La lucha contra la impunidad

Por Juan Diego Botto, actor (EL PERIÓDICO, 07/07/07):

Más años de cárcel. Eso en sí es una buena noticia. Más años de cárcel para un señor, Adolfo Scilingo, que empujaba a jóvenes argentinos desde un avión y los arrojaba al río de la Plata. Para un señor que se levantaba por la mañana, llegaba a la Escuela de Mecánica de la Armada, se tomaba su café, tragaba sus media lunas con o sin dulce de leche y se ponía a “cumplir con su deber”.
La última cadena en la estructura del terror. A los que ya habían sido torturados y se les había arrancado o no la información que se buscaba de ellos se los liquidaba arrojándolos al mar. ¿Por qué al mar? Para no dejar huellas. Para construir ese terrible fantasma del siglo XX en el cono sur: los desaparecidos. Esa era la cotidianeidad de este señor. La Audiencia Nacional le había condenado por ello a un montón de años de cárcel. Pero ese montón de años se limitaba a los casos en los que él había participado directamente. Es decir, a los casos en los que se había acreditado que él participó directamente.

AHORA, el Tribunal Supremo de España ha decidido que este hombre es cómplice de todo los casos de detención ilegal de personas que se produjeron durante el tiempo en el que estuvo trabajando en la Escuela de Mecánica de la Armada. En suma: trabajar como asesino en una organización criminal, por muy estatal que sea esa organización, le hace a uno como cómplice de todos los delitos cometidos por esa organización durante el tiempo que uno trabajó para ella.
Parece de sentido común y, sin embargo, el sentido común tarda en llegar demasiados años en la lucha contra la impunidad en Argentina. Carlos Slepoy, amigo y admirado abogado que lleva media vida luchando por la justicia, me decía que esto puede servir de acicate para los casos abiertos en Argentina. Las voces de muchas de las madres que empezaron reclamando que se les dijera dónde estaban sus hijos han callado por el natural paso de los años, otras han ido sucumbiendo al transcurrir del tiempo. Después llegaron otros: los hijos y nuevos abogados y amigos de otros lugares del mundo que se sensibilizaron con nuestra causa.
El cansancio llega y la desilusión llega y la incredulidad llega y la impunidad sigue ahí. Pero Slepoy cree que esto puede servir para los casos abiertos en Argentina. Como antes dijo que, aunque no se extraditó a Pinochet, la causa podía ser positiva por el precedente que sentaba en el Derecho Internacional. Así se construye nuestra historia. A base de pequeñas victorias, algunas morales, otras efectivas. Y sin abandonar nunca. Es toda una forma de vida, una cultura de la derrota para administrar nuestra capacidad de dolor. Por eso no somos demasiado buenos en las victorias. Es falta de costumbre. Pero nosotros somos un grupo humano con una capacidad de paciencia infinita. La única lucha que se pierde es la que se abandona, decían las Madres de la Plaza de Mayo. Algún día, pienso yo, algún día.

El día 21 de marzo de 1977 detuvieron a Diego Fernando Botto y lo hicieron desaparecer en la Escuela de Mecánica de la Armada mientras el señor Scilingo trabajaba allí. Hace tres semanas escribí esto (léase primero el texto en negrita y después todo de corrido):

Yo pongo mis muertos encima de la mesa
Yo pongo su sangre seca, histórica

…poder coser con delicadeza las hojas
De los distintos documentos que configurarían
sin la menor sombra de dudas
Sus huesos torcidos y su insoportable olor a espera postergada
–y con toda claridad una evidencia, si no nítida
Cuando menos, palpable de que las muescas de
La vida, el pasar de los autos y los trenes
El simple devenir de los segunderos mojados
En el café con leche de todos lo días
La mirada clavada en la respuesta que habremos de ofrecer
los hijos o los nietos o los herederos de la carne podrida al sol

–ese sonido cotidiano de los zapatos sobre el empedrado.
No son en definitiva la causa última de su estado actual
Sin por ello descartar otras, digamos, vueltas, giros, que hayan
Podido coaligarse, imbricarse o producirse al unísono
Para traerlo…
Y la rabia que brota de los labios que me muerdo
Desde que perdí los dientes de leche.
La rabia que riego en la ducha todas las mañanas
Y me saluda irónica todas las noches,
Que me arropa y me refleja en los ojos de los
Muertos que aún van a trabajar,
me la puedo tragar.
Le puedo enseñar a atarse los cordones
y no aceptar caramelos de extraños
Pero solo…

–encima de esta mesa sobre la que usted me lo presenta.
Resumamos entonces que sus palabras están hechas de aire,
Aliento modulado por la carne de su garganta y eso en sí
No constituye evidencia ninguna
Cuando me den una pala para enterrarlo a gusto
Y unas rejas donde visitar a sus asesinos
.