La lucha por el poder supremo de Irán

El Líder Supremo de Irán, el ayatollah Ali Khamenei, nunca se sintió cómodo con el estatus de la presidencia iraní –ni durante su propio mandato, entre 1981 y 1989, ni durante los mandatos de sus tres sucesores.

La tensión entre el presidente y el Líder Supremo es una parte intrínseca del núcleo de la República Islámica. El Líder Supremo tiene autoridad absoluta y puede vetar las decisiones tomadas por las ramas ejecutiva, legislativa y judicial del gobierno. Al mismo tiempo, el presidente surge de un proceso electoral con una agenda y ambiciones propias. Durante el segundo mandato de un presidente –que Mahmoud Ahmadinejad acaba de comenzar-, las tensiones inevitablemente salen a la luz pública.

Khamenei nunca estuvo dispuesto a tolerar un presidente con una base de poder independiente importante. En el pasado, le cortó las alas a Akbar Hashemi Rafsanjani, que tenía fuertes vínculos con la clase comerciante, y a Mohammad Khatami, un reformista cuyo respaldo provenía de los profesionales de clase media. Si bien Ahmadinejad recibió el respaldo del Líder Supremo frente a las protestas masivas contra su reelección el año pasado, Khamenei no parece dudar a la hora de limitar el poder del presidente.

De hecho, pareciera ser que las manifestaciones masivas contra Ahmadinejad demoraron su confrontación, ya que tanto el Líder Supremo como el presidente aparecieron públicamente para defender la legitimidad de la elección. Pero las opiniones islámicas radicales de Ahmadinejad y el respaldo que recibe de los iraníes religiosos de clase media baja no lo protegieron de Khamenei.

En general, los dos hombres evitaron una confrontación frontal. Sin embargo, su lucha es visible en la manera en que operan dentro de otras ramas del gobierno. En este terreno, Ahmadinejad está enfrentado con Ali Larijani, el vocero del parlamento, y su hermano, Sadeq Larijani, que es el titular del poder judicial iraní.

Los hermanos Larijani fueron críticos vehementes del presidente, a quien acusan de ignorar la legislación y los dictámenes judiciales clave. Dentro del parlamento, el bloque conservador está dividido entre los seguidores de Ahmadinejad y los defensores de un mayor control parlamentario del presidente.

Recientemente, el parlamento manifestó su oposición a las políticas económicas de Ahmadinejad al decidir remover al presidente de su cargo tradicional como jefe de la Asamblea General del Banco Central. Esto reduciría la capacidad de Ahmadinejad de intervenir en políticas económicas y evitar que nombre al gobernador del banco.

Pero esta decisión está supeditada a la aprobación del Consejo de Guardianes, donde un grupo de seguidores del presidente lanzaron un contraataque. Quieren que el Líder Supremo autorice al presidente a emitir advertencias tanto al parlamento como al poder judicial si considera que se excedieron en su autoridad, subordinando así a los hermanos Larijani.

Hasta ahora, el parlamento ha sido una herramienta útil para que el Líder Supremo legítimamente pusiera riendas a la autoridad presidencial, y cuesta imaginar que los hermanos Larijani hubieran podido desafiar tan abiertamente a Ahmadinejad sin la aprobación del Líder Supremo. Si ganan la batalla, el presidente perderá autoridad en un área donde su poder fue mayor: la economía iraní.

Por el contrario, el presidente no tiene una injerencia importante en materia de política exterior, que está bajo la supervisión directa del Líder Supremo. Khamenei es conocido por buscar consejo de varias partes, pero finalmente toma las decisiones solo. Por ejemplo, ignoró a los negociadores nucleares iraníes que ofrecieron un acuerdo durante las negociaciones de Ginebra en octubre de 2009. También redujo el rango del Ministerio de Relaciones Exteriores al designar a una cantidad de enviados especiales en áreas clave.

Khamenei sí confía en Ahmadinejad para liderar la diplomacia pública de Irán. El presidente viaja con asiduidad, habla frecuentemente y moviliza apoyo político con su retórica antinorteamericana y antioccidental. Pero la diplomacia pública no es diplomacia en sí misma. Es claro que nadie en el círculo íntimo de Ahmadinejad –de hecho, ni siquiera el propio presidente- ganó la confianza del Líder Supremo. La cartera nuclear, por ejemplo, sigue exclusivamente bajo el control de Khamenei.

Dentro del terreno de la política religiosa, Khamenei hizo un uso cuidadoso del radicalismo de Ahmadinejad. Muchos creen que al presidente le gustaría reducir la influencia del clero y aumentar el poder de las Guardias Revolucionarias, su principal fuente de respaldo institucional. Por ende, Khamenei puede presentarse a sí mismo como un defensor del clero, lo cual, dadas las dudas generalizadas sobre sus credenciales clericales desde que asumió el poder hace 21 años, mejora su posición.

Los clérigos saben que si Khamenei se debilita, el círculo de Ahmadinejad puede manipular un resentimiento anticlerical generalizado y excluirlos del poder. Es más, Ahmadinejad sabe que, sin el control de Khamenei, los clérigos utilizarían sus redes políticas entre los conservadores como los hermanos Larijani para limitar aún más al presidente. La hostilidad mutua de Ahmadinejad y la clase clerical ofrece al Líder Supremo lo mejor de ambos mundos.

La historia de la República Islámica indica que la lucha de poder entre el Líder Supremo y el presidente nunca amaina. También sugiere que el Líder Supremo terminará siendo más fuerte.

Más importante para la comunidad internacional es que esta lucha interna hace que los líderes de Irán no evalúen de manera realista su política exterior y nuclear. Consumidos en su prueba de voluntades, no pueden tomar decisiones bien informadas y con matices en sus relaciones con los de afuera.

Por Mehdi Khalaji. Se formó como clérigo shiíta en Irán y fue miembro del Instituto Washington para la Política del Cercano Oriente.

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