La llamada a Zapatero

Por Emilio Menéndez del Valle, embajador de España y eurodiputado socialista (EL PAIS, 20/02/05):

¿Recuerdan el regocijo de algunos sectores porque Bush no había devuelto la llamada de felicitación que le hizo Zapatero con motivo de la reelección de aquél? Pues lo acaba de hacer en su discurso sobre el estado de la Unión y tengo la impresión de que no se atreve a llamarle personalmente porque teme que el presidente español le reclame derechos de autor por el texto que nuestro jefe de Gobierno presentó el pasado septiembre en Naciones Unidas, a propósito de la alianza de civilizaciones. Hubo entonces reacciones pintorescas, incluida la de quien escribió que Zapatero copiaba la teoría del presidente de Irán, Jatamí, sobre las civilizaciones. Desde ahora se puede también acusar de plagio a la cabeza visible del imperio, quien acaba de proclamar lo siguiente: “La batalla contra el terrorismo proseguirá, pero la paz que deseamos únicamente se puede lograr si eliminamos las condiciones que alimentan el radicalismo y las ideologías del crimen. Hay que impedir que áreas enteras del mundo vivan en la desesperación y crezcan en el odio porque en caso contrario se convertirán en campos de reclutamiento de terroristas”.

¿Y qué dijo el presidente Zapatero ante la ONU? Esto: “El terrorismo no tiene justificación, pero se deben conocer sus raíces, se debe pensar racionalmente cómo se produce, cómo crece, para combatirlo racionalmente. La corrección de las grandes injusticias políticas y económicas que asolan el planeta privaría a los terroristas de sustento popular. Cuanta más gente viva en condiciones dignas en el mundo, más seguros estaremos todos. Consigamos que la percepción del otro esté teñida de respeto”. Claramente, Bush plagia a Zapatero. Bienvenido sea. Hemos conseguido influir al mismísimo emperador.

Hay, no obstante, una duda importante cuyo despeje no me parece fácil, y es la congruencia entre las palabras y los hechos, la credibilidad de la Administración Bush, dados sus antecedentes en materia de política exterior. Precisemos sus palabras y analicemos su congruencia con el mundo real sobre el que, ciertamente, ejerce influencia: “La política de los EE UU consiste en apoyar el crecimiento de movimientos democráticos con el último objetivo de acabar con la tiranía en el mundo. Hoy, los Estados Unidos hablan de nuevo a los pueblos de la Tierra”. Como dice Thomas Friedman, en Europa todo lo que tiene que hacer Bush es escuchar. Algo que nunca ha hecho. De ahí que resulte sospechosa otra de sus frases: “Iré a los demás y les explicaré por qué tomo las decisiones que tomo”. Explicar no es consultar, ni intercambiar puntos de vista o escuchar a los supuestos aliados.

Es verdad que la Administración norteamericana ha empezado a hablar de “la Unión Europea”, en vez de “los amigos europeos” y que Bush será el primer presidente que visite, el próximo martes, su sede oficial en Bruselas, pero no es suficiente. Tanto él como Condi Rice parecen querer convertirse ahora en los reyes del mambo multilateral y prodigan gestos de amistad hacia Europa, que ya no es vieja ni nueva. Pero el concepto que tienen de asociación o cooperación es sui generis: no va más allá de que Europa se incorpore a un programa previamente elaborado por la Casa Blanca.

Es posible que el presidente estime que -a pesar de las elecciones ganadas por los chiíes- Irak necesita, más que nunca, el concurso de Europa. Tal vez piense que la cólera unilateralista no hace pasar a la historia, a diferencia del respeto y fomento del multilateralismo. Comoquiera que ahora, según él mismo cuenta, ha decidido leer, cabe la posibilidad de que esté repasando las biografías de Kennedy, Wilson y Roosevelt. Wilson, cofundador de la Sociedad de Naciones, y Roosevelt, impulsor de la creación de la ONU, ambos presidentes decididos partidarios del multilateralismo. Todos ellos, por cierto, demócratas.

Ellos pregonaron a los cuatro vientos su ansia transformadora del mundo. La de Kennedy data de 1961. A su emotiva transfiguración en un Berlín asediado en plena guerra fría (“Yo también soy berlinés”) unió su particular empeño: “Estoy preparado para pagar cualquier precio y soportar cualquier carga para garantizar la supervivencia y el éxito de la libertad”. Dada la configuración del mundo de la época, con la mutua amenaza nuclear que representaban Washington y Moscú, la capacidad kennediana de poner en práctica el espíritu de cruzada era, afortunadamente, relativa.

Desgraciadamente, no es el caso de Bush, quien insiste en que vivimos la era más peligrosa de la humanidad (cabe preguntarse sobre su contribución) y en que nunca se ha vivido una oportunidad más propicia para reordenar el mundo. Es verdad que la mayoría de los presidentes norteamericanos, incluidos los demócratas, han estado imbuidos de un cierto sentido de imprescindibilidad, oscilando entre la “visión” y la “misión”. El propio Clinton llegó a considerar a su país como la “nación indispensable”, lo que puede ser dramático si se concluye que las demás naciones son prescindibles.

Sin embargo, hasta ahora, nadie como Bush ha tratado al mundo, y en especial a Europa, como “prescindibles”. Y al mismo tiempo nadie como Europa se ha opuesto a lo que hasta ahora ha significado Bush. Porque la mayoría de la opinión pública europea, laica y relativista, ha quedado empachada de recientes frases lapidario-iluminadas del estilo de “la historia nos llama” o de aquellas pronunciadas inmediatamente antes de invadir Irak, de este tenor: “Somos una nación moral” (29-1-03) o “ejercemos el poder sin conquista y nos sacrificamos por la libertad de los extraños” (28-1-03). Muchos nos preguntamos entonces de qué estrategia se serviría Bush para ejercer el poder en Irak sin conquistarlo previamente. En aquellas mismas fechas (17-2-03), el Consejo Europeo, refiriéndose al necesario desarme iraquí, emitía un comunicado laico, civil y lleno de sentido común y político. Decía simplemente: “Queremos conseguirlo pacíficamente. Está claro que esto es lo que desean los pueblos de Europa”.

Ésta es la Europa que encontrará Bush en Bruselas, una potencia civil que construye paulatinamente un poder militar proporcional a sus fines y que dedica mucho más dinero que los EE UU a promover la democracia y los derechos humanos en el mundo sin abandonar el marco de Naciones Unidas. Cabe preguntarse si las frases que sobre el papel acercan a Bush a la filosofía del presidente Zapatero son un canto de sirena o un gesto esperanzador. El tiempo inmediato lo dirá, pero Europa debe estar más vigilante que Ulises.

Coda oriental: EE UU ha echado las campanas al vuelo a propósito del acuerdo de principio israelo-palestino y anima a Europa a trabajar juntos. Ahora hay que lograr un “acuerdo de final”. Hace tiempo que Washington pudo presionar para lograrlo y no quiso. La Unión Europea ha querido, pero no le han dejado. El objetivo es claro: cumplir la Hoja de Ruta, que estipula el fin de la ocupación israelí de Gaza y Cisjordania y el retorno a las fronteras de 1967. Europeos y palestinos comparten dicho objetivo. ¿También Bush y Sharon? Atenta, Europa.

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