La lucha contra los terrorismos

Nicolás Sartorius es vicepresidente ejecutivo de la Fundación Alternativa (EL PAIS, 11/05/04)

1. Existe la impresión de que se está fracasando a la hora de combatir el terrorismo internacional que algunos llaman, impropiamente, “islamista”. Y es lógico que no se atine con el método eficaz, para hacer frente a esta amenaza, cuando se carece de un análisis correcto sobre la naturaleza del fenómeno que se tiene delante. La teoría oficial, por lo menos hasta ahora, es que todos los terrorismos son iguales y que, por lo tanto, lo que procede es unirse todos y declararle la guerra sin cuartel allí donde se manifieste. La segunda tesis es que los terrorismos no tienen razones para existir y, en consecuencia, estamos ante el Mal en estado puro, ante la violencia por la violencia. Ahora bien, el hecho de que el terrorismo -acción violenta e indiscriminada con el fin de atemorizar a la población civil- sea siempre condenable no quiere decir que todos sean iguales ni por sus orígenes, ni por las circunstancias que les rodean, ni por sus objetivos, por muy aberrantes que éstos nos puedan parecer. Por lo tanto, tampoco los métodos e instrumentos para combatirlos pueden ser los mismos. De igual suerte, el hecho de que los terroristas no puedan aducir razones o causas que justifiquen remotamente sus actos no quiere decir que aquellos que les manifiestan simpatía no tengan motivaciones que les induzcan a expresar esa identificación.

2. Hay una primera distinción que es básica a la hora de abordar la naturaleza del fenómeno terrorista que radica en la diferencia entre violencia con o sin apoyo social. Cuando el terrorismo goza de adhesión y asistencia en sectores de la sociedad, es más difícil de combatir que cuando carece de ellos. En este último supuesto, la acción represiva de la policía suele ser suficiente. Estamos ante lo que se denomina el terrorismo “en seco”. Los ejemplos más conocidos en Europa fueron los de la Baader Meinhof, las Brigadas Rojas o los GRAPO. Se acabó con ellos en un tiempo breve, porque sus acciones no encontraron simpatía en la población, sino la repulsa general. No tenían capacidad de reproducirse y la “charca” se iba secando cada vez más a medida que los golpes del Estado caían sobre ellos, hasta la sequía final. Por el contrario, cuando la violencia tiene apoyos en la sociedad, la lucha es más larga y más compleja y no conviene simplificar. Los casos más conocidos en Europa son los del IRA y ETA. Han durado decenios -y en el caso de ETA, todavía permanece-, reproduciéndose a través de sucesivas generaciones de activistas cada vez más jóvenes. En estos casos, la acción policial es imprescindible, pero también es determinante la colaboración de Francia, por ejemplo; la unidad de las fuerzas democráticas, el pacto antiterrorista; la certeza política de que la democracia española jamás cederá al chantaje del terror o que todas las propuestas pueden defenderse por métodos pacíficos. Así, la actual debilidad de ETA -nada de bajar la guardia- no se debe sólo a que muchos de sus activistas hayan sido detenidos, sino a que en su entorno, en su humedal -de ahí lo de terrorismo “húmedo”-, cunde la idea de que la violencia no tiene sentido, no conseguirá nada y les impide participar en un sistema democrático en el que llegaron a obtener resultados no desdeñables. En estos casos es decisiva, también, la acción política y cultural, la intervención constante de la ciudadanía que vaya secando el humedal de los apoyos ideológicos y “sentimentales” de los violentos. En los últimos tiempos, los golpes a ETA y su entorno han sido eficaces, pero tengo dudas de que la fuerza del nacionalismo sea menor y que el acercamiento de Euskadi y España sea mayor. Ésta deberá ser una de las tareas de los próximos años.

3. Tanto el IRA como ETA han practicado un terrorismo llamémosle “nacional”, y lo que ahora tenemos ante nosotros, lo que se ha manifestado con toda brutalidad el 11 de septiembre en Nueva York y el 11 de marzo en Madrid, es un fenómeno más peligroso, pues, además de contar con un apoyo social amplio en diferentes países, es de carácter multinacional en su composición humana, financiación y redes operativas, aparte de habitar con normalidad en los países donde actúan. Por eso es correcto hablar de terrorismo internacional, si bien no podemos negar la evidencia de que sus activistas proceden, sobre todo, de los países árabes y no de América Latina o de Asia. Eso no quiere decir que los árabes apoyen el terrorismo, pero sí indica dónde hay que centrar el esfuerzo a la hora de hacer frente a esta amenaza. He afirmado antes que el terrorismo no tiene justificación, pero eso no significa que no existan causas o situaciones que le favorezcan y le proporcionen simpatías, y otras que le perjudiquen y le aíslen. Así, la política de Bush y otros en Irak es un manantial de terrorismo, de odio hacia los EE UU y sus aliados que va germinando en amplias masas de los países árabes, además de acrecentar la resistencia de los iraquíes a la ocupación de su país. Porque lo que está sucediendo en Irak no es un fenómeno de terrorismo, aunque se produzcan acciones que puedan ser calificadas como tales. Es un hecho de resistencia nacional que se manifiesta de diferentes maneras, como ocurre siempre en estos casos: guerrilla urbana, sabotajes, manifestaciones, insurrecciones locales, etcétera.

Circunstancia parecida a la que se vive en Palestina. La política de Sharon, apoyada por la Administración de Bush, está contribuyendo a incendiar aún más la situación en Oriente Medio. Ambas políticas no justifican el terrorismo, pero qué duda cabe que sin la derrota democrática de las mismas y una solución justa a los problemas de Irak y Palestina, es muy difícil combatirlo con eficacia, ya que su apoyo social en el mundo árabe tiene en esos dos conflictos su cantera más abundante. Por eso, hacer frente al terrorismo internacional exige un tratamiento complejo que consiste en actuar sobre diferentes aspectos del problema y sobre distintos espacios territoriales.

Si coincidimos en que la amenaza es global en sus posibles efectos, el remedio no puede ser nacional, aunque haya que tomar medidas en este plano. Desde un punto de vista estratégico, se debería propiciar desde España y la Unión Europea un gran acuerdo entre la propia Unión, los países árabes, los EE UU e Israel, extensible a Rusia y China, que en el marco de Naciones Unidas supusiese el inicio de solución de ambos conflictos y el establecimiento de dos grandespactos, el primero sobre seguridad que comprendiese Oriente Medio y la cuenca del Mediterráneo, y el segundo, un “plan Marshall” que favoreciese el desarrollo y la democratización de los países concernidos. Si las ingentes sumas que se están gastando en las guerras de Irak, Afganistán o en armar hasta los dientes a Israel se dedicasen al desarrollo de la zona conflictiva, el apoyo social a la violencia disminuiría exponencialmente y el terror tendría más difícil su reproducción.

4. El terrorismo no deriva directamente de la miseria, pero con un crecimiento demográfico explosivo, las ingentes masas de jóvenes sin perspectivas, bajo gobiernos más o menos autoritarios y corruptos, son presa fácil de ideologías religiosas o civiles fanatizadas que generan, a su vez, el caldo de cultivo propicio para que surjan adeptos a la inmolación y el martirio. Si a ello añadimos una política prepotente, básicamente militar, por parte del mundo occidental, que humilla sin cesar a los pueblos árabes, el incendio permanente está servido.

Ahora bien, mientras se crea ese ancho cinturón de seguridad y cooperación a lo largo de todo el Mediterráneo, España y la UE deberían fortalecer y conjuntar sus capacidades de inteligencia. E inteligencia es, sobre todo, en estas cuestiones, más y mejor información, competencia a la hora de procesar y analizar la referida información y creciente dimensión operativa. Tres condiciones que no se alcanzarán en las dosis óptimas si no es por medio de una creciente cooperación, por lo menos en el espacio europeo, hasta alcanzar una auténtica comunidad de inteligencia. Sin olvidar que es menester dedicar muchos más medios a estas tareas y, especialmente, mucha más inteligencia sobre todo en los análisis y en las políticas que deben deducirse de los mismos. La experiencia del 11-M ha mostrado que existen agujeros negros en esta materia, no sé si en la esfera política o policial o en ambas, pero lo cierto es que nos cogió bastante desprevenidos o, por lo menos, esa sensación se ha dado, lo que ha exigido la creación de una comisión de investigación parlamentaria.

En conclusión, hacer frente al terrorismo internacional no es sólo cuestión de medidas policiales; supone abordar problemas de fondo, económicos, políticos y culturales en el área de riesgo; resolver en justicia las situaciones de Irak y Palestina, que lo están envenenando todo, y crear una comunidad de inteligencia europea capaz de prevenir, en lo posible, las presentes amenazas. La forma como la UE ha tratado los problemas con Irán y Libia son un ejemplo de que hay otras vías para resolver los contenciosos, diferente a las invasiones y los bombardeos. Ayuda inestimable para que esta nueva vía se abriese camino sería, sin duda, que los ciudadanos norteamericanos y de Israel despidiesen con su voto a Bush y Sharon.