La lactancia, cosa de dos

Una madre que amamanta a su bebé es una madre que amamanta a su bebé. Quiero decir que el acto por sí mismo los implica a ellos dos. El suyo es un hecho particular, íntimo, que no va contra nadie, no hace ningún daño, no requiere de ningún tipo de ayuda. No hace ruido, no contamina y, en cambio, es una de las acciones femeninas que más controversias generan.

Leyendo el domingo a la compañera Emma Riverola, que apuntaba a la lactancia prolongada como posible nuevo yugo que limita las aspiraciones de las mujeres, me entraron todas la dudas, sobre todo porque es alguien que suele poner el dedo en la llaga cuando de la condición de la mujer se trata. ¿Nos hemos equivocado las que hemos dado el pecho mucho tiempo? ¿Nos hemos dejado llevar por sentimientos maternales exagerados? ¿Nos han engañado de algún modo?

No lo sé, pero creo que este fenómeno reivindicativo de la maternidad y la lactancia de ahora que puede parecer excesivo tendría que ser escuchado sin juicios previos, con atención para ver de qué es síntoma. Para mí es la punta del iceberg de un movimiento mucho más amplio que quiere, simplemente, llevar a cabo esta función vital de una forma más consciente. Algo nada extraño: a día de hoy, al menos aquí, la decisión de tener una criatura se toma con más conocimiento que nunca.

La mayoría de madres que conozco son lo bastante mayores como para saber lo que se hacen, han tardado mucho en dar el paso, se han informado bien. Lo más probable es que no tengan más de uno o dos hijos, lo que quiere decir que el tanto por ciento de tiempo que van a dedicar a la crianza en el conjunto de su vida será más bien bajo. A lo mejor por esto la maternidad se ha convertido, de hecho, en una especie de lujo al alcance de unas pocas. Más lujo es aún el poder decidir qué tipo de maternidad se quiere.

A nivel puramente práctico es oportuno señalar que la lactancia es mucho más cómoda que el biberón. El pecho lo llevas siempre encima, a la temperatura justa, no tienes que esterilizar ni calentar ni mezclar nada. Si el bebé no quiere más, no tienes que tirar la leche. Y no necesita espera. Cuando tiene hambre, haces algo tan simple como darle un alimento que está listo a todas horas. Por las noches, sobre todo, se agradece poder atenderlo sin despertarnos del todo. La leche natural de las hembras humanas es gratuita y ahorra muchos problemas.

La OMS recomienda que la lactancia exclusiva sea hasta los seis meses. No es tanto tiempo. Pero la baja por maternidad es más corta, así que las mayores dificultades para seguir con el pecho suelen presentarse en este momento. Un bebé de 16 semanas es un ser a medio hacer y casi todas las madres que conozco viven con angustia la reincorporación al trabajo. La mayoría acaban sacando de sus propios derechos laborales un poco más de tiempo para alargar la baja: el mes de vacaciones, concentrar las horas de lactancia…, lo que se pueda.

Hace años que se reivindica un permiso de maternidad más largo, pero, tal como señala Carolina del Olmo en su blog, al ser esta una petición hecha solo por mujeres, no ha sido nunca escuchada. Ahora tendremos permisos iguales, cosa que ignora las funciones específicas de las madres al negar las diferencias que suponen el embarazo, el parto y la recuperación posterior. Quiero recordar que de las 16 semanas de ahora, seis son de baja médica para el puerperio. Negar esta diferencia biológica me parece una nueva discriminación.

Pero volviendo al tema de la lactancia: está sobradamente demostrado que se trata de una de las inversiones en salud pública más importantes que se pueden hacer. Dar el pecho no es solo bueno para el bebé, su bienestar físico, emocional y su desarrollo, también es algo muy positivo para la salud de la madre. Por no hablar del tema afectivo, nada secundario aunque no cotice en bolsa. La separación que se produce tras el parto es un hecho traumático en sí mismo que se ve amortizado por esta prolongación de la vinculación física entre estos dos cuerpos que hace nada eran uno. No es poco lo de tener a alguien dentro y luego fuera, por eso la Naturaleza ha previsto esta etapa de transición. No es eterna. Así como después del nacimiento las madres tenemos el instinto de amamantar al recién nacido, cuando este empieza a ser una personita independiente también surge una fuerza, tan instintiva como la anterior, que nos lleva a querer la separación y, por lo tanto, al final de la lactancia. A lo mejor esta es la parte que reprimen algunas de sus defensoras: que también llega a su fin.

Najat El Hachmi, escritora

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