proceso de independencia, más o menos disfrazada con propuestas al margen de la legalidad, es intentar justificar un fin en sí mismo. Y sólo se explica desde el agotamiento del discurso nacionalista más radical. No tiene sentido pretender desbordar nuestro ordenamiento jurídico para tratar de construir sociedades cerradas en sí mismas y excluyentes. Nuestro destino está dentro, y no fuera, del marco que compartimos en Europa. Dentro, y no fuera, de España. En suma, dentro, y no fuera, de la realidad política.

La Euskadi del siglo XXI no puede depender de nuestra historia pasada, sino del proyecto de futuro con el que consigamos ilusionar a la sociedad. Tenemos que ser capaces de compartir un proyecto de vida donde quepamos todos. Reconociendo el sentimiento de identidad de quienes no tenemos una identidad unívoca, ni tan sólo dos lenguas o una tradición cultural.

Somos muchos los vascos que aspiramos a que la libertad nos haga tan iguales al resto de los europeos como lo dicen los grandes textos políticos y lo proclaman incluso aquellos que no se dan cuenta de que por algunos caminos no sólo no se llega a la paz, sino que se pierde el sentido de la orientación que lleva a la libertad.

Somos muchos los vascos que pensamos que merece la pena seguir peleando y viviendo, sobre todo viviendo, por defender las ideas, tratando de colocar la memoria en su lugar, e impidiendo que el pseudopensamiento integrista, esquemático del nacionalismo más radical, se adueñe de Euskadi moldeándola a la medida de los tópicos simplistas que pueblan la imaginería de los dogmáticos.

En definitiva, somos muchos los demócratas que llevamos años esforzándonos por consensuar un modelo político de convivencia, transversal, en el que quepamos todos excepto aquellos que repudian la democracia mediante el uso de las armas y quienes les apoyan. Lo que se espera del presidente que debiera ser de todos los vascos es una propuesta para toda la sociedad vasca y para sumar, de una vez y para siempre, las dos almas de Euskadi y no enredarse más en la justificación de un fracaso anunciado.