La ley de la ósmosis de la guerra

Por Niall Ferguson, titular de la cátedra Laurence A. Tisch de Historia en la Universidad de Harvard, Traducción: Juan Gabriel López Guix (LA VANGUARDIA, 21/03/07):

El historiador vive para el hallazgo de un documento revelador. Dedica largos días en bibliotecas y archivos, pasando páginas y estudiando correspondencia, con la esperanza de dar con unas palabras doradas, una solitaria página mágica, que, a su vez, desvelen un pasado escurridizo. Creo haber encontrado al menos un documento así para cada uno de mis libros. Y sigo recordándolos todos con claridad casi fotográfica.

El libro de contabilidad que mostraba cuánto habían prestado los Rothschild al canciller austriaco Metternich. El diario del tommy británico que contaba lo que había disfrutado matando alemanes en el frente occidental. La carta que revelaba que John Maynard Keynes había estado enamorado de uno de los delegados alemanes de la conferencia de Versalles. La orden explícita del mando de bombardeos de la RAF de dirigir los esfuerzos hacia los civiles alemanes. Cada uno de esos documentos proporcionó un destello iluminador que confirmó o refutó una hipótesis previa. El pulso se me aceleró al leerlos y releerlos.

He sentido una excitación parecida al leer la transcripción literal de la sesión del tribunal para la revisión del estatuto de combatiente de ISN 10024, también conocido como Jalid Sheij Mohamed, el dirigente de Al Qaeda capturado en Pakistán en el 2003. Y es que este documento, hecho público por el Pentágono la semana pasada, nos dice más acerca de la verdadera naturaleza de la guerra contra el terror que ningún otro documento de los que he leído. En especial, nos muestra de qué sutiles modos van volviéndose iguales los combatientes de esta guerra.

“Hay una ósmosis de la guerra – declara el general estadounidense de inclinaciones fascistas en la novela de Norman Mailer sobre la Segunda Guerra Mundial Los desnudos y los muertos-.

Llámalo como quieras, pero los vencedores siempre tienden a adoptar los… los atributos del perdedor”.

“Como energía cinética – explica al predestinado protagonista de Mailer-, un país es organización, esfuerzo coordinado… fascismo… El propósito de esta guerra es traducir el potencial de Estados Unidos en energía cinética… Estados Unidos va a absorber ese sueño, es justo lo que está haciendo ahora”. Fue precisamente esa contaminación fascista la que produjo después de la guerra el maccarthismo y el recrudecimiento del racismo en el Sur.

Ahora vemos de nuevo en marcha el proceso de contaminación; aunque, de modo curioso, se trata de un proceso de contaminación mutua.

Por supuesto, lo sensacional de la declaración de Jalid Sheij Mohamed ante el tribunal es la magnitud de la campaña terrorista que afirma haber orquestado. En tanto que “jefe de operaciones militares” de Osama bin Laden, no sólo fue el responsable de “la organización, la planificación, el seguimiento y la ejecución… de la a a la zeta” de los atentados del 11 de septiembre del 2001, sino también del intento de hacer volar el World Trade Center en 1993, el asesinato del periodista estadounidense Daniel Pearl, el intento del terrorista del zapato Richard Reid de hacer estallar un avión estadounidense, el asesinato de dos soldados estadounidenses en Kuwait, así como de diversos atentados en Bali, Mombasa y Turquía.

Además, su confesión ante el tribunal hace referencia a más de veinte actos terroristas planeados pero que no logró llevar a cabo; entre ellos, las “operaciones con bombas sucias en territorio estadounidense”, la “segunda oleada” de ataques tras el 11-S contra el edificio Library de Los Ángeles, el edificio Sears de Chicago, el Banco Plaza en el estado de Washington y el Empire State en Nueva York, así como otros atentados contra los puentes colgantes y la bolsa neoyorquinos, y también contra centrales nucleares estadounidenses; contra el aeropuerto de Heathrow, el Canary Wharf y el Big Ben; contra los estrechos de Ormuz y Gibraltar, contra Singapur y el canal de Panamá; contra el cuartel general de la OTAN en Bruselas; contra tres embajadas estadounidenses; contra Israel y cuatro embajadas de ese país, y contra objetivos occidentales en Tailandia y Corea del Sur.

Por si eso no fuera suficiente, Mohamed informó al tribunal de que era el responsable de planear los asesinatos de los ex presidentes Jimmy Carter y Bill Clinton, el Papa Juan Pablo II y el presidente pakistaní, Pervez Musharraf. Ah, y también quiso destruir “una compañía petrolera estadounidense en Sumatra, propiedad del antiguo secretario de Estado Henry Kissinger, de origen judío”.

Tan pasmosa y en ciertos aspectos tan estrambótica es esta lista de supuestos objetivos que resulta tentador preguntarse si, en realidad, no habrá querido burlarse el prisionero de su público militar. Sólo con que la detención de ese hombre, junto con otras medidas adoptadas por el Gobierno de Estados Unidos, haya evitado una cuarta parte de todas esas atrocidades, el presidente Bush es merecedor de fama eterna y no del oprobio que en la actualidad recae sobre él.

Ahora bien, la transcripción también arroja luz sobre los aspectos más oscuros de la actual presidencia estadounidense. “¿Ha realizado estas declaraciones a causa del tratamiento recibido por parte de los… interrogadores?”, pregunta el presidente del tribunal al detenido.”Hoy no se encuentra bajo presión ni coacción. ¿Es esto correcto?”, pregunta más tarde. “Los estadounidenses nos torturan desde los setenta – declara Mohamed-. Sé que hablan de derechos humanos. Y sé que esto va en contra de la Constitución estadounidense, contra las leyes estadounidenses”. Estas palabras nos recuerdan que hay algo podrido en el corazón de este sistema de justicia militar.

El presidente del tribunal no sólo reconoce de modo implícito que el prisionero que tiene delante ha sido torturado en el pasado. También deja claro que se le niega una representación legal adecuada; sólo dispone de un teniente coronel de la fuerza aérea en calidad de representante personal. Con excepción del prisionero y el traductor, en la sala no hay más que oficiales estadounidenses. La petición de Mohamed de que comparezcan como testigos otros dos prisioneros es negada. Al final de la sesión se le informa de que casi con toda seguridad permanecerá encarcelado durante un periodo indefinido.

Y muy bien que harán, quizá piensen los lectores, dada la monstruosa naturaleza de los delitos cometidos o previstos que ha confesado, y dada su disposición a reconocerse como combatiente enemigo de Estados Unidos, un “chacal que lucha en la noche”, según su propia y llamativa expresión. Sin embargo, ¿contribuye de verdad a honrar la memoria de Daniel Pearl la tortura de su asesino? ¿Y qué hay de los otros prisioneros mantenidos en el mismo limbo judicial que él y que, según Mohamed, son afganos y pakistaníes sin relación alguna con Al Qaeda?

Aquí vemos en acción la ley de la ósmosis de la guerra de Mailer: los terroristas indiscriminados que perpetraron el 11-S han provocado en Estados Unidos una respuesta igualmente indiscriminada. Culpables e inocentes son arrojados a las cárceles militares. Y también las represalias militares han sido indiscriminadas, sobre todo en Iraq.

No obstante, toda esta historia presenta otra vuelta más. Porque la transcripción muestra, además, que la ósmosis de esta guerra es un proceso recíproco. Analicemos lo que revela de Al Qaeda en tanto que organización. Al Qaeda se basó muchísimo en los ordenadores durante la preparación del 11-S. Ha aprendido de la guerra occidental la importancia de los objetivos económicos. Considera la manipulación de los medios de comunicación una parte integral de su misión terrorista. Sus dirigentes hablan en inglés. Y, lo más fascinante de todo, su jefe de operaciones militares reivindica al mayor de los padres fundadores: “Si ahora viviéramos en la guerra de la Independencia y George Washington fuera detenido por Gran Bretaña, seguro que… lo considerarían un combatiente enemigo”.

Es posible imaginar a todos los militares congregados en la sala dirigiendo los ojos al cielo. ¿Un Washington islamista luchando por la libertad contra unos casacas rojas estadounidenses? ¿Hay algo más ridículo? No, si no fuera porque revela otra característica de la ósmosis de la guerra. Con el debido respeto a Mailer, dista mucho de resultarles evidente a los dos bandos de esta guerra que se están volviendo iguales.

Sólo de modo retrospectivo, cuando el historiador pase las hojas de este y otros documentos que sobrevivan a la redacción y clasificación de los servicios de seguridad, advertirán los estadounidenses que la guerra contra el terror convirtió a una parte de ellos en su enemigo… y a una parte del enemigo en ellos mismos.