La Ley de la Mentira Histórica

Zapatero, cuyas intenciones pudieron ser otras pero cuyos hechos lo señalan como el más nefasto presidente de la democracia española, en lo económico nos llevó hasta el abismo, en lo territorial desató al separatismo cuestionando él mismo la Nación que gobernaba, añadió a ello la siembra del odio político entre los españoles. Su torticera y revanchista Ley de Memoria Histórica fue el germen de lo que ahora ya cabalga y se exhibe como objetivo central, compartido gozosamente por la izquierda extrema y el separatismo: la destrucción del principio esencial de la Transición, la Reconciliación Nacional y tras ello proceder a la voladura de los cimientos que han enmarcado y propiciado los 40 de libertad y progreso, la Constitución del 78. Pero para ellos es previo convertir y trasformar el aliento de reconciliación en siembra de odio y acabar con el relato en positivo de un pasado inmediato de lo que unas generaciones entendieron y entienden como la definitiva superación del pasado y de las páginas terribles de vesania asesina, violencia y larga represión posterior de la II República, la Guerra Civil y la Dictadura Franquista.

En la Ley de ZP no dejaba de sacudirse un cierto complejo del partido socialista y un intento de colorear la inanidad, la inexistencia casi total del PSOE en la resistencia y lucha clandestina contra el franquismo liderada, en exclusiva casi, por los comunistas. Tan solo un grupo, activo y con influencia, encabezado por Nicolás Redondo Urbieta en el País Vasco y un puñadito vinculado a la universidad en Madrid, los Solana, Pablo Castellanos y Gregorio Peces Barba fue lo aportado en medio de un silencio y una incomparecencia clamorosa. Ninguno de los dirigentes que llegaron al gobierno en 1982 había pisado una cárcel franquista. Ni Felipe ni Guerra. Los que lo hicieron, como Enrique Múgica, lo habían sufrido por su anterior militancia comunista. En suma que algo hay de Desmemoria de partida. Y de partido.

En aquella ley, que ahora Sánchez revive y quiere ampliar hasta el extremo, se presentaba como argumento base algo a lo que nadie puede, en verdad y en democracia menos, oponerse, ni moral ni éticamente. Que se cierren de una vez por todas las heridas y se entierre, también de una vez por todas, como Dios o la dignidad mandan, a los muertos. Eso debe no solo ser asumido por todos, sino perentorio e insoslayable. Pero si, so pretexto de ello, lo que se pretende es hacer manar de nuevo el odio y convertir el peor de los pasados en el referente del futuro, ello es de una irresponsabilidad suicida.

Hubo una legalidad republicana y contra ella un Golpe de Estado militar. Pero la atrocidad fue mutua y compartida. La peor violencia, la venganza desatada, el asesinato como norma, el terror como forma de gobierno y la represión y la tortura fueron seña que igualó a ambos en la infamia. Víctimas a miles, a mansalva, en conventos, en cunetas, en iglesias, en carreteras, en tapias, unos a Lorca, los otros a Muñoz Seca. Todos a la postre con las manos manchadas de sangre inocente. Antes, durante y después de la guerra, donde los más nobles fueron los que se enfrentaron y mataron a tiros en los frentes. No puede dividirse el campo entre buenos y malos, entre víctimas y verdugos, porque la tragedia es que ambos fueron las dos cosas y en esos momentos y situaciones es cuando en el ser humano aflora y prevalece en muchas ocasiones lo peor de su condición, el odio, y son precisamente quienes más se entregan a él los que predominan y mandan. Aunque tampoco falten, en una y otra parte, quienes sacan también de sí mismos lo mejor de lo humano: la compasión.

Ese es el relato que no debemos ni podemos olvidar. La mentira es pretender eliminar y enterrar a una mitad por completo. Lo hizo primero la Memoria Franquista y ahora se pretende hacer exactamente al contrario con esta. Absolver y borrar los pecados propios y santificar y convertir a los «nuestros» en héroes mientras se condena y sataniza a los «otros» y se impone el silencio y la mordaza para intentar borrar incluso su más mínimo recuerdo. Los vencedores de la guerra lo hicieron, ahora pretenden hacerlo, exactamente igual pero en contrario, quienes quieren ganar la del relato. Pero esa no es ninguna Ley ni de Verdad ni de memoria, por mucho que como consigna así se las bautice y apode. Esta es la ley de la mentira. Y no solo porque mutila la mitad de la historia sino que la pervierte y tergiversa, señalando solo los crímenes ajenos al tiempo que oculta e incluso enaltece los que considera propios. Y así no puede escribirse, aunque por desgracia se escriban casi siempre, y así nos va, las historias.

Ahora están, y ahí nos tienen a todos, con lo desenterrar a Franco. Y uno ya ha tenido Franco hasta hartarse. Voy a cumplir 65 años. Los veintidós primeros los cumplí bajo su dictadura y cuando creí y creímos habernos librado de él nos lo llevan trayendo a nuestras vidas y nos lo convierten en piedra de toque y definición de cuerpo de doctrina, cuarenta años después de muerto. Ahora para desenterrarlo. Pero siempre a vueltas con Franco, que parece ser lo único de lo que no podemos deshacernos de una vez por todas y que hemos de seguir girando alrededor de su momia.

Ni que decir tiene que no me parece de recibo que al dictador se le rinda honor alguno y que sacarlo de ese mausoleo y que se lleven sus familiares sus restos donde les plazca es más que de recibo. Así que en ello no debería haber mayor problema, y no me parece que haya «masa» de nostálgicos franquistas como para que este sea un asunto grave. Otra cosa es, sin embargo, lo que me malicio cada vez más y que subyace tras todo ello y que es la verdadera filosofía oculta de la presunta le de Memoria ahora cada vez más al descubierto: Que tras desenterrar al dictador lo que se pretenda es enterrar en esa misma fosa y al tiempo sean la Reconciliación y la Constitución, la ley de leyes, el abrazo y el acuerdo de los españoles que nos dimos un día, con la que abrimos las puertas de la Libertad y la Democracia y con la que hemos vivido en paz y progreso estas ya cuatro década largas de historia. ¿Qué puertas son la que quieren abrir ahora ellos y hacia dónde pretenden conducir a España quienes se afanan en este entierro?

Antonio Pérez Henares, escritor y periodista.

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