La ley de la gravedad del poder

A principios del verano pasado me llamaron de La Moncloa para invitarme a realizar un viaje oficial a China y Japón en compañía del presidente del Gobierno. Me explicaron que el presidente deseaba darle un cariz cultural a su visita a Japón y que, para ello, habían decidido organizar en Tokio un diálogo entre creadores japoneses y españoles en el que yo participaría con otros tres creadores españoles después de viajar hasta Oriente en el avión presidencial. Una vez me hube cerciorado de que no se habían confundido de persona y de que de verdad estaban dispuestos a correr el riesgo de que un friki peligroso como yo acompañase al presidente, pensé aceptar la propuesta; luego pensé rechazarla; al final la acepté. Pensé aceptarla por curiosidad y, Dios me perdone, mucho me temo que por patriotismo: por curiosidad por el Poder, por curiosidad por Oriente; y también porque pensé que, si el presidente electo de tu país te reclama, es como si tu país te reclamase. Luego pensé rechazarla porque pensé en el qué dirán y porque me avergoncé de mi ataque de patriotismo o porque pensé que el único acto de patriotismo en el que puede incurrir un plumífero consiste en permanecer lo más lejos posible del poder, sobre todo un plumífero como yo, desprovisto de personalidad y proclive a cogerle cariño a la gente: en otras palabras, temí volver a mi casa proclamando a voz en grito que el presidente era una mezcla de Pericles y San José de Calasanz. Al final terminé aceptando porque la curiosidad pudo más que la vergüenza y que el miedo, y porque me prometieron que en Tokio conocería a Kenzaburo Oé.

No me arrepentí: el viaje fue apasionante. Como soy incapaz de resumir los descubrimientos que hice en él, me limitaré a exponer el más obvio, pero también el más trascendente: la existencia de la ley de la gravedad del poder. Esta ley elemental consta de una sola proposición, según la cual el poder atrae y protege, con una fuerza directamente proporcional a su potencia, a todo aquel que se halla a una distancia directamente proporcional a su potencia; en prosa: cuanto más poderoso es el poder, más atrae y protege. Lo cierto es que apenas entré en la órbita del presidente advertí que todo cambiaba: antes de montar en el avión presidencial no pasé un solo control de seguridad, durante el viaje tuve en mis manos la Copa del Mundo de fútbol, en Shanghái cortaron una autopista para que pasara la caravana presidencial y me hice una foto con Pau Gasol, en Tokio conversé con Oé. Disfruté a fondo de estos privilegios, pese a notar que se me subían con facilidad a la cabeza: baste decir que, después de fotografiarme con Gasol, noté que me costaba un trabajo horroroso condescender a fotografiarme con cualquiera que midiese menos de dos metros de altura. En cuanto al presidente, de cerca me pareció un tipo cordial, animoso, sonriente y delgado como un pincel, pero también un tipo disfrazado del presidente, como si no fuera el de verdad sino un doble. Por lo demás, yo diría que a simple vista no guarda la menor semejanza ni con Pericles ni con san José de Calasanz, pero tampoco con Jack el Destripador, así que me cayó bien; tanto que al día siguiente, cuando fue recibido en Shanghái por un funcionario chino de tercera categoría, me pregunté, indignado, qué había sido de la milenaria cortesía china, hasta que comprendí que para los chinos nuestro presidente era como para nosotros el capataz de una fábrica de uralita. Lo cual no significa que, incluso en China y Japón, la ley de la gravedad del poder dejase de operar en el presidente; en absoluto: la prueba es que, cuando me lo encontraba por los pasillos de los hoteles, yo tenía que dar media vuelta y aplastarme contra la pared y agarrarme al marco de la primera puerta que pillase si no quería que la fuerza de la gravedad del presidente me arrastrase sumándome a la comitiva de dignatarios que lo acompañaba, con el riesgo de acabar visitando una fábrica de baterías de coches eléctricos en Kioto; y la prueba también es que, mientras permanecí dentro del radio de acción del poder, viví en una burbuja de protección y preeminencia.

La burbuja reventó en cuanto llegamos a Madrid, o esa fue nuestra impresión inmediata. El plural abarca a Paco Roca, dibujante de cómics y compañero de viaje. De repente, recién bajados del avión presidencial, ambos nos vimos solos en Madrid, a las cuatro de la madrugada, sin tener adónde ir hasta que saliesen nuestros trenes respectivos (el suyo hacia Valencia, hacia Barcelona el mío). Huérfanos de los privilegios del poder, echamos a andar en busca de un bar abierto, y, mientras arrastrábamos nuestros maletones por las calles nocturnas, formulé en voz alta el primer esbozo de la ley de la gravedad del poder, a lo que Paco respondió contándome que él había sospechado que existía esa ley en el mismo momento en que preguntó si iban a pagarle el viaje de ida y vuelta entre Valencia y Madrid y le contestaron que no había presupuesto para eso. Por fin encontramos un bar abierto. Entramos, tomamos asiento y pedimos dos cafés, pero el camarero nos dijo que, si queríamos estar sentados, teníamos que pedir comida además de bebida; todavía intoxicado por la proximidad del poder, por un momento pensé en decirle al camarero que no sabía con quién estaba hablando, pero por fortuna me di cuenta a tiempo de que en el bar solo había putas, chorizos y drogadictos, y comprendí que todo había sido un sueño y que aquí estaba otra vez donde me correspondía, entre mis semejantes, mis hermanos. Sin tener hambre pedimos comida, lo que no impidió que al rato, justo cuando empezábamos a aliviarnos del jet lag descabezando un sueñecito, el camarero nos echara del bar a patadas. Así nos vimos otra vez en la calle, vagando sin rumbo por Madrid con nuestros maletones y nuestra profunda melancolía. Sobre las seis, cuando salió mi tren, Paco y yo nos dijimos adiós con un abrazo de nobles arruinados o cortesanos caídos en desgracia. Y aquí seguimos, recordando la felicidad del tiempo pasado junto al poder, meditando sobre la fugacidad de las glorias del mundo, exiliados y fuera de órbita, dando vueltas sin cesar por los espacios interestelares.

Javier Cercas, escritor.

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