La ‘ley trans’ que nos cambiará la vida

En una narración literaria hay que distinguir siempre entre lo que se dice y lo que se cuenta. En una ley también. De lo que dice la ley trans se ha discutido mucho (muchísimo de hecho), tanto que hace tiempo que dejó de importar lo que se cuenta. Una de las cosas que dice la ley es que en España todas las personas tenemos derecho a la libre autodeterminación de género. Es decir, que una persona pueda cambiar el nombre y el sexo en el DNI solo por su voluntad, sin necesidad de informes médicos y años de hormonación como hasta ahora. Sobre este punto se ha discutido casi tanto como se ha desinformado, aunque hoy ya sabemos que la autodeterminación no hará perder ningún derecho a ninguna mujer, como tampoco permitirá eludir una condena por violencia machista a ningún hombre.

Sin embargo, creo que se ha insistido, celebrado y agradecido poco (a quienes se han dejado la identidad y la vida durante años para llegar hasta aquí) lo que cuenta esta ley, lo que explica de nosotros como individuos, como sociedad y como país. Y lo que cuenta es que todas las personas podemos elegir ser quienes deseemos ser y que ninguna institución puede tener más poder que el propio individuo en una elección que es y solo puede ser una deliberación íntima. Y en este sentido, la ley trans no solo supone un paso de gigante para el colectivo LGTBI, sino para todas las personas que desarrollamos nuestra identidad en este país.

Hasta ahora lo trans venía funcionado como un tabú en España y en todo el mundo, como el fantasma de lo monstruoso, símbolo perfecto de todo lo que debe ser marginado y excluido cuando no encaja dentro de los límites de las estructuras convencionales y de poder. Tanto es así, que lo trans ha sido a menudo símbolo del mal y del pecado, una frontera imaginaria capaz de separar el bien del mal, lo enfermo de lo sano. Entenderán a qué me refiero si recuerdan conmigo una mítica película de terror psicológico, El silencio de los corderos. Aquella donde había un psicópata muy malo, Hannibal Lecter (Anthony Hopkins), que ayudaba a dar caza a otro aún peor. Un asesino terrible símbolo del mal en la tierra y de la psique más enferma posible. Perseguimos durante toda la película al monstruo de la mano de la agente del FBI Clarice Starling (Jodie Foster) para llegar a un desenlace donde por fin le atrapamos a la vez que entendemos el origen mismo del mal. Así, en una de las imágenes finales, el cruel asesino se mira al espejo mientras se maquilla y baila ante el espectador como una especie de demonio pop antes de mostrar a cámara un pubis donde el pene y los testículos han sido escondidos. Y ahí es donde se espera que el espectador lo entienda todo. El asesino es transexual, un enfermo, alguien capaz de matar para diseñar un traje hecho con la suave piel de mujeres muertas.

Pues bien, este tipo de “explicaciones” formarán parte de un pasado oscuro en la España que estamos construyendo. Una capaz de defender con la ley en la mano que no hay nada monstruoso en elegir quienes queremos ser y menos aún en transitar o modificar nuestra identidad (ni la de género ni cualquier otra). Porque al ser la identidad trans el tabú más profundo de nuestra cultura y la frontera más íntima de todas, sucede que quienes han impulsado, defendido y padecido las consecuencias de convertir esta ley en realidad nos están cambiado la vida a todas las personas, seamos o no trans. Porque a lo largo de la vida, todas, todos y todes vamos a ser, en algún momento, seres en transición. Y la nueva ley cuenta (más allá de lo que dice) que todo tránsito es legítimo y que merece ser respetado y cuidado. En este sentido, la nueva ley ampara a los inmigrantes que cambian de país y de costumbres, a todas las personas que intentan subirse a un ascensor social para convertirse en otras, a aquellas que desean transitar de la soltería al matrimonio, a todos los cuerpos que deciden con valentía cruzar la frontera de la maternidad, a quienes necesitan decir adiós a la familia que un día formaron, a aquellas personas que el mercado ha convertido en “paradas” después de años de duro trabajo, a quienes transitan por la compleja senda de la jubilación, a quienes se asoman al abismo de un duelo o al precipicio que puede suponer un gran éxito.

Las personas transitamos las fronteras de nuestra identidad muchas veces en la vida y a menudo lo hacemos con miedo o con vergüenza. Y, dado que durante muchos años no ha habido mayor vergüenza que la de ser una persona trans, resulta que su liberación es de alguna manera símbolo e impulso de la del resto. Porque rasgar el tabú trans es como rasgar la venda inmensa que impide respirar cualquier herida de la identidad. Por eso, conviene recordar que esta ley no ha sido fácil y que ha supuesto el sacrificio de muchas personas que han quedado extenuadas y maltratadas no solo por el hecho de ser quienes son, sino por luchar para mejorar la vida del resto. Se pagan precios muy altos por intentar cambiar el mundo. Pero hoy celebramos que hay personas dispuestas a asumir ese carga y ese riesgo. Y no, esta ley no hará que haya más personas confundidas respecto de su identidad de género. Vivimos en la era del tránsito y la frontera: ninguna ley puede cambiar eso. Sin embargo, es responsabilidad de la ley trabajar para que elegir quienes queremos ser nos deje de doler de una vez por todas.

Nuria Labari es periodista y escritora.

2 comentarios


  1. Los seres humanos somos "natura" y somos también "cultura". La natura nos viene dada, la cultura sí es moldeable y variable. En "natura" no hay autodeterminación posible; en "cultura" si. Por eso los animales (que no tienen cultura y son solo natura) son hoy igual que hace 10.000 años. Por eso los hombres (que tenemos cultura) construímos imperios, civilizaciones, hacemos música o literatura.

    La autodeterminación de las personas no puede producirse al margen de la realidad objetiva y biológica que gobierna el mundo de los seres vivos: si tengo 50 años, soy calvo y de sexo masculino no puedo "autodeterminarme" como mujer de 25 años y rubia platino. Ni como gaviota que puede volar sobre las aguas del Atlántico, ni como león de la selva africana.

    Mi voluntad no es omnipotente, sino que se mueve dentro de unos límites que establece una realidad objetiva exterior a mí (las leyes de la fisica, de la biología, de la lógica), que me determina y que por definición no puedo cambiar.

    El resto es subjetivismo e idealismo llevado al máximo grado: es pensar que existen "almas" o "espíritus" puros que, según el día o la hora se "encarnarían" en cuerpos femeninos o masculinos.

    Este dualismo cuerpo/alma (gobernado además por el alma !) no lo defiende hoy ni la Iglesia Católica.No deja de ser irónico que sea en esos parámetros en los que se mueve la ideología queer.

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  2. Hay realidades, objetividades (la edad, la especie, la orientación sexual...) que no se escogen sino que se asumen: soy un hombre de 61 años; decir que soy una mujer de 25 o que soy una gaviota y puedo volar no sería prueba de mi autodeterminación, sino de mi desconexión con la realidad material.

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