La lección de las imágenes de Faluya

Por Errol Morris, realizador y director de cine (EL MUNDO, 24/11/04):

Todo en esta vida parece girar en torno a la negación: la negación de la muerte, la negación de la realidad, la negación de todo aquello que nos conviene negar. Debido a las relaciones de causalidad que establece con el mundo, la fotografía parece que nos cuenta la verdad o algo que se acerca a la verdad. Soy escéptico al respecto por muchas razones. No obstante, incluso en el supuesto de que la fotografía no nos cuente la verdad, hace que nos resulte muy difícil negar la realidad. Pone riendas a la fantasía, a la confabulación y al autoengaño. Introduce límites y fronteras.Restringe nuestra capacidad de contar mentiras (a nosotros mismos y a los demás).

En la intimidad de nuestros pensamientos, podemos imaginar que la guerra es heroica y honorable, incluso noble. La fotografía hará que nos resulte difícil mantener esas ilusiones. Véase el vídeo reciente del rebelde iraquí al que un infante de Marina tirotea y mata en Faluya. No nos cuenta todo lo que necesitamos saber acerca de lo ocurrido. No nos cuenta lo que pasaba por la cabeza del infante de Marina ni lo que pasaba por la cabeza de su prisionero, es decir, lo que éste estaba pensando antes de que lo mataran a tiros. Sin embargo, nos cuenta que ha ocurrido algo. Como consecuencia de ello, hace que resulte mucho más difícil negar los tiros y la muerte.

Sin duda alguna, habrá una investigación, un intento de proporcionar un contexto a lo ocurrido y de rellenarlo con detalles concretos: las razones de que el prisionero estuviera allí y quién era; la duda sobre si el infante de Marina obró conforme a instrucciones recibidas de sus superiores y sobre cuáles fueron éstas en concreto o sobre si obró en defensa propia. Seguirá en pie una pregunta capital: ¿qué es lo que estamos viendo? Esa pregunta no va a dejar de martillearnos. De la misma manera que tampoco han dejado de martillearnos las fotos de Abu Ghraib. Las fotos constituyen una prueba material y, como tales, forman parte de los esfuerzos por entender lo que realmente haya ocurrido.

Las fotos nos obligan a ordenar nuestros pensamientos. Nos hacen pensar en motivaciones, en intenciones; nos hacen pensar en cómo interpretamos nuestras experiencias, en cómo pensamos el mundo, en cómo nos esforzarnos por entender los motivos de otros (es posible que eso esté en nuestro ADN. Miramos las fotos de otras personas y queremos saber qué era lo que estaban pensando). Cuando la fotografía en cuestión es de un crimen o de un acto violento, todavía nos esforzamos más en pensar. Son imágenes que hacen que nos interesemos porque hacen que formemos parte del misterio de lo ocurrido. No somos meros espectadores; somos investigadores.Estamos implicados. ¿Qué significan esas imágenes? ¿Qué es lo que muestran? ¿Qué es lo que ha llevado a que ocurran estos hechos? ¿Hay circunstancias atenuantes? ¿Son tan horribles como parecen?

Las fotos proporcionan un punto alrededor del cual se ordenan otras pruebas. Forman parte de una investigación, pero no la sustituyen. Quedan todavía por contestar las preguntas de fondo.Esa es la razón por la que tenemos una legislación internacional, normas de guerra y códigos de conducta militar. Hay un hecho en este asunto que hay que determinar: si este acto se cometió a sangre fría y constituye por tanto un crimen de guerra y, en su caso, quién debería ser considerado responsable. De acuerdo con la investigación, las fotografías de Abu Ghraib resultaron ser lo que parecían ser: fotografías de torturas y malos tratos.Eran tan horribles como parecían; incluso peores. A algunos de los soldados que aparecían en ellas se les encontró responsables.Sin embargo, esa responsabilidad no se extendió muy hacia arriba en la cadena de mando. Por otra parte, hubo quienes consideraron que, por supuesto, las torturas y los malos tratos estaban justificados

Desgraciadamente, un hecho infalible de la naturaleza humana es que negamos habitualmente la evidencia de lo que percibimos por nuestros sentidos. Si estamos empeñados en creer algo, encontraremos por lo general la manera de hacerlo con independencia de las pruebas en contra. Debemos creer en lo que vemos, y no al revés.

La interpretación de ese vídeo obligará a mucha gente a plantearse toda una serie de preguntas acerca de Irak. Todo el mundo interpretará esa grabación de acuerdo con sus convicciones ideológicas. ¿Estamos contemplando el rostro de la libertad en plena actuación o las huellas de un monstruo bestial que ha perdido el control y que va dejando un reguero de cadáveres a su paso? Estas imágenes causarán poca impresión en los partidarios más acérrimos de la Guerra de Irak. Para ellos, los fines por los que se está librando esta guerra justifican los medios. La guerra es sangrienta, brutal; el enemigo es depravado. Sin embargo, el objetivo de extender la libertad otorga el perdón a lo que hay que hacer para llevarlo a cabo. Desde su punto de vista, la guerra es una desgracia, pero una desgracia necesaria.

Para las personas que, como yo mismo, sean profundamente escépticas respecto de esta guerra, no está claro cuáles pueden ser los fines de esta guerra. No parece que se trate de que Irak sea más libre ni de que lo sea en un futuro inmediato. Pueden decir de mí que soy el clásico que siempre dice que no a todo o pueden llamarme escéptico, pero todo lo que veo en los periódicos no parece más que una sucesión de hechos violentos. Es más, si no se ve ningún fin a esta guerra, todos esos terribles medios (los métodos con los que se está librando esta guerra) parecen, en el mejor de los casos, equivocados y, en el peor, profundamente injustos.

John Keegan, en su libro The Face of Battle (El rostro de la batalla), escribe acerca de la batalla de Agincourt. Enrique V había invadido Francia llevado por su ambición política. Estaba ansioso por ser algo más que sólo el rey de Inglaterra (Shakespeare pone esta frase en labios de Enrique: «Los signos de la guerra lo adelantan, no seré rey de Inglaterra si no soy rey de Francia»).En un momento crítico en plena batalla, Enrique ordena que todos los prisioneros franceses sean pasados por las armas. Son muchos.Si el curso del combate se volviera contra los ingleses, los prisioneros franceses constituirían una amenaza inaceptable.Keegan escribe acerca de esta decisión de Enrique que es «comprensible en una lógica táctica implacable, pero mucho más difícil de entender en términos éticos, prácticos y humanos».

En muchos aspectos, no hemos progresado gran cosa en seis siglos.Es de suponer que matar a un prisionero desarmado y herido no es un ejemplo de trato humano aplicado conforme a las Convenciones de Ginebra. Así pues, estoy obligado a juzgar el caso conforme a mis convicciones ideológicas. Durante bastante tiempo sentí una cierta inquietud por si nos estábamos metiendo en una ratonera en Irak, de forma muy parecida a la ratonera en la que nos metimos en Vietnam. No quiere decirse que Irak sea el Vietnam de ahora.Las condiciones geopolíticas son completamente diferentes. Así y todo, tienen un elemento en común: nuestra capacidad de autoengaño, de negación y de evasión de la realidad.

Con vídeo o sin vídeo, eso es lo que no deja de martillearnos.