La lección de Ulises

Por suerte para Ulises, los marineros no se pusieron quisquillosos con que su jefe fuera un inmovilista. Vaya por delante que, para su fortuna, ningún Ibarretxe estaba allí para soltarle un «¿qué hay de malo en ello?» que diera el pistoletazo de salida a una campaña de propaganda pidiendo escuchar a las sirenas, como paso previo a dialogar y negociar con ellas. Para los que no conozcan el núcleo de esta gran historia, las sirenas seducían a los marineros con sus cantos y, una vez en su poder, los devoraban. Ulises indicó a su gente que lo atasen al mástil para escuchar los cantos sin riesgos, mientras los marineros se tapaban los oídos con cera. No era un inmovilista.

Pienso con frecuencia en el viaje a Ítaca, porque el Mediterráneo se ha convertido en uno de los escenarios de la tragedia de decenas de miles de personas que huyen de los fanáticos, mientras los gobiernos alargan la desdicha por actuar de forma insuficiente, y sin preocuparse por la eficacia en atajar el espanto. Durante meses cruciales se han escondido detrás de grandes declaraciones esperando inútilmente a que la opinión pública cambiase el foco de atención. Son los países en el Consejo los máximos responsables en Europa de la dejación de su oficio político, de su negligencia en la función de coliderar una comunidad mundial en tiempos de la globalización. La dotación del Programa Mundial de Alimentos de la ONU se redujo de una forma brutal en 2014 –40% en los campos con refugiados sirios–, y ahora las autoridades reconocen que esto también ha generado que los desesperados hayan iniciado una ruta llena de peligros hacia Europa, alimentando las fortunas de los delincuentes que trafican con seres humanos.

La lección de UlisesEl Parlamento Europeo, de hecho, lleva mucho tiempo alertando de la crisis de los refugiados, de una guerra que crecía como una bola de nieve. Y no nos hacían caso, créanme. La mayoría de los diputados europeos hemos clamado cada día en comisiones y plenos. Diputados de todas las nacionalidades, desde los conservadores hasta la izquierda, casi sin excepción. Hemos apoyado a la Comisión en su intento de gestión de la parte que le toca, a pesar de que los ritmos burocráticos son insuficientes y siempre llevan un año de retraso con respecto a la realidad. Y cuando se aborda, se realiza con recursos claramente insuficientes.

A la hora de escribir este artículo la Comisión acaba de indicarnos cinco cosas: que van a reforzar a las agencias que están mal financiadas y mal dotadas en recursos humanos, pero van a poner una cantidad ridícula de fondos y de personal, 120 personas en total, para las agencias Europol –oficina europea de Policía–, Frontex –agencia europea para la gestión de fronteras exteriores–, y Easo –oficina europea de apoyo al asilo–.

Nos han indicado que ni Alemania ni Eslovenia ni Austria han incumplido las reglas del Espacio Schengen y que los reglamentos de sanción a los países que no cumplen la legislación comunitaria sobre asilo –entre ellos España– va a ser el ordinario, esto es, muy lento y poco disuasorio.

Han indicado que saben que se ha vejado y robado a refugiados en Serbia y Macedonia, pero que irán con tiento. Y, ¡oh!, sorpresa, que quieren reactivar el mecanismo de Dublín –que se dejó de utilizar de hecho, porque consagra el principio de insolidaridad con el primer país al que llegan los hombres, mujeres y niños que huyen– para dejar de incentivar lo que llaman tránsitos secundarios por los países del continente, a través de la ruta de los Balcanes u otras.

Para estupefacción de cualquier observador atento, el año pasado la Comisión no aplicó 173 millones de euros destinados al Fondo de Asilo, Migración e Integración por problemas burocráticos. He conocido niños, niñas y otras personas vulnerables que siguen en tiendas de campaña en centros de acogida por este motivo y cuando se cambió el reglamento de regulación, en marzo de 2015, pasó desapercibido.

Los nacionalismos de Estado, los egoísmos, las burbujas burocráticas conformadas por reglas y palabras eufemísticas actúan como cantos de sirena que subyugan o tranquilizan las conciencias, pero pueden devorar a Europa. El mástil de nuestra nave, al que atarnos, no es otro que los valores y derechos fundamentales que aprobamos como cimiento de la construcción política europea. La sirena más caníbal para el futuro de Europa, sin ningún género de duda, sería alcanzar el cinismo completo sobre los valores que invocamos y que sustentan los Tratados de la Unión.

Ulises también personifica al líder que sabe resistir a los embaucadores que buscan la ruina de las comunidades. Hay paralelismos hoy entre los más astutos juegos de trile de los nacionalpopulistas en España y en otros lugares de Europa. En la Comisión de Asuntos Constitucionales asomó hace muy pocos días la cuestión del referéndum británico sobre la permanencia en la Unión Europea y el anuncio de negociaciones para contentar a Cameron, por motivar a los británicos al voto positivo, a no abandonar la Unión Europea. Los populistas de UKIP han intoxicado la política británica y ahora nos pretenden endosar la debilidad del liderazgo político en forma de chantaje político. Este canto de sirena que puede reventar la Unión Europea no es sino el miedo y el angelismo que nos lleve a enredarnos en las pulsiones tóxicas del actual panorama de la política británica. Los cantos están a punto de llegar a nuestros oídos. Jacques Delors, antiguo presidente de la Comisión Europea, lleva años alertando de este peligro y ha llegado a invitar, en alguna ocasión, a los británicos a que se vayan si así lo consideran, pero que no se imposibilite el futuro de la construcción política, social y económica europea en un entorno mundial global y digital.

Existen los nacionalpopulistas en España. Existen, pero durante décadas no se percibía ni su naturaleza, ni su toxicidad. Artur Mas ha llegado a poner al descubierto sus rasgos: la falsificación de la comunidad y de su historia, el establecimiento de ésta como víctima histórica perfecta, la reivindicación de una forma única, natural, esencial y auténtica del ser cultural y político –la suya– y un lenguaje político ultrasentimental.

Conviene recordar ahora a las buenas gentes que consideraban que había que ceder ante el plan de Ibarretxe, o que temían que la ilegalización de los socios políticos de ETA trajera una enorme convulsión social; a los que hubieran preferido que no se ilegalizaran actividades de coordinación estratégica con una organización terrorista. Eran opciones con los mayores costes, en realidad. La cesión al chantaje, la impunidad por miedo a la acción de las leyes destroza el tejido político y social que empasta la sociedad y asciende a los peores gobernantes. Tardar tanto tiempo en ilegalizar a los colaboradores de ETA obligó además a la heroicidad de las personas con sentido cívico y les expuso a la muerte civil –o física– por invocar la ley frente al disimulo. Convendría no olvidarlo.

El mástil al que atarse, según se deduce, es la ley, es la honestidad a la hora de encarar el miedo. Cambiar la ley según las reglas y obligar a la responsabilidad de los dirigentes públicos resulta crucial. Ofrecer reformar la Constitución para contentar a los que nunca van a estar contentos y tienen un extraordinario negocio en el independentismo supone profundizar el error de 1984 con el caso de Banca Catalana o el de Zapatero y Maragall con el Estatuto de Cataluña.

Estos días he hablado con algunos catalanes que temen la confrontación social que podría llegar en los próximos tiempos y hay dirigentes políticos e influyentes medios de comunicación que dudan con ofrecer cesiones, por calmar a los secesionistas. Por un tiempo tal vez fuera así, pero se pueden –se deben– realizar dos grandes consideraciones al respecto: siempre resulta inaceptable que un representante público haga trampas a las reglas de juego comunes desde el poder que le otorga la democracia y un mayor debilitamiento del Estado lo tocaría, tal vez, de muerte.

Maite Pagazaurtundua es diputada por UPyD en el Parlamento Europeo.

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