La LOAPA y el puzzle autonómico

Solía decir Calvo Sotelo para defender su LOAPA que el Tribunal Constitucional no tumbó su contenido sino el instrumento, esto es, que declaró parcialmente inconstitucional que el objeto de lo regulado se hiciese por Ley Orgánica. Calvo Sotelo pensó que la LOAPA pondría coto al abuso que los nacionalistas pretendían hacer del Título VIII de la Constitución. Por entonces se empezó a emplear la noción de nacionalismo; hasta ese momento era mucho más común hablar de regionalismo.

Tras los pactos autonómicos de 1981, cada comunidad quería hacer de su Estatuto un sayo. Calvo Sotelo pretendía que todos los estatutos tuviesen un tronco común, definir un modelo autonómico coherente. No se trataba de servir café para todos sino de hacerlos armónicamente reconocibles en un Estado Autonómico integral. Creó una comisión, presidida por el prestigioso profesor García de Enterría, que despertó los recelos de Pujol. Cuando el TC declaró inconstitucionales algunos apartados, en agosto de 1983, daba igual. El Estado de las autonomías ya estaba en marcha y ninguna ley estatal iba a interponerse entre la Constitución y los estatutos.

En la segunda ola estatutaria, hace más de una década, el café para todos se remasterizó en la cláusula Camps. Antes el nacionalismo catalán aspiró, con su Estatuto de 2006, a configurar un poder judicial propio en Cataluña -luego supimos por qué- y a fijar unilateralmente las inversiones del Estado en Cataluña. El TC dijo no.

La Transición terminó… de golpe

RAÚL DEL POZO

En un principio sólo había peticiones de estatuto de las tres nacionalidades que en la República habían accedido a la autonomía. Iñaki Anasagasti escribió después que nadie en su sano juicio hubiera pensado que Murcia y mucho menos Madrid iban a ser autonomías con parlamento, tribunal, televisión, himno y bandera. “Nadie. Absolutamente nadie lo ha había imaginado”. Después del café para todos, cada región quiso hacer con sus caciques locales un estadito. El día 23 de febrero de 1981, pocas horas después de que Leopoldo Calvo Sotelo dijera “la Transición ha terminado”, un grupo de picoletos armados penetraba en el Congreso. Alfonso Guerra lo vio así: “Entraron en actitud decimonónica, golpista, con atuendo dieciochesco, con afeites del siglo XVII y con un lenguaje inspirado en La Celestina“. En aquel momento Calvo Sotelo recordaría su frase añadiendo dos palabras: «La Transición ha terminado… de golpe». Frente a lo que se ha pensado, Calvo Sotelo no ideó la LOAPA por la sombra de las metralletas y el ruido de los caquis; ya tenía pensada una rectificación de los taifas desbocados antes del 23-F. Años más tarde entrevisté al ya ex presidente en la Ría de Ribadeo, donde era marqués del mismo nombre. Él contó después que como yo soy un hombre de tierra adentro y no tengo, como se dice en francés, el pie marinero, no lo pasé bien cuando me invitó a bordo de un pequeño bote de madera con el que solía navegar por la ría. Me contó la hazaña y el final de Suárez. Según Calvo Sotelo -culto, irónico, aunque tenía nombre de calle-, Suárez fue grande en las turbulencias, un héroe en la adversidad. Con una canoa al hombro, desafió riadas, ventisqueros, tormentas, sin brújula ni mapa; con los frágiles remos protagonizó una hazaña mitológica y, al llegar al mar o a la placidez del palacio, no supo qué hacer. El café para todos fue una gran cagada que nos aplasta. Calvo Sotelo llegó a Moncloa, y cuando quiso saber los secretos de Estado que dejó Suárez, abrió el armario de los huesos y no encontró ninguno. Se puso a tocar el piano para alejar los malos presagios. Le tocó urdir la LOAPA con la colaboración necesaria de Felipe González. Fue presidente del Gobierno seis meses, y cuando convocó elecciones no salió diputado. El sabio pueblo español menospreció al que enrejó a los golpistas. Se comportaba como un caballero. Cuando no le gustaba lo que publicaba sobre él, me decía: “Hoy ha escrito su negro“.

La gran memez del ‘café para todos’

LUIS MARÍA ANSON

José Varela Ortega acumula prestigios y sabiduría como catedrático de Historia Contemporánea. Ha sembrado enseñanzas en varias de las principales universidades e instituciones de Inglaterra, Estados Unidos, Francia, México, España y tantos otros países que se distinguen por el nervio intelectual. Ha escrito libros de especial relieve. Su abuelo José Ortega y Gasset, primera inteligencia del siglo XX español, no hubiera fruncido el ceño al leer los ensayos del nieto, que trabaja ahora en una obra magna sobre la imagen de España. En 1977, José Varela Ortega redactó un informe para la vicepresidencia del Gobierno, en el que descargaba su sagacidad histórica. Entendía el historiador que lo más inteligente para despejar los acosos de los grupos nacionalistas vascos y catalanes era legitimar los Estatutos aprobados durante la República, en lugar de negociar y hacer concesiones desde la debilidad que para Adolfo Suárez suponía haber sido entusiasta franquista y falangista valeroso. Se trataba de mantener la estructura territorial de España y aceptar la moderada concesión que la II República hizo con los Estatutos catalán y vasco. Suárez se negó a aceptar cualquier legitimidad republicana y puso en marcha el Estado de las Autonomías, diferenciando torpemente unas de otras. Clavero Arévalo reclamó el mismo trato para Andalucía que para Cataluña y la memez del café para todos se impuso. Primero, Fernando Abril y, después, un entusiasta Suárez se sumaron al despropósito. Tanto el presidente como el vicepresidente creían que la larga tradición bovina de la clase política española se mantendría de forma indefinida. No ha sido así. Llevamos ya demasiados años en los que el verbo servir solo tiene para muchos políticos conjugación reflexiva. Hemos asistido a la construcción de 17 Estados de pitiminí, carísimos y disgregadores. Ciertamente, la Monarquía de todos impulsó un progreso acelerado. Sobre los “reyes melancólicos y sobre el eco azul de sus palacios” cristalizó la democracia plena y la libertad. Nadie puede negar que el Estado de las Autonomías conoció épocas de gran prosperidad. Pero llevaba clavados sobre el lomo dos rejones de muerte: el gasto desmesurado y la voracidad de los partidos secesionistas, que pretenden ahora despedazar a mordiscos la unidad de España, porque han madurado ya las uvas de la ira.

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