La lógica de la economía informal

Un fantasma ronda los países en vías de desarrollo: el fantasma de la «economía informal». Para algunos, el sector informal incluye a todas las empresas no registradas ante las autoridades. Para otros, se refiere a las que escapan al pago de impuestos. La Organización Internacional del Trabajo la define como el conjunto de empresas suficientemente pequeñas como para quedar fuera del código laboral.

Sin importar su definición, lo que ha preocupado a muchos economistas y captado la atención de los responsables de las políticas es que la cola de la distribución del tamaño de las empresas en los países en vías de desarrollo es larga. En relación con los países desarrollados, una cantidad inusualmente grande de empresas pequeñas e improductivas coexiste con una pequeña cantidad de empresas grandes y productivas.

Según el razonamiento económico habitual, esto es ineficiente. Si las empresas pequeñas e improductivas cerrasen sus puertas y las de mayor tamaño y productividad contrataran a sus trabajadores, aumentaría tanto el producto total como el bienestar. Esto debiera ocurrir automáticamente gracias a la mano invisible de la competencia, porque las empresas más productivas debieran ser capaces de producir mejores productos a menores precios y de atraer a los trabajadores con salarios más elevados.

Entonces, ¿por qué no sucede habitualmente esto en los países en vías de desarrollo? ¿Por qué sobreviven las empresas ineficientes y atrapan recursos en actividades de baja productividad? ¿Qué impide al mercado aplicar su magia y mejorar la situación de todos?

Para algunos, el problema es que la regulación gubernamental hace que el cumplimiento resulte demasiado caro para las empresas pequeñas. Otros afirman que la evasión impositiva genera una competencia desleal por parte de las empresas informales o que la atención médica familiar no proporciona incentivos a los hogares para qué más de uno de sus miembros pague los impuestos de la seguridad social. Hay incluso quienes afirman que los programas orientados a favorecer al sector informal generan distorsiones que generan desigualdad en la competencia.

En un esfuerzo por ocuparse del problema, los gobiernos de Colombia, México, Perú, Sudáfrica y otros países se han adoptado cambios en sus códigos impositivos, rediseñado sus sistemas de registro y explorado los problemas de los incentivos potencialmente perversos asociados a los programas de asistencia social. Si bien todavía no hay resultados definitivos sobre la efectividad de estas iniciativas, apostaría en contra de su éxito.

Son necesarios muchos años de entrenamiento y pensamiento económico abstracto para ignorar lo obvio. La característica más notable de la producción moderna es que moviliza mucho conocimiento práctico –demasiado como para que quepa en la cabeza de una única persona.

La producción moderna requiere una división del trabajo entre quienes saben de tecnología, comercialización, finanzas, logística, administración de recursos humanos, contratos, normativa, distribución, atención al cliente y muchas otras cosas. Requiere habilidades manuales e intelectuales que deben usarse conjuntamente. Simplemente piensen en las distintas habilidades especializadas (muchas de ellas reconocidas por los premios Oscar) que deben combinarse para producir una sola película.

Para concentrar esas habilidades, la gente debe cooperar dentro de una misma empresa o en agrupamientos de empresas relacionadas. Pero, para trabajar juntas, las personas deben viajar desde sus hogares hasta los sitios de producción. ¿Cómo hacen eso?

En la típica ciudad de un país en vías de desarrollo… con dificultad. Los tiempos de viaje diario para los trabajadores del sector formal con bajos ingresos suelen exceder las tres horas y el costo directo promedio del transporte equivale a dos horas de trabajo al salario mínimo. Un turno de ocho horas se convierte en uno de once, por el cual se solo se percibe una paga neta de seis horas.

Esto implica un impuesto efectivo del 45 % sobre los trabajadores del sector formal con bajos ingresos. Sumemos a esto las molestias del viaje y los potenciales problemas causados por estar lejos del hogar en caso de una emergencia familiar. Cuando se consideran estas cuestiones, resulta más fácil entender por qué la gente prefiere hacer algo útil cerca de sus hogares que en los sitios donde tiene lugar la producción moderna.

Pero en las favelas o barrios marginales donde viven los pobres urbanos en los países en vías de desarrollo, hay poca diversidad en términos de las habilidades que la gente puede combinar con las suyas propias para hacer cosas de manera productiva. En consecuencia, las únicas formas factibles de producción usan muy pocos trabajadores de baja calificación y, por lo tanto, funcionan con baja productividad. Se especializan en la preparación de alimentos, la venta minorista, la construcción, las reparaciones, los cibercafés y una variedad de actividades adicionales que pueden realizarse en casa y venderse a los vecinos (a menudo a través de una ventana que da a la calle).

Los economistas y responsables de las políticas han olvidado los aspectos físicos de la vida urbana. La política de vivienda habitualmente se discute con un flagrante desprecio por el transporte urbano y la ubicación de las zonas industriales y comerciales autorizadas. Cuando los planificadores diseñaron Punta Cana –el exitosísimo destino turístico en República Dominicana– o la gigantesca planta de Fiat en Betim, Brasil, olvidaron planificar adecuadamente el alojamiento para sus trabajadores. No sorprende que rápidamente surgieran barrios marginales.

El sector informal es en gran medida consecuencia de que la gente esté desconectada de las redes de producción moderna –una ineficiencia que no se resolverá simplemente reduciendo el costo de registrar un emprendimiento ni obligando a las empresas pequeñas a pagar impuestos. Hace falta un rediseño del espacio urbano que incluya metros subterráneos o canales dedicados para autobuses, y un enfoque más integral para la vivienda, los servicios sociales y las áreas de producción. Para resolver este problema, no basta que los gobiernos dejen de hacer algunas maldades. Tendrán que comenzar a hacer algunas cosas buenas.

Ricardo Hausmann, a former minister of planning of Venezuela and former Chief Economist of the Inter-American Development Bank, is a professor of economics at Harvard University, where he is also Director of the Center for International Development. Traducción al español por Leopoldo Gurman.

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