La limpiadora sorda

“Yo no soy cleptómana”, me dice Cristina Cifuentes desde el fondo del pozo de su angustia. La presidenta caída quiere salir al paso de la etiqueta que se ha colocado sobre su cadáver político, como si fuera una mariposa perforada por un alfiler y clavada sobre un corcho. “Nunca he sido cleptómana ni padezco ningún trastorno de este tipo y desde luego jamás he estado en tratamiento por algo así”.

Lo que me explica del que describe como “famoso video” coincide, sustancialmente, con la versión que dio en su comparecencia póstuma: “Fue un incidente fruto de un simple despiste involuntario que se solventó sobre la marcha. Algo que además puse en conocimiento de la propia Policía cuando hace unos años ya se me intentó extorsionar con esas imágenes”.

La limpiadora sordaSe refiere a la trastienda de la noticia, publicada en 2016 por EL ESPAÑOL, bajo el título “Rivales del PP encargaron espiar a Cifuentes y difundir el rumor de que era cleptómana”. Y debo confesar que, si bien inicialmente pensé que se trataba de una campaña basada en burdas falsedades –y así se sugería en el texto-, su sobrerreacción del día siguiente me dejó en un mar de dudas.

Mientras los asistentes a la tradicional recepción del 2 de mayo, en la Puerta del Sol, se dividían entre los que bromeaban con la fantasía de que la presidenta de la comunidad pudiera ser un trasunto –rubia y atractiva como ella- de la Tippi Hedren de Marnie, la ladrona y los que ridiculizaban que se pudiera especular con un disparate así, a Cifuentes no sólo no le hizo ninguna gracia, sino que nos trasladó el mensaje de que consideraba la publicación de la noticia como un acto hostil.

Pocos días después, coincidimos en la tertulia de esRadio y pidió expresamente que no se hablara del asunto. En el vestíbulo de los ascensores, mantuvimos una conversación bastante tensa, aunque correcta y amistosa, en presencia de su asesora de comunicación Marisa González.

Visto lo visto, es obvio que entonces perdió una gran oportunidad de haber hecho un ejercicio de control de daños. Máxime si, como dice, ya había denunciado la “extorsión” ante la Policía. Como es público y notorio, yo fui víctima de un montaje, basado también en una grabación, hace veinte años, por parte del entorno de los organizadores de los GAL y nunca agradeceré bastante el consejo de los amigos juristas que apuntalaron mi determinación de plantarme en el juzgado de guardia y perseguir a los chantajistas hasta meterlos entre rejas, sentencia del Tribunal Supremo mediante.

Es verdad que hay tres diferencias sustanciales –conscientemente o no, ella estaba cometiendo un hurto, fue grabada lícitamente y tenía un cargo público-, pero si hubiera denunciado la “extorsión” ante la justicia y salido al encuentro de la verdad, con la dimisión por delante, probablemente hoy no sería presidenta de la Comunidad, pero cada cosa habría adquirido el valor que realmente tiene. Porque no cabe duda de que si es relevante lo sucedido en el hiper de Vallecas, mucho más lo es que alguien pueda responder a las iniciativas de Cifuentes contra la corrupción, sacando de un cajón un vídeo, conservado ilegalmente durante siete años, y dar el golpe de gracia a una política en la cuerda floja, como quien aprieta un botón que electrocuta a un ratón en un experimento de laboratorio.

Cifuentes es hoy un juguete roto en el amargo trance, para ella y su familia, de “tener que leer cosas falsas que sólo pretenden hacer leña del árbol caído”. Entre ellas inscribe la acusación de haber sustraído objetos de las residentes en el Colegio Mayor Antonio Caro cuando lo dirigía. “Lo que habéis publicado del Colegio Mayor es totalmente falso. Las cosas no ocurrieron así, aunque esa fue la versión que pusieron en circulación hace años para perjudicarme”.

Cifuentes atribuye esa “falsedad” a sus crueles enemigos, investigados y encarcelados por corrupción, Francisco Granados e Ignacio González, pero hay que advertir que EL ESPAÑOL recogió el relato de labios de algunas de las antiguas colegialas. Es verdad que lo que transmiten son conjeturas y sospechas más que acusaciones directas y que, tras la difusión masiva del vídeo de Vallecas, cualquiera que haya echado en falta cualquier cosa puede pensar en Cristina Cifuentes. Pero tampoco hay que olvidar que todo indica que ella no dijo la verdad respecto a alguno de los episodios clave de la polémica del máster.

Lo esencial ya no es, en cualquier caso, si Cristina Cifuentes padecía o no una determinada patología o si ella misma era consciente o no de lo que le pasaba. Tiendo a creer que lo que dice es cierto –al menos en lo referente a que nunca estuvo bajo “tratamiento”- pero el ser humano está hecho de un material muy frágil y hay circunstancias en las que una parte de la personalidad no entiende lo que hace la otra. Tanto si aquel día sufrió un “despiste involuntario” o actuó bajo un impulso irrefrenable, nunca nadie pagó un precio tan alto por dos cremas de 40 euros.

Mi resumen descarnado de lo sucedido es que una banda de acreditados ladrones ha liquidado a una antagonista que estaba tirando de la manta, atribuyéndole una apariencia de cleptómana con ingredientes extraídos de la realidad. Ahora que sus alas ya han sido desgarradas y su cadáver permanece ensartado en el corcho catódico, como ejemplo y escarmiento, fijémonos, claro está, en sus culpas, pero también en las de sus descuartizadores y en las de quien debió salir al paso de la una y de los otros.

Si hace quince días dije que Cifuentes debía irse a su casa si no era capaz de demostrar que estuvo el 2 de julio de 2012 defendiendo su Trabajo de Fin de Máster en el campus de Vicálvaro, es obvio que tampoco me cabe la menor duda de que nunca debió llegar a la presidencia de la Comunidad tras el episodio de Eroski.

El desempeño de todo cargo público implica un requisito de ejemplaridad –además de ser honrado hay que parecerlo- y, en cualquiera de las versiones, lo que sucedió en el híper iba a ser una espada de Damocles permanente sobre su cabeza. De hecho, hay que preguntarse, desde el estupor, qué procedimientos se incumplieron para que el ministro del Interior Fernández Díaz pusiera al frente de la Policía de Madrid a quien pocos meses antes había protagonizado un incidente tan embarazoso, del que necesariamente algunos agentes tuvieron que informar a sus mandos.

Sentada esta premisa hay que reconocer que cuando Cristina Cifuentes llegó a la Puerta del Sol tomó una decisión clave en la lucha contra la corrupción, impropia de quien tiene el techo de cristal, al enviar a la fiscalía toda la documentación sobre el saqueo del Canal de Isabel II durante los mandatos de sus predecesores. ¿Fue un acto de honradez, una muestra de ambición, un ajuste de cuentas personal o una simple prueba de independencia de una mujer que nunca fue dúctil ni acomodaticia? Da igual. El caso es que una pestilente House of Cards política, mediática y financiera se desmoronó con estrépito y de entre sus escombros apareció la figura desgarbada de Mauricio Casals, cubierto de polvo pero decidido a preservar, como buen capo mafioso, la impunidad de sus “soldados”. Por primera vez en muchos años de desmanes, el Príncipe de las Tinieblas se encontraba dando una batalla bajo los focos de la luz del día.

Estremece leer ahora la transcripción de la profecía autocumplida de Casals, que la Policía grabó cuando él y su banderillero Marhuenda presionaron a Cifuentes en favor del vicepresidente de La Razón y compinche de Ignacio González, Edmundo Rodríguez Sobrino: “Esta señora las pasará putas… y que vea que no es únicamente La Razón, sino que está Antena 3, Onda Cero y La Sexta”.

En esas conversaciones, incorporadas al sumario de la Operación Lezo, están todas las claves de lo sucedido. Se trataba ante todo de una cuestión de poder testicular y por eso Mauricio le dice a Edmundo “me voy a dejar los cojones para defenderte”, de la misma forma que Polanco advertía que no había “cojones” para negarle una licencia de televisión. Y tanto la identidad del político que trabaja para la trama delictiva como el ring en el que va a dirimirse la contienda quedan claros desde el momento en que Mauricio llama a Ferreras para pedirle “un favor personal” -proteger a Ignacio González- y proclama que el justiciero de La Sexta “se ha portado de cine”.

Si Cifuentes no se hubiera echado atrás ante el juez en la denuncia de las presiones y amenazas que recibió de Casals y Marhuenda para que retirara uno de los informes enviados a la Fiscalía que afectaban al “soldado” Sobrino -el banderillero se jactó de haberle dicho que Edmundo era “intocable”-, el Príncipe de las Tinieblas habría pasado al menos esa noche a la sombra. El ministerio público tenía decidido pedir su detención y el juez instructor acceder a ella. Pero Cifuentes creyó, ingenuamente, que, toda vez que no había cedido a su coacción, era mejor que quedaran en deuda con ella y levantó el pie. Por muy arrepentida que esté, nunca lo estará bastante.

A Rajoy y especialmente a Soraya, que es la que controla el Gobierno, les interesaba que Mauricio y su guiñol televisivo salieran indemnes del lance y, de hecho, los ministros han continuado arropándole en sus saraos recaudatorios como si no estuviera imputado en tres procedimientos penales, incluido el de la “magistrada amiga de la casa” que permitió alertar a González de la que se le venía encima. El mensaje era el mismo que lanzaba Nixon cuando protegía al muñidor de Watergate Harry Haldeman porque era “su hijo de puta”.

Como decía Miguel Angel Uriondo en su comentado artículo de esta semana, al lector corresponde determinar si, en lo que sucedió después, ha habido “causalidad” o “casualidad”, pero es un hecho que el escándalo del máster surge de la Universidad en la que da clases Marhuenda; es un hecho que Mauricio mantiene notorias relaciones con determinados sectores de las cloacas del Estado; es un hecho que los elementos incriminatorios para Cifuentes, incluido el “famoso vídeo”, se divulgan -y no discuto los méritos periodísticos- en dos medios integrados en el teatro de marionetas en el que Ferreras sigue “portándose de cine” para servir, a diario, el “sandwich” que forman Podemos y el PP; y es un hecho que es en ese patíbulo en el que se decapita a Cifuentes, al cabo de lo que ella misma describe como “38 días de linchamiento continuado y despiadado”.

Con la televisión pública neutralizada por su sectarismo -amen del bloqueo de la renovación de su cúpula- y Mediaset retirada de la contienda política para centrarse en sus otros fines sociales, en la práctica es Atresmedia quien gestiona, en régimen de quasi monopolio, el circo en el que cada mañana se decide qué cristiano debe ser arrojado a las fauces de las fieras. Que esto perdure meses después de que hayan quedado al descubierto la corrupción y los métodos mafiosos adosados a su cúpula, es obviamente mucho más grave que el máster o las cremas de la difunta Cifuentes.

Aquí sí que habría que legislar, no en caliente sino al rojo vivo, pues el pluralismo y la competencia en la televisión son dos bienes jurídicos esenciales que el Estado debería defender. Pero todos estos hechos suceden porque en el lugar central de la vida española hay un personaje que parece extraído de Marnie, la ladrona y no es Cristina Cifuentes. Me refiero, claro está, al presidente del Gobierno que, como la limpiadora sorda de la oficina en la que se cometen los robos, sigue, impertérrito, a su aire, fregona en ristre, mientras los mayores desmanes suceden detrás de su cogote.

Rajoy no se enteró o no quiso enterarse de los antecedentes problemáticos de la persona a la que se nombraba, primero, Delegada del Gobierno y, luego, Presidenta de Madrid, pero Rajoy tampoco se enteró o tampoco quiso enterarse ni de la corrupción de Ignacio González, denunciada una y otra vez en su despacho, ni de los turbios manejos de su protector y protegido Mauricio Casals, empleando concesiones y subvenciones públicas, ni de los asesinatos políticos urdidos y consumados siempre por los mismos puñales en beneficio de su vicepresidenta.

Claro, que si no se enteró ni de que en Génova se manejaba una contabilidad B, ni de que en las cajas de puros que le entregaba Lapuerta había también billetes, ni de que “Luis sé fuerte” tenía un botín multimillonario en Suiza, públicamente divulgado la víspera del día del SMS, como para enterarse de todo lo demás. Pero, de qué nos asombramos: ningún estafermo ha tenido jamás el don del oído.

Pedro J. Ramírez, director de El Español.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *