La libertad es popular

El libertario estadounidense Ron Paul sentenció en uno de sus más celebres discursos: «La libertad es popular». Lo pronunció en las primarias presidenciales de la campaña que acabó consagrando a Obama como presidente. Paul no es un tipo muy conocido fuera de Estados Unidos. En su larga trayectoria política entre los pasillos del Congreso, llegó a poner en jaque las estructuras endogámicas del bipartidismo norteamericano. En un país donde Albert Rivera nunca podía haber dicho aquello tan necesario en España de «ni rojos ni azules», porque todo es rojo o azul, se abrió pasó una tercera vía libertaria que encarnó este entrañable señor que vivía por y para sus valores, que eran los de la nación que diseñaron los Founders.

Ejemplifica ese sound-byte de cuatro palabras que un discurso se mide ante la historia por las generaciones que su resonancia permea y transforma. Ciudadanos lo debería hacer suyo como frontispicio de un camino que, sepultureros mediante, aún tiene trayectoria. Llevo tiempo convencido de que el centro tiene espacio político, pero no es ganador. No define lo que eres, ni concreta lo que defiendes, no se inserta en contextos polarizadores, en los que sufre hasta desaparecer, y sangra por las costuras de su indefinición cuando las armas populistas se levantan. Cuando todos son de centro es que nadie es de centro. Porque el centro no es sino el movimiento que el tablero político determina y que lo ubica en función de dónde se encuentre en ese momento. Si el tablero se mueve hacia la izquierda radical, el centro no es ponerte al lado de la izquierda, de igual forma que si se mueve hacia el otro extremo del tablero tampoco es situarte en la derecha. El contexto siempre ha determinado y propiciado los conceptos a usar en política, mal que pese a esos intelectuales de excel que explican hoy las elecciones y las campañas como una competición esnob de algoritmos y coordenadas. En sus columnas derramadas, creen que un eje de abscisas interpreta el sentir de una población. Madrid derrumbó toda teoría de cubata.

La libertad es popularEsa forma de ver la política y las elecciones también nos ha influido en Ciudadanos. Condicionados por la política del análisis de tertulia, llevamos años hablando de conceptos que no transcienden más allá de lo rimbombante de su término. Moderación, sensatez, sentido común... son palabras que mueven una conversación pero no movilizan una elección. Moderados y sensatos los hay en todos los partidos. O los había, porque en la política actual también hay más liberales que libertades.

Nadie vota por la lógica, aunque apelemos con razón a ella (nos iría mejor). Hay electores razonables, pero la razón no es un banderín de enganche. Nunca lo fue. Si abominamos del perverso eje derecha-izquierda que tanto polariza y enfrenta a nuestra España binaria, salgamos de la bisagra que no hace más que fortalecer ambos lados de la puerta y hablemos de valores, de principios, de ideas y de las cosas concretas que interesan al ciudadano. Debemos ser ese alguien que posicione en el mapa inamovible de la conversación la defensa de las libertades individuales en todos los ámbitos. Libertad para decidir dónde y cómo quieres vivir; libertad para hablar la lengua que desees, sin prohibiciones ni persecuciones; libertad para pensar y expresarte (dentro de los márgenes legales) como consideres; libertad para sentir sexualmente como prefieras, sin que te ridiculicen por ello; libertad para crear empresas y cumplir tus sueños sin deber al Estado el impuesto revolucionario consiguiente por emprender sin su permiso. Libertad. En la España del vituperio y el exabrupto, donde vivimos en un continuo desparrame sentimental, esto es lo realmente progresista hoy, eso es lo popular, lo rebelde.

Porque hemos dejado que el ritmo de España lo marque el impulso que dicta la víscera, las entrañas de una política que solo busca subvertir el orden lógico de lo establecido. La verdad aparece ahora camuflada bajo prefijos cool y sufijos woke, construyendo imaginarios inventados que venden la mentira líquida de siempre, que diría Vattimo. No hay entente cordiale posible con quienes pulverizan, por vía impositiva, la libertad, ley y razón del civismo. No hay espacio intermedio entre el delincuente que medra en el desafuero legal permanente y el que defiende la Constitución, aunque sea bajo patrones morales caducados antes de ver la luz. Hoy, la izquierda inane enmarcada en ese socialismo no democrático prefiere los prejuicios a las lecturas. De etiqueta en etiqueta hasta el insulto final, cuando ya todos seamos tildados de fachas y el mundo sea un todo fascista. Hemos dejado que la lógica, eso que San Agustín definió como el método, o sea la vía, para alcanzar la verdad, acabe por ser proscrita del debate público. Si no lo está ya.

Hoy tenemos una izquierda antisistema que se llama progresista pero encarna los valores reaccionarios como ninguna otra fuerza: prohibición, censura y persecución de aquel que sólo quiere que le dejen vivir en paz. El diktat totalitario de esa autocracia cesarista llamada sanchismo, demanda árnica social con el mismo énfasis con el que fustiga a golpe de BOE sus ocurrencias presupuestarias. Sánchez torea la ley con capotazos de dictador posmoderno, auxiliado por medios dóciles, y tolerado por una Europa que ya empieza a cansarse de las improvisaciones de un Gobierno desorganizado, sin rumbo, sin capacidad ni mayor estrategia que sacar a Sánchez sonriendo, a Montero mintiendo, a Lastra de animadora social y a Ábalos haciendo de Ábalos. Ordenadas ovejitas que llevan viviendo toda su vida del presupuesto público sin más talento que el de repetir consignas políticas ad hoc. Eso es el PSOE de Sánchez, el despotismo iletrado.

Y eso es lo que debemos combatir con denuedo. Posicionarnos en la defensa del contribuyente, cansado de tanto impuesto ordenado por un Gobierno que sólo sabe esquilmar el esfuerzo ajeno para suministrar de prebendas los prejuicios propios. Los españoles han pasado de la fatiga al hartazgo: subir la luz, el diésel, la cuota de autónomos, la prima de seguros, imponer peajes.., en suma, ordenar más cargas económicas a las rentas medias, provoca el empobrecimiento general mientras en el BOE se ayuda a aerolíneas de dictaduras con el dinero que sangras a tu pueblo, enchufas a asesores sin oficio ni formación y contratas niñeras por el ingreso máximo vital.

Decía Trapiello que el centro es la condición natural del ser humano. En realidad es la libertad, esté donde esté, aún revestida bajo siglas diferentes. Eso es lo que hay que defender siempre. Por eso, reitero, como partido liberal, debemos abandonar axiomas que no diferencian de cara a persuadir al votante (sensato, moderado, lógico, razonable) para volver a las esencias que nos definieron. Y decir, y explicar, y comunicar, sin complejos, que somos liberales. Y que nadie defiende ni defenderá mejor la libertad de los ciudadanos que el partido que más se parece a ellos. Porque la libertad es popular. ¡Vaya si lo es! Y el socialismo, su mayor enemigo. Y nuestro principal problema.

Fran Carrillo es portavoz adjunto de Ciudadanos en el Parlamento de Andalucía. Diputado por Córdoba y senador en las Legislaturas XII-XIV.

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