La lucha por el Derecho

Estas letras son un apretado resumen de mis comentarios sobre algunas de las obras de Iehring, jurista y pensador alemán del siglo XIX en el libro homenaje, presentado el pasado 27 de mayo, a Fernando Herrero Tejedor, hombre de la Transición y «cómplice» en ella de Adolfo Suárez para el primer Estatuto del Ministerio Fiscal de la democracia de 1981, aún vigente. Es un recuerdo al compañero ausente. Un intento de proyectar el pensamiento de los juristas clásicos, en lo que tienen de perenne, sobre el presente. Dejando hablar al autor consciente de que aporta sólo una perspectiva, para mí valiosa, sobre el complejo fenómeno del Derecho.

En Bromas y Veras sobre la ciencia jurídica (1884), demuestra que los procedimientos del Derecho Romano antiguo generadores del despojo de la vivienda y patrimonio estaban al servicio del sistema usurario financiero–político de los patricios ricos frente a los plebeyos pobres.

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ULISES

Precisamente, de ahí que el autor se aparte de la concepción formal del Derecho, que se queda en exceso en el aspecto externo de las propias leyes, estudiándolas sólo con técnicas abstractas surgidas de los despachos, de la aislada y solitaria «torre de marfil» de jueces, fiscales, abogados e investigadores del Derecho. Desciende de lo que llama el frío paraíso de los conceptos y propone para el jurista la tarea de descubrir los verdaderos intereses ocultos en las normas y en su aplicación.

En la Lucha por el Derecho (1872), nos dice que su finalidad es la paz y el medio para lograrla, la histórica lucha contra la injusticia que durará tanto como el mundo. Algunos individuos o generaciones enteras viven la paz y el disfrute de sus derechos. Otros, el sacrificio para lograrla. Por eso se opone a la que llama escuela romántica de Savigny para el que el Derecho evoluciona de modo natural, sin sobresaltos. Las instituciones jurídicas no perviven por la inercia sino por la resistencia que hacen los intereses atacados, convertidos en derechos adquiridos de unos pocos privilegiados.

Esta causa ideal surge para el autor del dolor, de la angustia de uno o de todos ante la lesión de sus derechos y del carácter, de la reacción para luchar por ellos. El grado de dolor expresa el valor que para la persona tiene la lesión. Sobre todo la respuesta, la acción, la resolución de actuar es la que lo mide. Si no se produce, se extingue el sentimiento del derecho y el derecho mismo. Así ocurre en las personas y en los pueblos. Es, nos dice, como el amor: «hay momentos en que el amor no se conoce y en un instante dado se revela enteramente, lo mismo sucede en el sentimiento del Derecho: en tanto que no ha sido lesionado, no se le conoce ordinariamente y no se sabe de lo que es capaz, pero la injusticia le hace manifestarse, poniendo la verdad en claro». Por eso, «el Derecho, que es por un lado prosa, se troca en la lucha por la idea en poesía, porque la lucha por el derecho es la poesía del carácter».

La falta de respuesta de las instituciones es desalentadora. «Pero si la fuerza limitada del individuo va a estrellarse contra las instituciones que dispensan a la arbitrariedad una protección que niegan al Derecho, nos ofrecerá el espectáculo, no menos trágico de un hombre que llevando constantemente en su corazón el aguijón de la injusticia, contra la cual es impotente, llegará a perder poco a poco el sentimiento de la vida moral y toda creencia en el Derecho». La lucha es el trabajo eterno del Derecho. «Si es una verdad ganarás el pan con el sudor de tu frente, no lo es menos añadir también: solamente luchando alcanzarás tu derecho». Es una lucha pacífica que exige sacrificio, trabajo, esfuerzos de los ciudadanos con sus iniciativas y de los juristas profundizando en la tarea que les es propia sin desalientos.

Por su parte, las instituciones, ahora como siempre, están obligadas a mantener el orden jurídico vigente y hacerlo cumplir por todos y con la colaboración de todos. Y estar abiertas a que a través de nuevas leyes incidan también, con los sacrificios y esfuerzos que sean precisos, a acoger los intereses que tratan de sobreponerse a las situaciones de injusticia y privilegio. Tal como recordaba Leopoldo Alas Clarín, catedrático de Derecho Natural y discípulo de Giner de los Ríos en su excelente prólogo a la primera edición española de Adolfo Posada (1881), no es bueno el «quietismo» por liberal que parezca «ni que las leyes las hagan unos cuantos y se aprueben sin oposición o sólo con la de algunos intereses concretos radicados en el Parlamento». «Tejer y destejer constante y todo sin que el país se dé cuenta de nada hasta que uno a uno los ciudadanos van sintiendo las consecuencias desastrosas de aquellas leyes pero cuando ya es tarde».

Quizá lo más relevante pueda ser la necesidad de un enfoque cultural que defina la verdadera esencia de la tarea que nos ocupa a los juristas. El prólogo de Clarín revela la íntima comunicación de la literatura con el Derecho. En concreto de la poesía citada por Ihering y del arte, del genio, de la inspiración, de las creencias religiosas o no, y de la filosofía. De la sociología, de la ciencia y, sobre todo, de las realidades, las permanentes y las cambiantes. Su acierto y el del autor es destacar contra lo que comúnmente se cree o creemos, la relación del Derecho con la esfera íntima de los seres humanos y de los pueblos, de sus más radicales necesidades.

«Temprano levantó la muerte el vuelo…» para Soledad Cazorla en su lucha sin cuartel contra la terrible injusticia de la violencia contra la mujer. A ella le tocó el sacrificio y esfuerzo del que se beneficiarán generaciones venideras. Su personalidad carismática y entrañable, el recuerdo de su bondad y coraje me impulsa a mí y nos impulsa a todos. La función del Ministerio Fiscal es promover ante los Tribunales, desde la legalidad, la lucha contra la arbitrariedad y el abuso de los que ostentan posiciones de poder en la sociedad o en las instituciones. Asumir, seguir asumiendo, la defensa de los que no pueden defenderse por su vulnerabilidad personal, social o económica. En el trabajo diario, en los asuntos de que conocen medidos por criterios unificados procesales y sustantivos, producto del estudio y reflexión y con tal certeza y transparencia que los ciudadanos perciban que son iguales para todos. Sin salirse de su sitio constitucional, con las herramientas jurídicas, con la humildad que produce afrontar en el caso singular un trozo de los conflictos humanos y sociales. Con el sentido autocrítico que traducen las obras del gran jurista que me atrevo a comentar en las que narra su conversión desde el «cielo» conceptual a la tierra y sus problemas en que habitamos.

Mi recuerdo a Fernando, a Soledad a todos los compañeros que, como decía Iehring, «han roto los diques dando otro curso a las aguas».

Bartolomé Vargas Cabrera es jurista y ejerce como Fiscal Coordinador de Seguridad Vial desde 2006.

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