La lucha por los derechos de las personas transgénero es más grande que yo

Hace poco más de dos años, comencé mi segundo año en la preparatoria. El verano anterior salí del clóset con mi familia y amigos como hombre transgénero. También lo hice con la administración de la escuela: les dije quién era y les pedí que respetaran mi identidad de género.

Me aseguraron que los profesores y administradores me llamarían Gavin y utilizarían pronombres masculinos cuando se refirieran a mí, y si alguien llegaba a causar problemas lo resolverían de inmediato. Para cuando comencé el semestre, ya había cambiado mi nombre legalmente y estaba listo para comenzar mi tratamiento con testosterona.

Sin embargo, aún me sentía ansioso. Vengo de una comunidad muy conservadora y no estaba seguro de que me aceptarían como soy. A causa de esa ansiedad, no pedí permiso para utilizar el baño de hombres. Aún no estaba acostumbrado a defenderme y me preocupaba que estuviera pidiendo demasiadas cosas, demasiado pronto. En vez de eso, utilicé el baño de la enfermería.

Ese año, la enfermería estaba lejos del salón de clases. Me tomaba demasiado tiempo utilizar el baño, sobre todo porque en cualquier clase estaba más cerca del baño de hombres. Por eso contacté de nuevo a la administración de la escuela. Esta vez, pedí utilizar los baños que corresponden a mi identidad de género. Mi director me dijo que el siguiente día podría utilizar el baño de hombres y así lo hice.

Gavin Grimm, en el centro, en una protesta cerca de la Casa Blanca, en febrero Credit Al Drago/The New York Times

Durante un periodo de casi siete semanas lo utilicé sin problema alguno. No hubo ninguna confrontación física ni verbal. Tampoco ocurrió ninguna mala conducta de mi parte ni en mi contra. Este periodo de siete semanas me demostró cómo era ser aceptado en tu escuela y además me dio la seguridad de que sería capaz de vivir un año escolar normal, sin lidiar con las políticas de uso de baños.

Desafortunadamente, solo fue una falsa sensación de seguridad. Después de ese periodo de siete semanas, el consejo de la escuela sostuvo una reunión —una conversación pública acerca de mis genitales y el uso del baño— sin notificármelo. Mi madre y yo nos enteramos por casualidad menos de 24 horas antes de la reunión. Un viejo amigo de mi madre había visto una publicación que se compartió en Facebook; se trataba de un llamado de movilización que los adultos de mi comunidad organizaron para pedirle a la gente que asistiera a la reunión con tal de “sacar a esa niña del baño de hombres”.

Fui a la reunión, en noviembre de 2014, y hablé con ellos. Mi familia y algunos amigos me apoyaron pero, a mis 15 años, nada pudo prepararme para lo que iba a pasar. La gente que hablaba en mi contra argumentaba que era mejor si se referían a mí con pronombres femeninos. Me advirtieron que, de lo contrario, era posible que me violaran o me insultaran. Insinuaron que los hombres se meterían al baño de mujeres y les harían daño a sus hijas.

En una segunda reunión, un mes después, la retórica fue más virulenta. Se había corrido la voz en toda la comunidad y la gente llegó en masa. Después de cada comentario furibundo, los aplausos y los gritos hacían eco en todo el salón. Yo me senté mientras la gente me llamaba engendro. Me senté mientras mi comunidad se reunía para expulsar a un niño de la vida pública por el crimen de no haberle hecho daño a nadie. Me senté mientras el consejo de mi escuela votaba para que solo pudiera utilizar el cuarto de intendencia o el baño de la enfermería.

Después todo acabó, o por lo menos eso sentí. De nuevo me habían exiliado. Escuché susurros y murmullos acerca de mí en los pasillos. El consejo de mi escuela me había invalidado quizá de la manera más humillante.

Pasaron dos años frenéticos, estresantes, ocupados, vertiginosos, gratificantes, hermosos y fantásticos; ahora soy más fuerte y estoy más orgulloso que nunca. No solo me acompañan mi familia y mis amigos, sino millones de seguidores que me apoyan. Me acompañan muchas personas maravillosas de la Unión Americana de Libertades Civiles, a quienes con orgullo considero mi familia. Ahora sé lo que entonces no sabía: sé que estaré bien. Sin importar los obstáculos que atraviese y sin importar el odio, la ignorancia o la discriminación que enfrente, estaré bien porque me respalda el amor.

Este caso no se resolverá sino hasta después de que me gradúe, pero esta batalla es más grande que yo. Pronto pude darme cuenta de eso y ahora es más cierto que nunca. Esta lucha es para los otros jóvenes trans de mi preparatoria. Es para otros jóvenes trans en Virginia. Es para todos los jóvenes trans que están en la escuela o algún día lo estarán. Es para los amigos y los seres queridos de estos jóvenes, pues ellos quieren que sean felices y tengan salud, en vez de que estén en riesgo y peligro, como lo están muchas personas trans.

A menudo me preguntan si me arrepiento de lo que he hecho o si cambiaría algo en caso de tener la oportunidad. Cuando la gente me pregunta eso, de inmediato pienso en los cientos de padres que se han acercado para agradecerme en nombre de sus hijos.

Pienso en los cientos de jóvenes que me han agradecido directamente. Pienso en los incontables mensajes con la etiqueta #StandWithGavin (“Apoyo a Gavin”) en las redes sociales y en los incontables abrazos y apretones de mano en la escuela, así como en las aceras de mi ciudad.

Pienso en la gente que he llegado a conocer y a amar. Pienso en lo honrado que estoy de ser el portavoz, en cierto modo, de una comunidad tan rica, colorida e importante. Pienso en lo mucho que he crecido después de ser ese niño miedoso de 15 años sentado mientras escuchaba cuál sería su futuro; me convertí en un joven que va de la mano con una enorme comunidad mientras todos nos preparamos para dar el siguiente paso en esta lucha.

Pienso en mis padres, pilares sólidos e inquebrantables en mi éxito y crecimiento. Por eso respondo: “No me arrepiento de absolutamente nada”.

Gavin Grimm es estudiante de preparatoria en Gloucester High School en Virginia.

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