La locura china por las represas

La locura de China por construir represas se topó con una pared recientemente en Birmania (Myanmar), donde la decisión audaz del gobierno de frenar un polémico proyecto de represa liderado por China ayudó a facilitar el camino a la primera visita de un secretario de Estado norteamericano a ese país en más de medio siglo.

La represa de 3.600 millones de dólares de Myitsone, hoy interrumpida, está situada en la cabecera del río más grande de Birmania, el Irrawaddy, y estaba destinada a bombear electricidad exclusivamente a la grilla eléctrica de China, a pesar de que Birmania sufre diariamente cortes de energía. La Comisión de Supervisión y Administración de Activos del Estado del Consejo de Estado de China calificó a Myitsone como un proyecto modelo en el exterior que servía a los intereses chinos. La decisión de Birmania, en consecuencia, sorprendió al gobierno de China, que había empezado a tratar a Birmania como un estado cliente confiable (donde todavía tiene intereses importantes que incluyen la construcción en marcha de un multimillonario oleoducto y gasoducto de gas natural).

A pesar de ese revés, China sigue siendo el mayor constructor de represas del mundo fronteras adentro y en el exterior. De hecho, ningún país en la historia ha construido más represas que China, que se jacta de tener más represas que el resto del mundo en su conjunto.

Antes de que los comunistas llegaran al poder en 1949, China sólo tenía 22 represas de tamaño significativo. Hoy el país cuenta con más de la mitad de las aproximadamente 50.000 represas grandes del mundo -aquellas que tienen una altura de por lo menos 15 metros o una capacidad de almacenamiento de más de tres millones de metros cúbicos-. Por lo tanto, China concretó, en promedio, al menos una represa grande por día desde 1949. Si se cuentan las represas de todos los tamaños, el total de China supera las 85.000.

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, las represas de China tenían una capacidad para almacenar 562,4 kilómetros cúbicos de agua en 2005, o el 20% de los recursos de agua renovables totales del país. Desde entonces, China construyó decenas de nuevas represas, incluida la más grande del mundo: la Represa de las Tres Gargantas en el río Yangtze.

China también es el líder global en exportación de represas. Sus compañías estatales están construyendo más represas en el exterior que todos los constructores de represas internacionales juntos. Treinta y siete entidades financieras y corporativas chinas están involucradas en más de 100 proyectos de represas importantes en el mundo en desarrollo. Algunas de estas entidades son muy grandes y tienen múltiples subsidiarias. Por ejemplo, Sinohydro Corporation -la compañía hidroeléctrica más grande del mundo- se jacta de tener 59 filiales en el exterior.

Detrás de los esfuerzos de China por construir represas en el exterior está no sólo el interés de China de generar ganancias sino un esfuerzo diplomático por demostrar sus proezas en materia de ingeniería. La política declarada de China de «no interferencia en los asuntos internos» en realidad sirve como una licencia virtual para llevar a la práctica proyectos de represas que inundan tierras y obligadamente desarraigan a poblaciones -inclusive, como en el caso de Myitsone, minorías étnicas- en otros países. Pero está haciendo lo mismo en el país al desviar su foco de los ríos internos saturados de represas a los ríos internacionales que originan la meseta tibetana, Xinjiang, Mongolia Interior y Manchuria.

China sostiene que su papel como líder global en exportación de represas ha creado una situación «en la que todos ganan» para los países donde se construyen las represas y sus propias compañías. Pero la evidencia de una cantidad de proyectos revela que las represas les están generando un costo ambiental muy alto a esos países.
En consecuencia, los proyectos en el exterior suelen encender el sentimiento anti-chino, reflejado en protestas populares en varios lugares de Asia, África y América Latina. Es más, al usar una fuerza de trabajo china para construir las represas y otros proyectos en el exterior -una práctica que va en contra de sus propios requisitos de «localización», adoptados en 2006- China refuerza la percepción de que está ejerciendo prácticas de explotación.

Por ser el país con más represas del mundo, China ya es el mayor productor de energía hidráulica a nivel global, con una capacidad generadora de más de 170 gigavatios. Sin embargo, planes ambiciosos de fomentar su capacidad de generación de energía hidráulica de manera significativa al construir represas en ríos internacionales han enredado al país en disputas por aguas con la mayoría de sus vecinos, incluso con Corea del Norte.

En términos más amplios, la pasión de China por construir represas ha generado dos desenlaces esenciales. Primero, las compañías chinas hoy dominan el mercado global de exportación de equipos de energía hidráulica. Sólo Sinohydro, tras eclipsar a proveedores de equipos occidentales como ABB, Alstom, General Electric y Siemens, dice controlar la mitad del mercado.

Segundo, la creciente influencia de la industria de energía hidroeléctrica estatal dentro de China ha llevado al gobierno a fomentar de manera agresiva proyectos de represas en el exterior ofreciendo préstamos a bajo interés a otros gobiernos. Fronteras adentro, recientemente dio a conocer un nuevo programa gigantesco de inversión de 635.000 millones de dólares en infraestructura hidráulica en la próxima década, más de un tercio del cual será canalizado a la construcción de represas, reservorios y otras estructuras de suministro.
La construcción excesiva de represas por parte de China en ríos y sus transferencias de agua entre ríos y entre cuencas ya han causado estragos en los ecosistemas naturales, generando la fragmentación y la extinción de ríos y promoviendo la explotación de aguas subterráneas más allá de la capacidad de reabastecimiento natural.

Los costos sociales han sido incluso más altos, algo que se refleja en la sorprendente admisión por parte del primer ministro chino, Wen Jiabao, en 2007 de que, desde 1949, China ha trasladado un total de 22,9 millones de chinos para trabajar en proyectos hidráulicos -una cifra mucho mayor que las poblaciones de Australia, Rumania o Chile. Desde entonces, otros 350.000 residentes -principalmente habitantes de poblaciones pobres- han sido desarraigados.

En consecuencia, sólo teniendo en cuenta las cifras oficiales, 1.035 ciudadanos en promedio por día han sido desalojados por la fuerza y enviados a proyectos hidráulicos durante más de seis décadas. En vistas de que China hoy construye cada vez más represas en ríos transnacionales como Mekong, Salween, Brahmaputra, Irtysh, Illy y Amur, los nuevos proyectos amenazan con «exportar» a esos ríos la grave degradación que acecha a los ríos internos de China. Llegó la hora de ejercer una presión externa concertada sobre China para que frene su locura por las represas y abrace los estándares ambientales internacionales.

Por Brahma Chellaney, profesor de Estudios Estratégicos en el Centro para Investigación de Políticas con sede en Nueva Delhi y autor de Asian Juggernaut y del recientemente publicado Water: Asia’s New Battleground.

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