La juventud árabe, entre la exclusión y la espera

La súbita erupción de la revuelta social de Túnez y Egipto, una movilización popular encabezada por jóvenes -por cierto, de ambos sexos-, ha girado el foco de la atención internacional hacia estos dos países, percibidos como heraldos de posibles cambios modernizadores en el mundo árabe.

Lo que está ocurriendo puede interpretarse como síntoma y a la vez como consecuencia de procesos sociales protagonizados por los grupos de población joven ampliamente mayoritarios en todo el norte de África y Oriente Próximo (región MENA, siglas en inglés), que son el resultado acumulativo de una larga y profunda transición demográfica, iniciada hace tres o cuatro décadas, mediante sucesivos descensos de la mortalidad infantil y la fecundidad, con altos crecimientos de la población en los periodos intermedios, en la cual Túnez ha ocupado un lugar de avanzada.

En palabras del demógrafo libanés Youssef Courbage, “la transición demográfica es un test de Rorschach de la sociedad: revela sus dudas y sus certezas, los conflictos y las líneas divisorias sociales y puede aclarar las relaciones entre el poder y la población, los avances, la marginación y los límites de la cohesión nacional”.

Por esta razón, para tratar de descifrar las claves de esta “cólera política juvenil” tunecina y egipcia, manifestación de un fenómeno latente en muchos países árabes, es conveniente tener en cuenta la interacción de factores demográficos y sociales subyacentes.

La región MENA se encuentra en la actualidad en el nivel más alto de una “plétora juvenil”, compuesta por más de 100 millones de jóvenes de entre 15 y 29 años enfrentados a grandes desafíos en su transición a la edad adulta. Estos jóvenes constituyen aproximadamente un tercio de la población total y cerca de la mitad de la población en edad activa.

En principio, la presencia de esta plétora juvenil ofrece una gran oportunidad durante un periodo en el cual la población en edad activa representa una amplia y creciente mayoría de la población total, respecto a la población dependiente (niños y ancianos). Este “bono demográfico”, generado por la reducción de las ratios de dependencia económica, se produce en una fase de la transición demográfica que abre la posibilidad de ampliar la participación laboral (en las edades en que la productividad es máxima), incrementar las tasas de ahorro e inversión e impulsar, en definitiva, un mayor crecimiento económico per cápita, si se cuenta con un entorno institucional y político adecuado.

Sin embargo, la gran mayoría de países árabes está perdiendo esta gran ocasión histórica. En Túnez, debido a su inicio temprano de la transición, la ventana de oportunidad se estaría cerrando durante esta década.

De acuerdo a una amplia evidencia disponible (especialmente los estudios de Tarik Yousef y Paul Dyer en el marco de la Middle East Youth Initiative, http://www.shababinclusion.org), el potencial transformador de esta plétora juvenil no se está aprovechando adecuadamente y, lo que es aún más grave, la juventud árabe es en gran parte una población socialmente excluida de ámbitos cruciales como la educación, el empleo y la vivienda. Esta exclusión dificulta y dilata extraordinariamente su inserción productiva y social en un largo periodo de incertidumbre o de “espera”, con un riesgo y frustración crecientes.

Existe una gran brecha disfuncional entre las competencias adquiridas por los jóvenes de la región MENA, tradicionalmente orientadas al hipertrofiado sector público, y las solicitadas por los nuevos mercados laborales en el contexto de la reestructuración económica exigida por la competencia global. El epicentro de la exclusión reside en el alto desempleo y ocupación precaria de los jóvenes árabes. Se estima que, en promedio, uno de cada tres jóvenes de 15 a 29 años está desempleado, y en países como Egipto (el país más poblado) y Túnez superan con creces esta proporción. Dado su elevado peso demográfico, los jóvenes representan más de la mitad del total de desempleados de la región, en general de larga duración, con mayor incidencia entre las mujeres.

El coste económico de esta exclusión es enorme. Estimaciones del Banco Mundial han cifrado el coste de la exclusión de las mujeres en los mercados laborales de la región MENA en una pérdida del 25% de los ingresos de los hogares y una reducción de la tasa de crecimiento de la economía próxima al 1% anual. Por añadidura, en términos de desarrollo humano, los costes sociales son muy superiores.

En este contexto, es paradigmático que la chispa de la revuelta tunecina esté personificada por la inmolación de un joven, precario vendedor ambulante y único empleado de un hogar de ocho miembros.

Frustrados en sus aspiraciones básicas de autonomía personal e independencia económica y excluidos también de la participación política, por el gran déficit de libertades y la represión existentes en toda la región, no es de extrañar que los jóvenes árabes, hombres y mujeres, empiecen a considerar que el largo periodo de “espera” se está acabando.

Por Tomás Jiménez Araya, profesor consultor del Máster de Derechos Humanos y Democracia-UOC y editor de Población y Desarrollo en el Mediterráneo. Transiciones demográficas y desigualdades socioeconómicas.

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